Un tiro al aire

Aldumar Forero Orjuela

 

Colombia eligió a Abelardo de la Espriella. Ahora tendrá que demostrar que el poder que recibió de los ciudadanos no terminará convertido en autoritarismo.


 Era sábado por la noche, quizás fueran las siete y treinta. Estábamos en una mesa Jaime y yo. Dos juegos de cubiertos y dos copas de vino adornaban la mesa. Nos habíamos citado para cenar y hablar un poco de la situación política del país. Él, Jaime, apoyando ciegamente al nuevo gobierno; yo, presto a escucharlo, pero atento a controvertirlo.

Hacía pocas semanas Colombia había elegido a Abelardo de la Espriella como presidente y Jaime estaba contento. Muy contento. «Por fin Colombia eligió a alguien que no va a pedir permiso para gobernar», me dijo mientras servía el vino. «Se acabó la tibieza. Este país necesitaba mano dura y, después de tantos años de miedo, delincuencia y gobiernos incapaces de imponer autoridad, por fin llegó alguien dispuesto a hacerlo». Lo escuché sin interrumpirlo. En buena medida tenía razón. Sería absurdo escandalizarse porque un presidente quiera hacer cumplir la ley. Una República que no castiga al delincuente termina castigando al ciudadano honrado. Colombia necesitaba volver a recordar una verdad elemental: la ley tiene que cumplirse y quien la viola debe responder por ello. La mano dura contra el crimen, cuando significa hacer cumplir la ley y proteger al ciudadano, no solo es legítima sino necesaria.

Pero mientras Jaime hablaba de la nueva autoridad que había llegado a la Casa de Nariño, yo pensaba que las elecciones tienen una particularidad que solemos olvidar: terminan cuando se cuentan los votos, pero la verdadera prueba comienza al día siguiente. Millones de colombianos votaron por De la Espriella porque estaban cansados del miedo, la impunidad, el desorden y la sensación de que el Estado había perdido capacidad para protegerlos. Él prometió devolverle autoridad al Estado y ahora tendrá que demostrar qué entiende por autoridad. Porque una cosa es recuperar el poder legítimo del Estado frente al criminal y otra muy distinta sentirse autorizado para todo. Votar por un presidente significa entregarle una enorme cantidad de poder, pero no significa entregarle un cheque en blanco. «¿Y qué es lo que te preocupa?», me preguntó Jaime. Le dije que precisamente aquello que todavía no conocemos, esto es, cómo reaccionará cuando tenga que enfrentarse a algo mucho más difícil que un delincuente: la crítica. Porque gobernar no consiste únicamente en mandar. También consiste en soportar que otros cuestionen al que manda.

Eso fue lo que nos llevó a hablar de la prensa. Camila Zuluaga, Ana Cristina Restrepo y Vladdo han quedado en el centro de una controversia que debería preocuparnos más allá de sus nombres. Son periodistas diferentes, en medios distintos, con trayectorias distintas, pero tienen algo en común y es que han sido críticos del poder. Jaime me miró y dijo: «Pero son medios privados. Los dueños pueden contratar y despedir a quien quieran». Y también en eso tenía razón. La libertad de empresa existe y debe ser respetada. No toda salida de un periodista es censura y sería irresponsable afirmar como hecho aquello que no ha sido probado. Pero hay una diferencia que no podemos esquivar y es que no es lo mismo una decisión empresarial genuina que una decisión empresarial condicionada por el temor al poder. El poder, cuando quiere intimidar, rara vez deja recibos. No necesita una orden escrita ni una llamada presidencial. A veces basta un gesto, una advertencia, una conversación o la certeza de quienes dependen de él acerca de lo que le gusta y lo que le molesta. La censura más eficaz no siempre necesita una ley mordaza. A veces basta con conseguir que los demás tengan miedo de decir aquello que piensan y esto es lo que más debemos temer.

