Opinión

Vida, fuerza y protesta

El desbordamiento de la indignación ciudadana a causa de la omnipresencia del asesinato, abuso de poder y uso ilegítimo de la fuerza en Colombia, permitió que luna del miércoles 9 de septiembre fuese testigo de una jornada de protestas violentas en la ciudad de Bogotá, que, entre lesiones, incendios, abusos y gritos, dejó como resultado la muerte de varios ciudadanos. La efectividad del carácter violento en las protestas suele ser puesto en tela de juicio, así su aceptación o rechazo es supremamente variable entre la población:

Don Enoc Salgado, un joven de 92 años, sin más preocupaciones que continuar permitiéndose la dicha del amor y la conquista de señoritas cuyo cabello ha sido permeado por la experiencia, durmió plácidamente ese miércoles y no quiere tener tiempo para preocuparse por el tipo de protesta que realizan a 325 km de distancia de su pueblo natal.

Por su parte la alcaldesa de Bogotá Claudia López, subió un video a Twitter, donde con lágrimas en los ojos, exclama la necesidad de una reforma a la institución policial y paralelamente expresa –refiriéndose a los daños materiales– que destruir no derivará en dicho cambio “Destruir Bogotá no arreglará la policía”. Sin duda la exsenadora vive crudamente desde el ejecutivo, el turbio contraste existente entre las ramas del poder público.

Uno de mis docentes, dijo durante clase que estos actos se hacen menester si de verdad se pretende obligar al estado a realizar cambios estructurales y hacerse oír como constituyente primario, además, resaltó el hecho de que los bienes estatales se encuentra en su totalidad respaldados, dicho en palabras verdes, dañen esa vaina que todo lo del estado está asegurado.

Yo, víctima del Ketotifeno, estaba a punto de tener una de esas noches mágicas en las que no asaltan pensamientos nocivos a la psiquis, pero llegaron a mi teléfono varias notificaciones alertando violencia en las protestas que a esa hora ya habían cobrado varias vidas en Bogotá, la incertidumbre fue más fuerte que el fármaco y el desvelo arribó.

Aun escribiendo estas palabras, me cuesta tomar partido sobre este tema, no porque acepte la violencia, sino porque dejando de lado los seguros sobre bienes fiscales, los 325 km que me separan del lugar de los hechos y la antítesis de la separación de poderes, siento que el furor de los protestantes no fue el resultado de un análisis consciente, sino un acto instintivo, la secuela lógica del asesinato de Javier Ordoñez, La Masacre de la Cárcel La Modelo, La Masacre de Palmarito, La Masacre de Jamundí, de Tibú, la muerte de Óscar Andrés, Laura Michel, Jhon Sebastián, Daniel Steven, Byron, Rubén, Elián y Alexis en Samaniego, y todas y cada una de las más de 40  masacres que han azotado al pueblo Colombiano durante el último año.

La violencia salió a flote como el impulso natural de una ciudadanía abrumada porque el rojo de su bandera ya no representa la lucha de sus héroes, sino la injusticia, la impunidad, el crimen y la guerra eterna.

Bogotá tiene aproximadamente 8 millones de habitantes, las protestas actualmente registran 11 muertos y más de 140 heridos, en este momento hay miles de ciudadanos manifestándose, no en representación de esos miles, ni de los 8 millones de bogotanos, sino de los 50 millones de colombianos que, sin importar su ideología, hoy ven su estado desangrarse. Es grave destruir un bus de servicio público, es infame tener que quemar un CAI para ser escuchado, pero incinerar una moto o grafitear un auto no es destruir Bogotá, sobrepasar los límites de la legitimidad en el uso de la fuerza si es destruir Bogotá, tal como bombardear zonas donde se encuentran menores, violar la independencia judicial y comprar votos con dinero de narcotráfico es destruir a Colombia, es destruir la vida de mi docente, mi abuelo, la vida del Petrista, el Uribista, el Fajardista, de Claudia López senadora y Claudia López alcaldesa, el asesinato de Javier Ordoñez representa la constante violación a la vida de todos los colombianos.

Las protestas cesarán, la esperanza hoy es la memoria, no olvidar y esperar que esta indignación, estas protestas y esta violencia, transmuten a las urnas y les permitan a los colombianos consciencia colectiva para elegir mejor en la próxima contienda, de lo contrario, esta manifestación pasará –como es usual– al pabellón de la improductividad y la muerte.