Tomasa

Jorge Diego Mejía Cortés


«Kyrie eleison.»

Gerónimo ingresó a la celda sin nombre, ubicada en un recodo del sótano, con su cabeza cubierta por un capuz marrón. Llevaba un candelabro de cobre con una vela de parafina (a la vieja usanza). Sacó silenciosamente la larga y pesada llave maestra del bolsillo y, con sus húmedas y gruesas manos, la introdujo lenta pero decididamente en la férrea cerradura con forma de vulva oxidada. Tras un leve clic, la portaza de hierro cedió, haciendo un rechinante ruido acompañado de un leve quejido en eco, que provenía de lo profundo de la celda. Una forma humana apenas podía hacerse visible gracias a la tenue luz del candil.

La respiración incontenible de Tomasa encendía los sádicos ánimos del sexagenario pero viril carcelero, y se sincronizaba con la de su súcubo atrapada entre la humedad y el calor del recinto. Estando a menos de un metro de su cuerpo semidesnudo, de espaldas, Gerónimo observa a su víctima. Ella emite un jadeo incesante pero tenue; un fluido baja por su espalda y un mandil mojado, entre-cortado y pegado a su cintura, apenas sostenido por su hombro derecho, aparece con la luz de la llama que se acerca. Sus manos, atadas a la parte inferior de un arquitrabe y su cabello suelto, tirado hacia adelante, cubrían sus grandes pechos desnudos.

– Tómame, cabrón – dice la prisionera.

Gerónimo ríe, descarga rápidamente el candelero mientras se reincorpora e hinca sus colmillos en el hombro descubierto de Tomasa, muy cerca de donde se asoma una cicatriz asimétrica. La toma por la cintura metiendo una mano entre el mandil hecho trizas, mientras la otra mano se dirige a su sexo tupido de enmarañado pelo rubio y cano. Alcanza por entre el manglar la preciada sima. Un manantial surge como un geiser, mientras al unísono un grito sordo y una violenta convulsión estremece a la fémina.

– ¿Qué esperas?

Gerónimo ríe de nuevo y la increpa:

– ¡Pecadora, zorra inmunda!

La besa mientras la sujeta por la espalda y le escupe en la boca.

– ¡Hazlo, por el amor de Dios!

– No menciones su nombre… no en este momento.

El hombre suelta amarras y saca su rancio miembro. Palpa el objetivo y, de forma violenta, sacude las entrañas de la caliente carne. Impele con todas sus fuerzas la humanidad de la cautiva. Tapa su boca con la mano izquierda para que no grite, mientras con la otra la constriñe con toda su energía. Tras largos diez minutos, una mezcla de fluidos brota de ambos cuerpos. Gerónimo queda tendido en el piso; Tomasa, suspendida por las manos cual funámbula, oscila inconsciente, con la boca abierta y la cabeza hacia atrás.

Es domingo, una mañana fresca con olor a campo, los pájaros entonan virtuosas melodías, los pregoneros comienzan a ofrecer sus productos en el atrio del pueblo y los monaguillos hacen replicar las campanas. En la puerta de la iglesia se topan: un sonriente Gerónimo Brabante y la madre Sor Tomasa de La Cruz, adornada con un inmaculado griñón y un gigantesco rosario. Hacen una pequeña venia y se saludan.

– Buen día padre Gerónimo,

– Buenos días, Sor Tomasa.

Un viento seco vaticina que será una noche fría por culpa del Siroco.

Jorge Diego Mejía Cortés

Docente Normalista. Politólogo Universidad de Antioquia. Especialista en Gerencia Pública.

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