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Una gigantesca bota militar pisotea el diminuto rostro del último hombre sobre Europa, ¡y el torturador intelectual no es O’Brien, se trata de Julia! –es el pasado–. Violencia y Fantasía se enzarzan en el epílogo sexual, onírico y brutal de una pesadilla necropolítica –es el presente, muy presente–. Una “Faschion IA” controla y domina la voluntad de las castas en una Medellín futurista, arrasada por las llamas y la transmutación aparente –siempre aparente– de la moda y los cuerpos –es el futuro–. Así se encadenan pasado, presente y futuro en un tríptico distópico.
Y esa fue la apuesta escénica audaz y rupturista que teatro escarlata, en el marco de la conmemoración de los 13 años de vida artística y cultural de Casa Teatro El Poblado, le ofrendó –como sí de un Sacrifico se tratase– a su público entre el 9 y 24 de abril. Se trató de una experiencia sensorial inmersiva e intensa donde los actores interpretaron con oscura lucidez las grietas que perviven en los límites del espacio-tiempo con la intención de incomodar; “shockear” certezas; desarraigar prejuicios; llevar los sentidos del abrumado espectador a reconocer (y padecer) una distopia aparentemente orgánica –siempre aparente, siempre– y excesivamente transversal.
El tríptico esboza el pasado con una reinterpretación de 1984. La clásica novela de Orwell deviene en hashtag (las redes sociales son el principio (¿y fin?) de la presente distopia) y recrea los tropos narrativos orwellianos desde la fuerza emocional de dos actores. Aunque la desesperanza inherente a ese pasado corrosivo, con su Habitación 101 y la belleza que se encarna en la inagotable destrucción de las palabras, no logra trascender los sentidos hasta la exaltación. Orwell está y no está. La distopia se personaliza en una melodía nostálgica y deshilvana su urdimbre social. O’Brien no “existe” y su condición de torturador intelectual se traslada a Julia. Así su manifiesta rebeldía ante el Gran Hermano es socavada. Julia como figura prometeica es sacrificada.

La relación con ese pasado corrosivo se sostiene en la segunda pieza del tríptico Necropolítica. Boda para Violencia y Fantasía. Obra densa, arrolladora y feroz. La capacidad interpretativa de los actores y la comprensión inmediata del público sí es llevada al límite de la exaltación; se abre así espacio a una experiencia inmersiva donde el poder se presenta como un depredador omnisciente que se trasmuta en cuerpos desnudos que luchan, se desean, se torturan, se devoran y se destruyen. La carga para los sentidos es descomunal. La disociación alcanza su clímax en el duelo sexual y letal de Violencia y Fantasía. Obra original que no requiere explicación. Solo silencio cuando se apagan las luces: ¡Qué la consuma el silencio!
Violencia y Fantasía se trasmutan en una Medellín futurista en la tercera pieza del tríptico distópico: Faschion. Entre el segundo y tercer momento del tríptico se advierte una relación orgánica como resultado de su originalidad. No son adaptaciones, bueno, sí se adaptan y proyectan una realidad, pero no se basan, exclusivamente, en una idea contenida –como si pasa con #1984–. Con Faschion el tríptico se cierra sobre sí mismo a partir de un planteamiento innovador que redefine el sentido del espacio y el fin último de los cuerpos.
Sin duda, es su pieza más audaz: empezando porque el escenario se convierte en una pasarela transidiomatica y multimedia que le demanda al espectador una atención total y absoluta. Faschion alberga múltiples capas (¿o colecciones sin temporada?) que resultan inabarcables en una reseña (me la he visto ya tres veces). Solo basta decir que es la coronación que consuma una distopia cotidiana, ¡tan esplendida como glamurosa!

El tríptico distópico de teatro escarlata es una combinación de filosofía, ciencia política y teatro que, insisto, pretende abrumar: induciendo al origen de la duda; a la pregunta creadora y reveladora que no da nunca nada por sentado. Al final de cada función aparecía un personaje, un pequeño burgués humanizado y angustiado, interprete de distopias y recreador de obscenidades; quien, a veces con aires de moralista; quien, a veces con aires de catedrático, daba cuenta del aparato bibliográfico y crítico de la obra. A él le dejé un obsequio. ¡Como lo extrañé en la función de Faschion del 24 de abril!
No olvidaré sus palabras de exhortación: “Más distopias al concluir la función”.













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