Nunca tuvimos tantas opciones frente a nosotros. Personas, trabajos, ciudades, viajes, carreras, experiencias. Pero la posibilidad de elegir casi todo también parece haber traído una nueva dificultad: aprender a aceptar todo aquello que dejamos afuera cuando finalmente elegimos algo.
Hace unos días un amigo me dijo algo que se me quedó dando vueltas, sentía que hoy nos cuesta elegir. Y no hablaba solamente de parejas; hablaba de trabajos, proyectos, ciudades y planes. De esa sensación de que, cuando elegimos una cosa, inmediatamente pensamos en todas las demás que podríamos estar haciendo.
Y quizás haya algo de cierto en eso.
Durante mucho tiempo asociamos tener más opciones con tener más libertad. Y, en buena medida, es así. El problema aparece cuando las posibilidades son tantas que empezamos a preguntarnos permanentemente si estamos tomando la decisión correcta.
La psicología estudia este fenómeno desde hace años. Se conoce como “sobrecarga de elección” (choice overload).
Un metaanálisis publicado en 2015 analizó 99 resultados de investigaciones que involucraban a más de 7.200 personas. Encontró que tener muchas opciones puede aumentar la dificultad para decidir, el arrepentimiento y las ganas de cambiar posteriormente lo elegido, especialmente cuando la decisión es compleja o cuando no tenemos demasiado claro qué queremos.
No significa que muchas opciones sean necesariamente malas.
Significa que elegir también tiene un costo.
Y quizás hoy ese costo sea más visible que nunca.
Podemos aceptar un trabajo y, cinco minutos después, entrar a LinkedIn y ver otro que parece mejor. Podemos estar de vacaciones en un lugar increíble mientras Instagram nos muestra otros diez destinos que no elegimos. Podemos estar cenando con amigos y sentir que, en algún otro lugar, está pasando algo más interesante.
Y en las relaciones ocurre algo parecido.
Un metaanálisis sobre compromiso que reunió a 50.427 personas de 202 muestras diferentes encontró que cuanto mejores percibían las personas las alternativas fuera de su relación, menor tendía a ser su compromiso con ella. La asociación entre ambas variables fue considerable: r = −0,43.
Las aplicaciones de citas llevaron esa lógica todavía más lejos.
En tres estudios sobre citas online, investigadores observaron que, a medida que las personas pasaban de un candidato al siguiente, comenzaban progresivamente a rechazar más. Entre las primeras y las últimas opciones, la probabilidad de aceptación cayó, en promedio, un 27 %. Los autores hablaron de una especie de “mentalidad de rechazo”: cuando sentimos que las alternativas son prácticamente infinitas, podemos volvernos más exigentes con aquello que tenemos delante.
Y creo que ahí aparece la parte más interesante.
Tal vez nuestro miedo no sea solamente perdernos una fiesta, un viaje o conocer a otra persona.
Tal vez tengamos miedo de perdernos otras versiones posibles de nuestra propia vida.
La profesión que no estudiamos.
La ciudad en la que no vivimos.
La persona que no conocimos.
El trabajo que rechazamos.
El viaje que todavía no hicimos.
Siempre existieron esas posibilidades. La diferencia es que hoy podemos verlas constantemente.
Y quizás por eso elegir se volvió, en algunos casos, más difícil: porque las alternativas ya no desaparecen después de tomar una decisión. Siguen frente a nosotros, recordándonos permanentemente que podríamos estar haciendo otra cosa.
Pero ninguna vida puede construirse desde todas las posibilidades al mismo tiempo.
Toda elección deja algo afuera.
Elegir una persona, un proyecto, una profesión o una ciudad no significa necesariamente quedarse ahí para siempre. Significa poder decidir que, al menos por un tiempo, algo merece nuestra atención.
Porque quizás la libertad no sea mantener abiertas infinitamente todas las puertas.
Quizás también sea poder elegir una, atravesarla y ser lo suficientemente valientes como para quedarnos el tiempo necesario y descubrir su valor.














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