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“Educar es acoger al otro en su fragilidad”
Joan-Carles Mèlich
Hay historias que permanecen y Antígona es una de ellas.
La muerte de Eteocles y Polinices, en la tragedia de Sófocles, deja a Tebas frente a un conflicto con un final poco convencional. Creonte decide honrar a Eteocles y prohibir la sepultura de Polinices, considerado enemigo de la ciudad. Contrario al decreto de rey, Antígona resuelve obedecer a un deber mucho más antiguo, superior y profundo: cubrir el cuerpo de Polinices con un puñado de tierra, ofreciendo de esta manera sepultura a su hermano. Antígona desafía al poder. Creonte, convencido de que gobernar consiste en sostener la autoridad, se vuelve incapaz de escuchar. Incluso Hermón, su hijo, intenta advertirle y abrir un camino de mediación con Antígona. Pero la palabra llega demasiado tarde.
La tragedia sobreviene cuando se pierde la capacidad de escuchar antes de que sea demasiado tarde.
La escena de un adolescente que ingresó a una institución educativa con un arma buscando a un docente y, al no encontrarlo, terminó afectando su propia integridad, debería convocarnos a escuchar. Un hecho de este calado no puede pasar inadvertido, pero tampoco puede explicarse mediante causas atribuibles exclusivamente al joven, a la familia, a la institución o una generación. No obstante, este suceso plantea una cuestión: ¿Qué ocurre cuando las redes destinadas a cuidar, escuchar y acompañar a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad comienzan a fragmentarse?
La escuela no puede cargar por sí sola con las fracturas de la sociedad. A sus aulas llegan conflictos familiares, desigualdades, soledades, violencias, presiones académicas y nuevas formas de relacionarse mediadas por las redes. Muchas veces se espera que una institución educativa responda a problemas cuyo origen y alcance desbordan sus capacidades. Por eso, más que hablar de un único fracaso, conviene hablar de una crisis multiescalar del cuidado.
El Estado ha construido políticas, rutas y protocolos para responder a los casos de violencia y vulneración de los derechos de la niñez y la juventud. Sin embargo, entre la existencia de una norma y la experiencia concreta del cuidado, existe una distancia que no siempre puede resolverse mediante procedimientos. Una formalidad normativa puede indicar qué hacer; pero difícilmente puede, por sí misma, escuchar el miedo de un adolescente, acompañar a una familia o reconstruir un vínculo deteriorado. El protocolo es necesario, pero no suficiente.
La familia tampoco puede ser pensada simplemente como responsable de aquello que no pudo contener. Su núcleo continúa siendo uno de los principales espacios de cuidado, pero enfrenta presiones económicas, sociales, laborales y emocionales que cada vez hacen más difícil sostener su misión.
Una sociedad atravesada por la competencia, la comparación y la obtención de resultados puede convertir el éxito en la medida del valor personal y la vulnerabilidad en algo que ha de ocultarse. Así, aquello que debería ser una responsabilidad compartida, corre el riesgo de convertirse en una tarea individual: cada persona ha de gestionar sus emociones, construir su éxito y hacerse responsable de su propio bienestar.
En medio de esta fragmentación aparece la escuela. Y con ella, inevitablemente, la pregunta por la naturaleza, la función y el valor de la ética. En Colombia, ésta compone el núcleo de áreas obligatorias y fundamentales. Sin embargo, su presencia normativa no garantiza su papel dentro de la experiencia escolar. El problema no es únicamente cuántas horas tiene una asignatura, sino qué lugar ocupa la formación ética en la concepción misma de educar.
Cuando la ética queda reducida a un listado de normas o a una actividad para resolver conflictos, pierde buena parte de su sentido filosófico. Pero también se empobrece cuando se convierte en un discurso moralizante que pretende decirle al estudiante qué debe pensar sin enseñarle a deliberar sobre las razones de sus decisiones.
Su valor no está en instruir sobre lo permitido o lo prohibido. Está en habilitar preguntas que convocan a cuestionar el por qué una acción es justa o injusta, qué responsabilidad tengo frente al otro, hasta dónde llega mi libertad cuando afecta su dignidad, cómo enfrentar un conflicto sin convertir al adversario en enemigo, cómo reconocer nuestro propio sufrimiento y el de los demás.
Fernando Savater ha insistido en que educar no equivale a adiestrar individuos para una función productiva. Educar supone formar personas capaces de vivir libremente, asumir responsabilidades y convivir con otros. Las competencias en matemáticas, ciencias y tecnología son indispensables y necesarias, pero no deberían eclipsar la capacidad de deliberar, escuchar, reconocer la dignidad propia y del otro o pedir ayuda.
El saber hacer no puede desplazar el saber ser, ni el saber convivir. Aquí adquiere especial relevancia Joan-Carles Mèlich: educar como acontecimiento ético significa reconocer que quien llega al aula no es solamente un estudiante, sino alguien con una historia, una vulnerabilidad y una posibilidad de futuro. Educar es, en cierto sentido, acoger al otro. Por tanto, una escuela ética no es aquella donde no surgen los conflictos, sino una capaz de reconocerlos, escucharlos y tramitarlos sin convertir la diferencia en exclusión, ni la autoridad en silenciamiento.
Por eso Antígona debe volver a las aulas. No para enseñar quién tenía la razón, sino para abrir un espacio de pensamiento. Antígona nos pregunta por los límites de la obediencia; Creonte, por los límites de la autoridad; Hermón, por la importancia de escuchar cuando todavía existe posibilidad de rectificar.
En Las Euménides, Esquilo presenta otra posibilidad: Atenea no elimina el conflicto, sino que busca transformarlo e integrarlo en la vida de la ciudad. La enseñanza es profunda: una sociedad no se construye eliminando el conflicto, sino aprendiendo a tramitarlo.
La urgencia de la ética, entonces, no nace de la necesidad de imponer normas. Nace del imperativo de recuperar la capacidad de escuchar, deliberar y cuidar. La escuela no puede salvarnos de todas las tragedias, pero sí ser uno de los últimos espacios donde todavía sea posible detenerse, mirar y preguntarse cómo queremos vivir juntos. Quizá esa sea la verdadera urgencia de la ética: aprender a pensar antes de actuar, escuchar antes de juzgar, reconocer antes de excluir y pedir ayuda antes de sentirse totalmente solo. Antígona sigue preguntándonos qué sucede cuando la autoridad deja de escuchar. Las Euménides nos recuerdan que incluso el conflicto puede ser transformado cuando la sociedad encuentra formas de integrarlo en la justicia.
Entre ambas tragedias se encuentra una tarea educativa: escuchar antes de que sea demasiado tarde.














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