Atlas y el empresario latinoamericano: cuando producir se convierte en una condena

«¿Qué le diría usted a un hombre que sostuviera el mundo sobre sus hombros, mientras que, cuanto mayor fuera su esfuerzo, mayor fuera el peso que tendría que cargar? ¿Qué le diría que hiciera?», Ayn Rand formuló esta pregunta en La rebelión de Atlas para plantear uno de los conflictos morales centrales de su filosofía: ¿qué ocurre en una sociedad que exige sacrificio precisamente a quienes hacen posible su funcionamiento? La imagen de Atlas resulta especialmente poderosa al trasladarse al mundo empresarial latinoamericano.

Un ser humano tiene una idea. Decide hacer de ella un negocio. Invierte sus ahorros, compromete su patrimonio, contrata trabajadores, consigue proveedores, busca clientes y empieza a producir. No tiene garantizado el éxito. Puede perderlo todo… aun así, asume el riesgo.

Si le va bien, amplía la empresa, contrata más personas, compra maquinaria, abre nuevos mercados, reinventa sus procesos, acumula capital y vuelve a invertirlo. La empresa crece y, con ella, el peso. Llegan nuevos impuestos, regulaciones, trámites, licencias, obligaciones laborales, requisitos administrativos y costos de cumplimiento.

Una disposición puede parecer razonable considerada por separado. El empresario, en cambio, recibe el conjunto: cada piedra se antoja pequeña hasta que alguien tiene que cargarlas todas.

El productor que todos necesitan

La economía comienza mucho antes de la recaudación: primero alguien tiene que producir.

Un empresario arriesga capital para fabricar un producto, prestar un servicio o desarrollar una tecnología. Al contratar trabajadores crea ingresos para otras personas. Al comprar insumos apuntala a sus proveedores. Al invertir expande el potencial productivo. Al obtener ganancias dispone de recursos para volver a invertir.

La riqueza no aparece en una oficina pública: nace de la acción humana. Esta idea atraviesa La rebelión de Atlas. Rand no presenta al productor como un engranaje secundario de la sociedad, sino como una figura cuya facultad de pensar y crear cimenta buena parte de aquello que los demás dan por sentado. La pregunta incómoda surge si una sociedad empieza a tratar ese potencial productivo como una fuente de extracción permanente.

Se quiere más empleo, pero se encarece contratar. Se quiere más inversión, pero se grava el capital. Se quiere mayor formalización, aunque se multiplican los costos de operar legalmente. Se reclama crecimiento, pese a los obstáculos que se acumulan sobre quienes deben generarlo. Se le exige a Atlas que sostenga el mundo a medida que aumenta el peso sobre sus hombros.

El impuesto que no vemos en la declaración de renta

El peaje de una economía excesivamente regulada no siempre se evidencia en una factura: también se encuentra en el tiempo perdido, en la incertidumbre, en el capital que permanece inmóvil y en los proyectos que nunca alcanzan a ejecutarse.

Un empresario bien puede decidir no contratar porque incorporar un trabajador supone un costo demasiado elevado. Puede aplazar una inversión porque desconoce qué norma estará vigente dentro de un año. Quizá renuncie a expandirse porque una nueva sucursal implica una montaña de trámites. Tal vez mantenga un negocio pequeño porque crecer significa entrar en un laberinto regulatorio mucho más complejo.

Ninguna de esas decisiones ha de dejar en las estadísticas el rastro de una empresa que pudo haber existido. La prosperidad depende de las oportunidades que se materializan… y de aquellas que jamás llegan a existir.

La paradoja latinoamericana

América Latina necesita capital. Necesita empresas, productividad, empleo formal, inversión privada, innovación. La contradicción se instala al pretender obtener esos resultados mientras la actividad empresarial se vuelve progresivamente más costosa y difícil de sostener.

El capital no tiene patriotismo económico: busca seguridad, rentabilidad y reglas previsibles.

Un inversionista puede trasladar sus recursos; una empresa, elegir otro país; un emprendedor, decidir no expandirse; un profesional, llevar su talento a otro mercado. No hace falta una rebelión organizada. No.

Miles de decisiones privadas son capaces de producir el mismo resultado: menos inversión, empresas y oportunidades. La economía no responde a lo que los gobiernos anhelan: responde a los incentivos que crean sus decisiones.

Cuando el éxito se vuelve sospechoso

Existe otro problema más profundo que la carga tributaria: la valoración moral del éxito. En buena parte de la cultura política latinoamericana, la riqueza despierta sospecha. El empresario exitoso debe explicar por qué gana dinero. La acumulación de capital necesita una justificación. Las utilidades son vistas con frecuencia como algo que debe ser corregido antes de ser reinvertido.

