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¿Y si el anarquismo tenía razón?

“En conmemoración de los 100 años de la muerte de Kropotkin, realizo algunas reflexiones sobre el legado y la vigencia del anarquismo clásico”.

“El anarquismo no es caos y desorden, es que le apuesta a la construcción de otro orden; no es que prescinda del gobierno, es que le apuesta al autogobierno; no es que el anarquismo rechace las instituciones, es que se propone crear otras nuevas; no es que rechace toda democracia, es que opta por la democracia directa y por ejercicio verdadero de la soberanía popular”.

El primero en utilizar la palabra anarquismo fue el pensador francés Pierre Joseph Proudhon, en su famoso libro ¿Qué es la propiedad? De 1840. Proudhon llegó a afirmar que ser gobernado significa “verse gravado con impuestos, inspeccionado, saqueado, explotado, monopolizado, atracado, exprimido, estafado, robado, en nombre y so pretexto de la autoridad pública y del interés general”. Como puede verse, aquí ya aparece la aversión del anarquismo contra toda autoridad y contra todo gobierno vertical y jerárquico que se presente como fundamento u origen del orden social mismo. Esto es lo que ha llevado a algunos a asociar el anarquismo con el desorden y el caos, puesto que etimológicamente la palabra significa sin principio, sin origen.  Y, sin embargo, y a pesar de las distintas manifestaciones históricas del anarquismo, pasando por el cristiano, el socialista, el comunista o el feminista, sus principios y bases filosóficas son mucho más ricos de lo que piensa la gente que no tiene formación filosófica o cultura política. Veamos.

El anarquismo implica una oposición a toda autoridad y poder, lo que incluye el rechazo al Estado. Éste no es más que una estructura de poder surgida para el amoldamiento de la comunidad. El Estado no es producto de ningún pacto social o contrato como propone sin ninguna base empírica e histórica el pensamiento liberal. El Estado es, más bien producto de la fuerza. En esto el análisis anarquista confluye con el de Nietzsche quien sostuvo “quien puede mandar, quien por naturaleza es señor…¡qué tiene que ver él con contratos!” Ahora, este rechazo al Estado implica de suyo un rechazo a la organización partidaria pues éstas estructuras sólo reproducen las jerarquías sociales, sustituyendo el poder de los de abajo por el dominio de un grupo privilegiado de arriba, quien, en adelante, presume decidir qué es lo conveniente para la mayoría de la sociedad, cuando en verdad gestionan sus propios intereses y negocios. Por eso, la democracia representativa es una simulación.

En este aspecto, fue Mijail Bakunin quien dejó los mejores párrafos sobre los fundamentos teológicos de la autoridad, y de la necesaria relación de la iglesia con el Estado. En este sentido, también él era hijo de la Revolución francesa y de la expansión democrática moderna, sólo que por otros cauces. Decía Bakunin: “los hombres son esclavos de Dios, por lo tanto no pueden más que serlo de la iglesia, y como esta santifica al Estado, también deben ser esclavos del Estado”. Por eso un punto nodal de la doctrina anarquista fue, y con gran coherencia, no sólo ser ateos, sino ser anti-teistas, pues a Dios hay que nombrarlo para mostrar cómo se postra al hombre. De ahí que Bakunin dijera: “Si Dios existe, es necesariamente el amo eterno y supremo, absoluto, y si ese amo existe, el hombre es un esclavo: ahora bien, si es esclavo, no hay ni justicia, ni igualdad, ni fraternidad, ni prosperidad posibles […] su existencia implica necesariamente la esclavitud de todo lo que se encuentra por debajo de él. […] Mientras tengamos un amo en el cielo, tendremos un amo en la tierra”. La solución: abolir o destruir al Estado. Si este no es más que un instrumento de una clase dominante, en lo cual cierto anarquismo confluía con el análisis marxista, y si el derecho de Estado “sólo consolida el despojo del pueblo trabajador”, como alegaba Bakunin, no hay más opción que destruirlo. En general, se trataba de no reproducir las instituciones de la democracia burguesa con su clasismo y por la sumisión que comporta. Por ejemplo, el sufragio no es más que la renuncia a tomar los asuntos en las propias manos y dejarles la responsabilidad a otros; no se debe, igualmente, participar en elecciones parlamentarias, pues éstas no son más que la prostitución de la llamada soberanía popular; ni ejercer el voto, ni mantener las instituciones políticas burguesas modernas, pues éstas sólo perpetúan la realidad oprobiosa tal y como es, ya que las instituciones se reproducen no sólo por la fuerza sino también por el hábito y las costumbres, como pensaba el Abad de Santillán. Basta recordar aquí el famoso lema anarquista: “si las elecciones permitiesen cambiar algo, habrían sido abolidas”.

