Una Colombia que abre las alas

Es posible que el reto más grande del gobierno no sea hacer los cambios propuestos, sino en fijar sobre la gramática en la que se estructura el poder, la concreción y sello de posibilidad de los propios cambios.


Hace unos años por el canal televisivo Deutsche Welle (DW), pasaban unas simpáticas historias animadas que recreaban fábulas populares casi completamente desconocidas a este lado del mundo. En una de ellas se contaba la historia de una ranita excéntrica que un buen día anunció a toda su comunidad de ranas y sapos en la charca local y sus alrededores, que tal día cercano y a una hora precisa… iba a volar. Todos la escucharon con curiosidad, pero ninguno le creyó. Resultó que el día y a la hora señalada, la ranita apareció en la charca vestida con su gabán de invierno. Cuando la vieron, todos recordaron el anuncio que había hecho aquella desquiciada y en cuestión de minutos corrió la noticia, tras de lo que la charca se llenó de curiosos, atentos a lo que iba a suceder.

La ranita aquella emprendió su marcha en medio de la multitud, se acercó a una escalera que se proyectaba a lo alto de un árbol y luego de que se despojó de la chaqueta para emprender la subida, todos notaron que no tenía ningún aparejo de plumas o algún elemento que pudiera ayudarla a volar. Entre tanto la ranita subió a una rama alta que daba al suelo lejos del estanque, abrió las patas delanteras en señal de abalanzarse, gesto que arrancó voces de asombro y terror entre la multitud. No faltó quien le gritara que no saltara, que se iba a matar. Sin embargo, continuaba el inverosímil relato audiovisual, la ranita después de un breve salto, comenzó a precipitarse. Los asistentes contenían la respiración. Esa ranita loca iba a morir, eso era seguro. Sin embargo, a mitad del trayecto cuando ya se advertía el golpe de su cuerpo contra el frío suelo, la ranita se proyectó en un plano horizontal y comenzó a volar. Trazó círculos aéreos sobre las cabezas de todos los asistentes, quienes la miraban de hito en hito incrédulos y desconfiados. Y así, después de un rato, aunque todos vieron volar a la ranita, nadie le creyó.

El mensaje de la fábula, puede ilustrar y sirve como alegoría de lo que puede ser la construcción de un gobierno alternativo en Colombia, y comenzar a hacer realidad el cambio tan urgido. Han transcurrido nueve meses del gobierno Petro y desde ese interregno del mandato presidencial, durante el gobierno del cambio, se tienen sobradas razones para ser nombrado de esa manera. Las quejas y malestares que reporta la oposición son bien reveladoras de las heridas purulentas que el actual gobierno se propone restañar y que hemos heredado después de décadas de gobiernos corruptos, indolentes o abiertamente criminales.

Resulta muy curiosa e interesante la manera como sectores tradicionales, aferrados desde siempre al poder de la forma más obscena posible, esto es, desde la cooptación de las instituciones con la única finalidad de drenar recursos en beneficio propio, sean los que más lanzan alaridos y rezongos, asegurando que los cambios en proceso, además de los anunciados, supuestamente “nos afectan” a todos los colombianos; y no dudan en hacer creer que los males del país comenzaron el 7 de agosto de 2022, durante una tarde soleada para ser precisos.

Es posible que el reto más grande del gobierno no sea hacer los cambios propuestos, sino en fijar sobre la gramática en la que se estructura el poder, la concreción y sello de posibilidad de los propios cambios. Nadie discute la necesidad de incluir en el relato nacional a las regiones olvidadas, hacer de la paz una realidad, llevar a cabo la reforma agraria, de salud y pensiones; generar condiciones para que existan más oportunidades y garantizar los derechos a toda la ciudadanía, desde el derecho a la vida hasta el derecho humano para el disfrute de tiempo libre y de calidad; ampliar, diversificar e incrementar la calidad educativa, entre muchos otros propósitos que de seguro nos pondrán a volar como nación y que han sido sueños eternamente postergado. Todo ello se resume en la instauración de un estado social de derecho, cuya puerta y lógica de realización la abrió justamente la constitución de 1991.

Es por eso que el nombre del recién aprobado y sancionado plan nacional de desarrollo 2022- 2026, tiene un título tan coherente y esperanzador: Colombia potencia mundial de la vida. La tarea no es fácil, pero es la hoja de ruta concreta frente a la tarea de construir un país a la altura de nuestros sueños. Hace exactamente dos años los jóvenes nos enseñaron que sí se puede emprender un alto vuelo para transformar la realidad, y que en el centro de ese propósito está creer que se puede y aplicarse a ello con ahínco.


Todas las columnas del autor en este enlace: https://alponiente.com/author/aarredondo/

Andrés Arredondo Restrepo

Antropólogo y Mg. Buscando alquimias entre Memoria, Paz y Derechos Humanos.

Comentar

Clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.