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Un poema a la memoria de Joseph Brodsky

Fuente: Wiki Commons.

“Para Joseph Brodsky el poeta es el medio de supervivencia de la lengua. Quien escribe versos, dejará de existir; así como quien los lee. Pero la lengua en que están creados y en que se leen perdurará, y no solo porque la lengua sea más duradera que el hombre, sino también por su capacidad de mutación”.

La primera vez que escuché sobre la vida y obra de Joseph Brodsky fue en 1996, cuando se anunció en los periódicos la muerte del Premio Nobel de Literatura ruso. En aquel momento leí algunos de sus poemas en los suplementos literarios. Uno de los hechos biográficos más recordados fue el juicio político que sufrió en 1964. Se le acusó de “parasitismo social” y por “tener una visión dañina para el Estado”. Fue condenado a cinco años de trabajos forzados en Norenskaya, cerca del círculo polar ártico; castigo al que se sumaron estancias en el hospital psquiátrico de Kaschenko, en el sanatorio de Priazhka y en la prisión de Kresty, lugar que su maestra Anna Ajmátova perpetuó en Réquiem. Dicho proceso kafkiano pronto se dio a conocer en Occidente. Las voces de protesta de Ajmátova, Borís Pasternak, Dmitri Shostakóvich y Jean-Paul Sartre, entre otros, fueron decisivas para que después de dieciocho meses de encierro, Brodsky recuperara la libertad. Célebre es el diálogo entre el juez y el poeta:

Juez: ¿Cuál es su profesión?
Brodsky: Soy poeta y traductor.
Juez: ¿Quién lo inscribió en las filas de los poetas?
Brodsky: Nadie. ¿Quién me inscribió en las filas de la humanidad?
Juez: ¿Estudió usted esto?
Brodsky: ¿Esto? ¿El ser poeta?
Juez: ¿Cómo convertirse en poeta? Ni siquiera tratan de terminar la instrucción secundaria, donde se enseña.
Brodsky: No pensé que podría conseguirlo de la escuela.
Juez: ¿Cómo entonces?
Brodsky: Creo que… viene de Dios.

 

Joseph Brodsky nació el 24 de mayo de 1940 en Leningrado, hoy San Petersburgo. De pequeño le tocó padecer el asedio que las tropas nazis impusieron a la ciudad. La lectura se convirtió en una de sus grandes pasiones, al punto que para leer buscaba libros en los depósitos de basura. La formación de este “lobo solitario de la literatura rusa”, al decir de Solomon Volkov, fue autodidacta. A los quince años abandonó la escuela: “Cualquier cosa que me haya empujado a tomar esa decisión, le estoy inmensamente agradecido porque resultó ser mi primer acto libre”. Además de la escritura y traducción, Brodsky se desempeñó en diversas labores: asistente de cristalografía, ayudante de geólogo, auxiliar forense, fotógrafo, marinero y obrero. A partir de 1972 es desterrado de la Unión Soviética. Comienza el periplo del exilio: Lisboa, México, Roma, Venecia, Viena. Gracias al apoyo de Stephen Spender y W. H. Auden en Londres (poeta a quien Brodsky dedicaría uno de sus últimos ensayos publicados por The New Yorker en 1996) arriba finalmente a Nueva York. Se nacionaliza estadounidense. Fue profesor en varias universidades, tales como el Darmouth College y la de Michigan, centro de difusión para la literatura rusa traducida al inglés. Aunque su reconocimiento en Estados Unidos se caracterizó por su espíritu de resistencia frente al régimen soviético, Brodsky siempre mantuvo una actitud de independencia. En 1987 es galardonado con el Premio Nobel de Literatura.

Uno de los aspectos más relevantes en la obra de Brodsky está relacionado con la adopción de una segunda lengua: el inglés. Componer obras literarias en este idioma representó la mejor forma de aproximación a W. H. Auden, poeta británico a quien consideró la más notable inteligencia del siglo XX. La traslación a una segunda lengua es motivo recurrente en su obra. Desde su llegada a Estados Unidos en 1972, Brodsky decidió alejarse de los inmigrantes rusos para hacer parte de la vida literaria del país que lo acogía. Comprendió que no podía limitarse a escribir en la lengua eslava, aunque en varias entrevistas recalcó que su ideal era componer en su lengua materna y dejar a otros la traducción.

Para dar a conocer sus poemas en inglés, Brodsky tradujo su obra en colaboración con poetas como Anthony Hecht, Howard Moss, Derek Walcott y Richard Wilbur; y aunque la mayoría de los críticos coincide en que las versiones de estos autores son bastante buenas, el poeta ruso no estaba del todo satisfecho. En sus poemas, la métrica y la rima son parte integral de la composición; establecen una estrecha relación con la memoria y la oralidad, características de la tradición litúrgica; son prácticas fundamentales de la plegaria como tal. En entrevista con Volkov, Brodsky afirmó que el poder expresivo del ruso se encuentra también en su potencial fonético, “en cláusulas subordinadas, en el uso del participio y en todos esos giros gramaticales” que el inglés no tiene. Para el poeta ruso, dada la complejidad estructural del idioma, el traslado al inglés lleva inevitablemente a una simplificación y empobrecimiento del texto. En la nota introductoria del poemario Parte de la oración, agradece el trabajo realizado por los traductores, no sin antes señalar: “Me he tomado la libertad de retrabajar algunas de las traducciones para acercarlas más al poema original, aunque al hacerlo probablemente he sacrificado su tersura. Le estoy doblemente agradecido a los traductores por su indulgencia”.

En La conferencia del Premio Nobel, Brodsky establece que el poeta “es el medio de supervivencia de la lengua”. Quien escribe versos, dejará de existir; así como quien los lee. Pero la lengua en que están creados y en que se leen perdurará, y no solo porque la lengua sea más duradera que el hombre, sino también por su capacidad de mutación. El poeta compone versos porque alberga la esperanza de que sus creaciones le sobrevivan, al menos durante un tiempo. Quien escribe un poema, crea porque la lengua le inspira el siguiente verso. Usualmente, al iniciar una creación el poeta desconoce el curso que va a tomar su poema, y en muchas ocasiones él es el primero en sorprenderse con los resultados obtenidos, dado que el texto es mejor a lo esperado, a menudo lo conduce más lejos de lo que creía. “Y ese es el momento en que el futuro de la lengua invade el presente”:

 

Ab Ovo 

Debía existir, a fin de cuentas, un idioma

en que el vocablo “huevo” fuera reducido

enteramente a O, como los italianos

se acercan con su uova, razón por la que Dante

lo imaginó el más sano de los alimentos,

predilección que compartía con sopranos

y con tenores cuyos torsos como peras

representan, bien mirado, el vocablo “ópera”.

Concierne igual a los románticos de cepa,

los alemanes, que comienzan cada verso

como si comenzaran a desayunar,

o a los igualmente engallados matemáticos

que empollan infinitos religiosamente

cuyos límpidos ceros jamás abrirán. –

Versión de Julio Trujillo