Algunos de estos principios enfrentaron el anarquismo con el marxismo. Por ejemplo, si bien ambos movimientos le apostaban a una sociedad sin Estado, auto-organizada, es claro que los métodos para lograrlo eran diferentes. El marxismo propuso utilizar el Estado durante la dictadura del proletariado para dar un tránsito hacia una sociedad no estatal, es decir, usar al Estado y ponerlo contra sí mismo hasta provocar su autodisolución, pues como dice Badiou: “el comunismo es en esencia una organización no estatal de la sociedad”. Pero para los anarquistas la apelación al Estado y al partido era un error ya que fomentaba la verticalidad y el autoritarismo sobre la sociedad. Aquí es necesario recordar la famosa carta que Kropotkin le envía a Lenin el 4 de marzo de 1920, donde se muestra, en últimas, que los anarquistas habían tenido razón en esta crítica, pues la Revolución rusa había devenido autoritaria y el centralismo del partido terminó sustituyendo a los soviéts y limitando su participación, a la vez que fomentaba la sumisión de las clases populares frente al partido y al burocratismo. Por eso recomendaba: “Rusia debe retomar todo el genio creativo de las fuerzas locales de cada comunidad, las que, según yo lo veo, pueden ser un factor en la construcción de la nueva vida”.

Pero en esta disputa o, mejor, en esta “cuestión de método”, está, también, la mancha del anarquismo, pues en su deseo de destrozar al Estado y las instituciones, algunos de esos movimientos, especialmente, a finales del siglo XIX, derivaron hacia el terrorismo: destrucción de los símbolos del orden, crueles asesinatos, muerte de gente inocente y, como consecuencia política, una fuerte deslegitimación del movimiento, si bien su aventura estaba-  y tal vez está aún- lejos de terminar.

Muy interesantes aparecen para la actualidad algunas de las apuestas anarquistas. Si aceptamos hoy que el Estado y el derecho son funcionales al mantenimiento de los privilegios y que reproducen el inmovilismo social, y si aceptamos que el Estado mismo es un esclavo del capital y que está tomado por corporaciones y grupos económicos; si convenimos en que los partidos políticos actuales están más interesados en su disputa por el poder y en sus guerras intestinas que en representar y gestionar los intereses de la sociedad; si nos percatamos de que la política y sus elecciones, en su mayoría, son una pantomima, un circo demagógico y un espectáculo que se reproduce cada cuatro años y que busca sólo el cambio de amos, etc., algunas de las apuestas anarquistas tienen un gran potencial emancipatorio. Veamos.

Una sociedad sin Estado y sin derecho, requiere un alto desarrollo ético. No sin razón se ha ligado al anarquismo con la filosofía kantiana donde la responsabilidad es el correlato de la libertad. Solo una libertad responsable, un ejercicio de la autonomía del individuo, un alto sentido de la co-existencia y la responsabilidad social, hacen superfluo- en buen grado- al derecho y al normativismo encarnado en las instituciones de control social. Entre más ética sea una sociedad, menos derecho requiere; y, por otro lado, cuanto más fuerte sea el derecho penal, menos autorresponsabilidad existe. Sólo un fortalecimiento de la ética, la libertad, la responsabilidad, hacen posible el soñado autogobierno y auto-organización de la sociedad anarquista.

