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Vale más sentarse a negociar que seguir generando la guerra

“Vale más sentarse a negociar que seguir generando la guerra”
 Edgar Bermúdez fue parte del Ejército y la Policía Nacional, pero a sus 26 años el conflicto armado lo obligó a empezar de nuevo.
¿Cómo llega usted al Ejército?

“Una cosa son los anhelos que tengas como persona y otros son los que el destino te tenga a ti”. Yo quería ser ingeniero de sistemas y dejé mi tierra natal, la Guajira, con la intención de llegar a Bogotá y encontrar oportunidades, pero las condiciones laborales no fueron las mejores porque no solían aceptar a personas muy jóvenes.

Empecé a prestar el servicio militar porque viajé a Barranquilla para conseguir la libreta de primera clase y decidí quedarme. Posteriormente, me fui al Espinal, Tolima en donde realicé un curso orientado a la lucha de antinarcóticos y lucha antisubversiva. Luego manejé vehículos en Villavicencio por más o menos un año y me decidí por entrar a la Escuela de Policía.

¿Cómo recuerda el día del accidente?

Recuerdo que yo estaba prestando seguridad en la noche, le entregué mi turno a un compañero, recé un Padre Nuestro y me fui a dormir. El 5 de agosto de 2005 me desperté a las 6:30 a.m. Salimos a hacer un registro y llegamos a una casa en donde solíamos hacer nuestras necesidades. De ella ya no quedaba nada, la guerrilla la había destruido a punta de cilindro, granadas y ráfagas de ametralladora. Al regresar, caímos en un campo minado.

En el hospital me aplicaban altas dosis de antibióticos para evitar las infecciones porque los explosivos tenían materia fecal. Yo tenía la cara vendada pero me picaban mucho los ojos, por lo que le pedí al equipo médico que me quitara las vendas, y en ese momento me enteré de que había quedado ciego. Fue muy trágico porque al salir del hospital la realidad no estaba preparada para mí y la infraestructura de Colombia no está hecha para personas con discapacidad.

¿Qué papel jugaron su esposa y sus dos hijas en el proceso de “volver a aprender a vivir”?

Quienes me ayudaron en un principio fueron mi mamá y mi esposa, que en ese entonces era solo mi novia. Después llegaron mis hijas y se convirtieron en el motivo principal para seguir viviendo.

No fue fácil. La gente podrá pensar: “¡él es miembro de la Fuerza Pública y lo tiene todo!”, pero no es así. El Estado no tiene la capacidad de brindarle un acompañamiento psicológico a nuestras familias para afrontar este tipo de situaciones. Mejor dicho, como dicen por ahí, “en casa de herrero cuchillo de palo”. Si no tienen para apoyar a quienes cuidan a sus gobernantes, entonces, ¿qué tienen?

¿Qué hizo para llegar a la reconciliación con el victimario?

Pensé en que de la misma manera en que uno llega a ser parte de una entidad del Estado por querer salir adelante, las personas que llegan a los grupos irregulares también buscan lo mismo. El Estado no llega a muchas veredas, pueblos, corregimientos para dar educación, entonces sucede que llega alguien a aprovecharse y a hablarles a los muchachos de filosofías para defender al país, y uno termina creyéndolo.

Uno entiende que son seres humanos también y que terminaron allí por buscar una oportunidad laboral, una estabilidad y no lo pudieron lograr.

En su trabajo por la reconciliación, ¿se ha sentido amenazado?

Uno tiene que saber qué dice, cuándo lo dice y dónde lo dice, porque hay que ser cuidadosos. Siempre las personas que trabajan por la paz son quienes más amenazas reciben, y aquí “hay que dejarse de vainas”, te amenazan y si sigues ahí “amaneces con la boca llena de moscas”.

Entonces es mejor uno estar “por los laditos” y seguir luchando sin incomodar a nadie. Porque si uno no cuida su vida, el Estado no lo va a hacer. Y con lo anterior no significa que no pueda hablarle con claridad a quien deba, pero tengo que proteger a mi familia y a mí mismo.

Desde su experiencia, ¿cómo ha visto los procesos de reparación?

Les hace falta mucho. La reparación no es solo la indemnización, es reparar daños morales, psicológicos y materiales. Las víctimas pecan por ignorantes; no somos brutos pero no tenemos el conocimiento de la norma y por esto creo que “nos meten los dedos a la boca”.

En este momento, el que tiene que tener la capacidad para sobrellevar los diálogos en una situación de guerra es el Estado, pero sucede algo y dicen: “¡ya no negociamos!” y el pueblo es el que paga. Yo no estoy diciendo que el Estado deba doblegarse pero también pensar que él se desquita matando a 10, 5 u 8 guerrilleros.

Vale más sentarse a negociar que seguir  generando la guerra. Esta nos deshumaniza, yo lo viví en carne propia. Alguien que ponga materia fecal en un artefacto explosivo para que si no te mata la explosión te mate la infección, tiene una intención de daño grande.

Hay que apostarle siempre a la reparación, no con 21 millones de pesos que te dan por un accidente o pérdida de un ser querido, sino reparar integralmente.

¿Qué hace a través de su fundación para ayudar a los soldados heridos en combate?

En Percadi (Personas con capacidades diversas) nosotros quisiéramos contar con todos los recursos para solventar muchas necesidades; que no se tiene una prótesis, que la prótesis se dañó, que no tienen salud, entre otras. Lo que buscamos es apoyar a estas personas en detalle y darles las oportunidades que no brinda el Estado, para no terminar siendo víctimas de su abandono.

¿Qué considera que hace falta en Colombia para la reconciliación?

Hay que ponerse la mano en el corazón y pensar: “¿yo qué estoy haciendo en donde me encuentro?”. Al Estado le hace falta mucho, pero a los colombianos también. Hay que ser como cuando juega la Selección Colombia, que todos nos unimos sin importar si es de derecha o izquierda, lo que importa es hacerle fuerza al país. Esa es la identificación que necesitamos en la política, la de sentirnos unidos por Colombia.