La pregunta de Rand empuja a invertir la perspectiva: ¿qué hizo ese empresario para obtener su ganancia? Quizá pensó una solución que nadie había pensado; quizá arriesgó los ahorros de toda una vida; quizá trabajó durante años antes de obtener beneficios; quizá creó una empresa donde antes no existía ninguna; quizá transformó una pequeña inversión en cientos de empleos.

Una ganancia obtenida mediante intercambios voluntarios no constituye, por sí misma, una injusticia; en ocasiones es el corolario de haber creado algo que otros valoran. El beneficio también alimenta nuevas inversiones: maquinaria, tecnología, investigación, nuevas instalaciones y nuevos puestos de trabajo.

La ganancia no destruye necesariamente la riqueza. Muchas veces es el mecanismo por el cual la riqueza vuelve a traducirse en producción.

¿Qué ocurre si Atlas se cansa de cargar?

Rand llevó su metáfora hasta sus últimas consecuencias. ¿Qué sucede si los individuos productivos dejan de sostener aquello que se ha construido a costa de su esfuerzo? La respuesta no requiere imaginar fábricas cerrando de un día para otro: basta con decisiones aparentemente insignificantes.

Un empresario decide no abrir una nueva sede. Otro no contrata. Un inversionista retira su capital. Un emprendedor permanece en la informalidad. Una compañía traslada su producción. Un profesional abandona el país. Toda decisión tiene una causa concreta; la suma puede derivar en estancamiento.

El Estado puede legislar sobre la producción, pero no puede producir por decreto la iniciativa que la hace posible. Puede establecer las reglas del juego, pero no puede ordenar que alguien arriesgue su patrimonio. Puede gravar una empresa, pero no puede obligarla a invertir. Puede exigir empleo, pero no puede crear las condiciones económicas que hacen rentable contratar. Puede aumentar el peso, mas no puede garantizar que Atlas continúe cargándolo.

Una sociedad que quiere prosperidad debe respetar al productor

Defender al sector empresarial no significa pedir privilegios. Significa reconocer que producir tiene un costo y que asumir riesgos merece una recompensa. Significa comprender que el empresario no es una caja registradora a disposición del Estado. Significa aceptar que el capital que no se confisca puede convertirse en inversión; que la utilidad que no se consume puede transformarse en maquinaria; que una empresa que conserva margen para crecer puede contratar más trabajadores.

La libertad económica no consiste en garantizarle el éxito a nadie: consiste en permitir que quien esté dispuesto a trabajar, invertir, crear y asumir riesgos pueda hacerlo sin que el sistema troque cada paso hacia adelante en una nueva obligación.

América Latina no necesita empresarios forzados a soportar cargas infinitas: necesita empresarios que innoven, produzcan e inviertan. Y ahí regresa Atlas.

La pregunta ya no es cuánto peso puede soportar: la pregunta es cuánto hemos perdido por no haber entendido que incluso los hombros más fuertes tienen un límite. Tal vez el verdadero error nunca estuvo en Atlas: tal vez estuvo en quienes confundieron su capacidad para cargar con una prerrogativa para ponerle más peso. Y una sociedad que quiere prosperar debería recordar algo elemental: Atlas no necesita que le pidamos más fuerza, sino que dejemos de aumentar su carga.


El pasado 2 de septiembre, fecha que abre La rebelión de Atlas y marca el día en que Ayn Rand comenzó a escribirla en 1946, cobró renovada vigencia la pregunta que atraviesa esas páginas: ¿qué pasa cuando quienes producen descubren que su esfuerzo ha dejado de pertenecerles por completo?

Hoy, 15 de septiembre, Día Internacional de la Democracia, esa pregunta adquiere otra dimensión. Porque celebrar la democracia impone asumir también sus límites: el voto no legitima cualquier decisión ni concede a una mayoría autoridad irrestricta sobre la vida, la propiedad o el trabajo de los demás. Rand lo estableció sin ambigüedades: «Los derechos individuales no están sujetos a votación pública; una mayoría no tiene derecho a eliminar mediante el voto los derechos de una minoría». Allí se encuentra el verdadero punto de intersección entre Atlas y la democracia: ninguna mayoría debería recibir, por el solo hecho de serlo, licencia para añadir peso sobre los hombros del individuo.

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Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Katherine Benavides

Barranquillera a más no poder. Profesional en Dirección y Producción de Radio y Televisión por la Universidad Autónoma del Caribe, con estudios en Ciencia Política en la Universidad del Norte. Es Staff Writer de El Insubordinado.

Actualmente, está vinculada al Ayn Rand Center Latinoamérica, donde profundiza en el Objetivismo y su aplicación en la defensa de la razón, el individualismo y la libertad.

Se distingue por su compromiso con la causa israelí y la promoción de las libertades individuales, principios que orientan tanto su trabajo intelectual como su ejercicio profesional.

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