Por eso, para favorecer la auto-organización de la sociedad, su autogobierno, el anarquismo acudió al federalismo frente al centralismo burocrático; frente a las estructuras verticales, promovió las relaciones horizontales: de ahí la necesidad de tomar las decisiones de manera asamblearia, de apostarle a la auto-gestión, a la producción colectiva, a la solidaridad y a la ayuda mutua, como pensaba Kropotkin y como ilustró en su clásico libro El apoyo mutuo de 1902. En ese libro, el naturalista ruso mostró que la ayuda mutua y la cooperación eran claves en la evolución y en la reproducción de la existencia humana. De tal manera que no era sólo la selección de las especies y la competencia los determinantes del éxito de las especies y del humano en la historia, como lo había proclamado hasta la saciedad el darwinismo social, y hoy su neuroliberalismo y la psicopolítica que lo avala y lo alaba. De esta manera era posible apostarle a una sociedad donde se trabajara tres o cuatro horas a la semana, se eliminara la producción dañina y donde el hombre tuviera su vestido, su vivienda y su pan diario, y donde pudiera multiplicar sus necesidades artísticas y de goce, esas mismas cuya satisfacción hoy “solo se reservan a un menor número”. En esas instituciones, las federales y las asambleas, así como en los principios enumerados, reside en parte el atractivo del anarquismo, pues lo que este exige es una gran capacidad para crear formas alternativas de vida más allá de las que conocemos o hemos experimentado en la sociedad capitalista actual.   

Sin duda, el exceso de población mundial, la actual preponderancia de la sociedad urbana, el productivismo moderno con su correspondiente consumismo exacerbado, etc., presentan grandes retos al anarquismo, pero también es cierto que éste, en el siglo XX, ha evolucionado y se ha mantenido como una opción válida de futuro. Basta mirar las apuestas de Carlos Taibo en su libro Repensar la anarquía para observar la confluencia de su propuesta con otras como las del Buen Vivir/Vivir Bien, apuestas raizales, movimientos autonomistas, la puesta en marcha de prácticas y modos alternativos de política y economía. A Estas se suman otras propuestas más complejas como la necesidad del decrecimiento, la desmercantilización de la vida y las relaciones sociales, la desurbanización, la recomunalización, la re-ruralización; la necesidad de despatriarcalizar las relaciones sociales y hasta el llamado a destecnologizar. Para Taibo, todo esto es necesario si se quiere evitar el “colapso” o lo que otros han llamado la crisis civilizatoria en curso.   

Hay que decir, finalmente, que el anarquismo no es caos y desorden, es que le apuesta a la construcción de otro orden; no es que prescinda del gobierno, es que le apuesta al autogobierno; no es que el anarquismo rechace las instituciones, es que se propone crear otras nuevas; no es que rechace toda democracia, es que opta por la democracia directa y por ejercicio verdadero de la soberanía popular. Por lo demás, hay que decir que si el discurso crea subjetividades y éstas crean identidades o identificaciones que se reflejan en las formas de vida, frente al panorama actual no está demás azuzar la imaginación política para avizorar otros modos de existencia. Esto es plenamente posible, pues mientras haya hombres hay historia, y la historia es el reino de la posibilidad en el reino de la necesidad…la historia siempre está abierta a la creación. Parte de las ideas del anarquismo pueden incorporarse a una utopía, a una comunidad imaginada, ello atendiendo siempre a la realidad concreta y al devenir de la estructura abierta y dinámica de la realidad, al fin y al cabo, como dijo Wallerstein: “Las imágenes del futuro influyen en el modo en que los seres humanos actúan en el presente”. Y ahí está la clave del cambio.

Esto fue escrito por

Damián Pachón Soto

Profesor Escuela de Trabajo Social, Universidad Industrial de Santander. Miembro de la Red Colombiana de Estudios Marxistas. Ha sido profesor invitado en varias universidades nacionales y extranjeras, ente ellas, la Universidad Nacional de Colombia, La Universidad de Antioquia, El Instituto Cervantes de Tokio, La Universidad de Nanzan en Nagoya y la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe en Japón. Autor de varios libros, entre ellos: Estudios sobre el pensamiento colombiano, Vol.1, Estudios sobre el pensamiento filosófico latinoamericano, Preludios filosóficos a otro mundo posible, Crítica, psicoanálisis y emancipación. El pensamiento político de Herbert Marcuse (2a ed.).

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