Y por eso la libertad de prensa no puede depender de si el periodista nos gusta o de si compartimos sus opiniones. La libertad de prensa existe, precisamente, para proteger al periodista que incomoda. Eso debía valer para Petro y debe valer para De la Espriella. Debe valer para cualquier presidente. El poder cambia de manos. La República permanece. «Pero tú estás viendo fantasmas donde todavía no los hay», me dijo Jaime. Le respondí que quizás sí, pero que una democracia no se defiende únicamente después de que ha sido herida.

También se defiende cuando aparecen las primeras señales que obligan a preguntar hacia dónde puede ir el poder. No estoy diciendo que Abelardo de la Espriella sea un autócrata. Digo algo mucho más sencillo: ahora que tiene el poder, le corresponde demostrar que no lo será.

También le corresponde demostrar que cumplirá otra de sus grandes promesas, es decir, la de reducir el tamaño del Estado. Durante la campaña habló de adelgazar la burocracia, reducir el gasto y acabar con el despilfarro. Era una promesa necesaria. Colombia no puede seguir creyendo que cada problema se resuelve creando una entidad, contratando funcionarios o aumentando indefinidamente el presupuesto. Un Estado fuerte no es necesariamente un Estado grande. Puede ser exactamente lo contrario y debe ser así: un Estado fuerte es aquel que concentra sus recursos en aquello que debe hacer y deja de gastar en aquello que no necesita. El nuevo gobierno ha tenido que sincerar las cuentas que recibió, y eso es saludable, pero sincerar un presupuesto no significa reducir el Estado. Ahora veremos si la promesa de austeridad se convierte en decisiones concretas. «Dale tiempo», me dijo Jaime. «No puedes exigirle que arregle el país en unos meses». No se lo estaba exigiendo. Le estaba recordando que quien recibe el poder también recibe la obligación de ser vigilado, incluso —y quizá especialmente— por quienes votaron por él.

Porque ahí está el verdadero asunto. Colombia no eligió simplemente a un hombre que prometió mano dura. Eligió una forma de ejercer el poder que todavía está por demostrarse. Queremos un presidente fuerte frente al crimen, pero prudente frente al ciudadano; firme frente a la violencia, pero limitado frente a la libertad; poderoso para defender la República, pero incapaz de convertirse en dueño de ella. No me preocupa que De la Espriella sea fuerte. Me preocuparía que confundiera la fuerza con la infalibilidad. No me preocupa que enfrente al delincuente. Me preocuparía que terminara tratando al crítico como si fuera un delincuente. No me preocupa que quiera recuperar la autoridad del Estado. Me preocuparía que creyera que esa autoridad también le pertenece sobre la conciencia de los ciudadanos. Un presidente verdaderamente fuerte no necesita una prensa arrodillada. Necesita una prensa libre. No necesita periodistas que hablen bien de él. Necesita periodistas que puedan hablar mal de él sin miedo.

La historia latinoamericana debería servirnos de advertencia. Demasiadas veces hemos visto llegar hombres al poder prometiendo orden y terminar entendiendo que el orden consiste en que nadie los contradiga. Comenzaron hablando de autoridad y terminaron hablando de obediencia. Comenzaron persiguiendo al criminal y terminaron persiguiendo al adversario. No todos siguieron ese camino, pero fueron suficientes para que sepamos que las instituciones no pueden descansar en la buena voluntad de un gobernante. Por eso, Jaime, que votaste por De la Espriella y confías en él, tienes todo el derecho a hacerlo. Yo, que lo observo con más cautela, tengo también el derecho a hacerlo. Y ambos tenemos el deber de exigirle lo mismo, que no es otra cosa, que gobierne bien, que cumpla lo que prometió, que combata el crimen, que reduzca el gasto innecesario, que haga crecer la economía y que tolere la crítica. Porque una elección no convierte al presidente en propietario de la República. Solo le entrega, temporalmente, la responsabilidad de conducirla.

