Vote sin presiones sociales

¿Hasta dónde vamos a llegar con nuestro fanatismo político? Nuestras ganas imperantes e impulsivas de colonizar al otro, de pretender que defienda ideales políticos de un candidato, de llamar a las personas de manera despectiva por su preferencia política; solo demuestra el desgaste de una sociedad violenta, impulsiva, donde la imposición es un mecanismo de democracia.

Por estos días es normal que todas las conversaciones sean de política. Diferentes actores políticos se enfrentan a las elecciones presidenciales. Entre ellos se destaca el candidato Gustavo Petro ex miembro del desmovilizado grupo armado M -19, ex alcalde de la capital del país. Por otro lado, el candidato Federico Gutiérrez ex alcalde de la capital del departamento de Antioquia; dos pesos pesados en la actual contienda política. Hablar de otros candidatos no genera debate, estos dos actores políticos mueven a las masas, movilizan a sus electores en diferentes escenarios de la contienda electoral. Una atmósfera que se ha vuelto centro de agresiones e insultos en las diferentes redes sociales.

Un breve paréntesis es esta guerra política, donde las armas son los trinos, los comentarios y los famosos “Fake news”. Colombia no ha cambiado mucho, seguimos en una guerra entre derecha e izquierda, donde muchas personas se matan por un candidato o color político. Mi abuela Inés, una mujer con más de 70 años, relata cómo tiempo atrás, se vivía una violencia entre conservadores y liberales, donde se asesinaban por su preferencia política, perseguían al vecino liberal y lo mataban, se armaban entre pequeños grupos para hacer redadas a liberales.

Este sentir de mi abuela se puede constatar en la misma realidad histórica, pues como lo narra M. Victoria Uribe:

El núcleo problemático que caracterizó el periodo conocido como la Violencia, giró en torno a la relación antagónica entre dos comunidades o colectividades políticas, el Partido Liberal y el Partido Conservador. Estas se vieron envueltas en una guerra de exterminio que dejó un saldo de más de doscientos mil muertos y una enorme cantidad de mujeres violadas y de niños huérfanos. […] fue una confrontación entre Liberales y Conservadores que, aunque permitió que las tierras cambiaron de manos mediante la expulsión de sus aterrorizados dueños […] fue una guerra irregular que no tuvo caudillos, ni ideales y durante la cual ejecutaron incontables masacres en las áreas rurales.

La violencia no debe ser reducida a una simple contienda bipartidista por la hegemonía, como tampoco se la debe mirar como una confrontación entre las clases dominantes que arrastró consigo a unas masas populares que pensaban que esa guerra no era la suya. Los bandoleros surgen en situaciones intolerables de opresión política, pero carecen de propuestas políticas expresas. En Colombia todo esto depende demasiado del orden político imperante, de los partidos tradicionales y del clientelismo, vínculos que terminaron por ahogar sus rudimentarios intentos de rebeldía.

¿Hasta dónde vamos a llegar con nuestro fanatismo político? Nuestras ganas imperantes e impulsivas de colonizar al otro, de pretender que defienda ideales políticos de un candidato, de llamar a las personas de manera despectiva por su preferencia política; solo demuestra el desgaste de una sociedad violenta, impulsiva, donde la imposición es un mecanismo de democracia. Imponer al otro por quién debe votar y por quien no, cómo pensar y actuar, o a qué bando pertenecer, coacciona la libertad individual del ser humano.

Vote por quien usted prefiera, votar es un sacramento cívico.

About the author

Joan Steven Zuñiga Pacheco

Estudiante de derecho de la universidad Santo Tomás Sede Medellín y Estudiante de Administración pública Territorial en la escuela superior de Administración Pública ESAP.

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