Después de discutir durante un buen rato, por fin una mesera, muy linda y atenta, se acercó a nuestra mesa y nos ofreció el menú de la noche. Jaime pidió una pasta con pollo a la crema y pesto; yo, un salmón sellado con costra de hierbas. Comimos tranquilamente y nos tomamos una botella de vino argentino, un Montes Classic Malbec. La cena estuvo muy sabrosa, pero la conversación estuvo mucho mejor. Habíamos cumplido, finalmente, una cita que llevaba tiempo aplazada. Qué bueno es poder sentarse con un amigo que piensa distinto, hablar de los asuntos de la República, discutir, controvertir y hasta discrepar con vehemencia, mientras sobre la mesa hay una copa de vino y un plato de comida. Qué bueno poder terminar una discusión política sin que termine una amistad. Quizás eso también sea una pequeña forma de democracia advertí, descubrir que el otro puede pensar diferente sin convertirse por ello en nuestro enemigo. Porque en países como Colombia y en buena parte de nuestra región hemos aprendido demasiadas veces a hacer lo contrario. Aquí, con demasiada frecuencia, lo que ponemos sobre la mesa cuando discutimos de política no es una copa de vino sino un cuchillo; no una idea sino un insulto; no un argumento sino un odio irracional. Hemos aprendido a votar, pero todavía nos cuesta aprender a convivir.

Cuando salimos del restaurante, pensé nuevamente en lo que habíamos hablado. Abelardo de la Espriella recibió de Colombia una enorme cantidad de poder. Su elección fue, para mí, un tiro al aire. Puede ser el disparo que anuncie que el país recuperó la autoridad frente al crimen, que volvió a respetar la ley y que decidió dejar atrás el miedo y la impotencia. O puede ser el comienzo de algo mucho más peligroso si esa autoridad termina confundiendo al delincuente con el adversario, la crítica con la traición y la obediencia con el orden. Y hay algo más que no debemos olvidar y es que un tiro al aire siempre tiene que caer. Mientras sube, parece inofensivo; nadie sabe todavía dónde terminará. Ojalá el de Colombia no nos caiga encima. Ojalá no vuelva convertido en miles, en millones de proyectiles disparados contra periodistas, opositores, empresarios, ciudadanos y cualquiera que se atreva a pensar diferente. Ojalá aquel disparo termine siendo solamente el anuncio de un Estado que recuperó su autoridad, no la primera detonación de una época en la que el poder decida quién puede hablar y quién debe callar.

Jaime y yo pensamos distinto. Probablemente seguiremos pensando distinto. Y quizás eso sea lo mejor que nos pudo pasar aquella noche. Porque mientras dos ciudadanos puedan sentarse frente a frente, hablar de su presidente, discutir sobre el poder, la prensa, la economía y el futuro del país y después levantarse de la mesa como amigos, todavía hay esperanza. La República también se construye así, es decir, conversando antes que disparando, contradiciendo antes que persiguiendo y entendiendo que ninguna diferencia política vale más que la vida, la libertad y la dignidad del otro.

Colombia eligió a Abelardo de la Espriella. Ahora le corresponde demostrar que aquella confianza estaba bien depositada. Que puede ser un presidente fuerte sin ser autoritario, que puede combatir el crimen sin combatir la crítica, que puede defender el Estado sin apropiarse de él y que puede ejercer el poder sin olvidar que el poder, en una República, siempre es temporal. Colombia no eligió un amo ni un emperador. Eligió un presidente. Esa diferencia, aunque parezca pequeña, es exactamente la diferencia entre una República y una dictadura.

Aldumar Forero Orjuela

Joven oriundo de Bogotá D.C. Nacido en 1998, de familia conservadora, se ha adherido a las ideas del liberalismo que aboga por el respeto a la vida, la libertad y la propiedad como los valores más importantes de una sociedad.

Economista de la Universidad de La Salle. Con diplomados en cultura democrática y juventud constructora de paz.

Ha sido columnista en varios medios digitales de opinión y actualmente es columnista en Al Poniente.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.