Sueño la aldaba (II)

Boceto: Iván Cáceres

 «Una mujer anciana anunció «soñé que tu casa la llevaba un gran río, que piedras y vigas se las llevaba el agua». Otros tantos soñaban que el techo de su casa se derrumbaba. Los temiquiximatli anunciaron para Motecuhzoma II la caída de su imperio. El último de los tlatoani se rebeló por su soberbia al destino que le deparaba. Así que mando a encarcelar a los soñantes»

Tres textos conforman esta entrega. «Fuga en el aire», del cubano Dr. Javier Gort Lemus, narra un idilio en el que ni un ruido desluce la piel del lago; es tanto el silencio que busca reclamar para sí «el murmullo de las hojas al danzar con el soplo del viento»; y de a poco fue integrándose a la mañana, a los árboles y al colorido de las flores. «El instante suspendido», del jatiboniquense Jose Ángel Muñoz Juárez, se distancia por el retumbe de «Autos, gritos, sirenas, pantallas» que se entremezclan con la oficina; la madre, su conciencia, la cercanía, lo desconoce; y es solo con un colibrí, «como si el tiempo se arrodillara ante él», le acerca la belleza, la «pincelada rápida hacia las hojas, hacia lo invisible». Y «Temicnamictiani», de la mexicana Fabiola Morales Gasca, se antecede a la llegada de los conquistadores por medio de los temiquiximatli («conocedores de los sueños»): «Una mujer anciana anunció “soñé que tu casa la llevaba un gran río, que piedras y vigas se las llevaba el agua”»; ante esto, «el último de los tlatoani se rebeló por su soberbia al destino que le debarapa» y mandó a encarcelar a los soñantes, que le negaron, ofendidos, «su última predicción»: cómo iba a morir.

Alejandro Zapata Espinosa

Fátima, enero 21 de 2026

 

*** 

Fuga en el aire

Soñó, deseó, quiso más que a la vida misma poder ser el dueño de la paz que reinaba en el lugar. Era el sitio más perfecto que había conocido. Ni un ruido humano perturbada el lago, sus orillas, los bosques alrededor. Y navegaba con el bote la tranquila superficie del lago. Y miraba al cielo reclamando para sí esa paz. Y buscaba abrir el pecho para recibir el silencio, todo el sosiego que pudiera tomar del paradisíaco lugar. Pero la paz no llegaba. Estaba ahí cono parte de todo lo natural. Reinaba en el aire, en el cielo alto y ancho, en el suave murmullo de las hojas al danzar con el soplo del viento. Estaba en las pequeñas ondas que cruzaban la piel líquida del lago. Y lo quiso tanto, lo deseó innumerables veces, lo soñó con todas las fuerzas de su alma, que poco a poco, casi sin darse cuenta, se fue volviendo silencio, quietud, sosiego, la paz que quiso y en volutas suaves, se fue integrando al aire de la mañana y quedo prendido entre los árboles, entre el colorido de las flores y el verde intenso del lugar.

 

Dr. Javier Gort Lemus (La Habana, Cuba) es poeta, escritor y artista plástico. Licenciado en Humanidades y Dr. Honoris Causa en Literatura. Tiene tres libros publicados y está incluido en varias antologías en Cuba y otros países. Tiene poemas publicados en revistas y periódicos de Argentina, España, Bangladesh, EE. UU., India y otros lugares.

 

***

El instante suspendido

 

La ciudad ruge.

Autos, gritos, sirenas, pantallas. Todo ocurre a la vez, todo exige algo de mí. Camino entre la gente como si huyera de algo que no sé nombrar. A veces siento que todos lo hacemos. Arrastrarnos entre oficinas grises, mensajes urgentes y cafés que saben a resignación.

Hoy fue un día especialmente cruel. En la reunión, los egos se afilaron como cuchillos. El tren se detuvo veinte minutos bajo tierra, y el teléfono…

Mi madre preguntó otra vez: «¿Y tú quién eres, hijito?».

No supe qué decir. Apenas pude sostener el silencio sin romperme.

No quería volver directo a casa. Terminé desviando el rumbo por el parque. Dicen que no es seguro, pero ¿qué lo es? Vivir tampoco lo es.

Me senté en una banca vieja, con la madera astillada y el alma también. Lloré. Sin aspavientos. De ese llanto que no se ve, pero lo empapa todo por dentro.

Entonces ocurrió.

Un zumbido. Suave, eléctrico. Apenas un hilo de aire movido.

Un colibrí.

Suspendido en el aire, como si el tiempo se arrodillara ante él. Verde con reflejos metálicos. Pecho encendido, latiendo con urgencia y belleza. Me quedé quieto, conteniendo la respiración. El mundo entero pareció contenerla conmigo.

Y juro —sí, juro— que me miró. O al menos eso quise creer.

Y después… se fue. Una pincelada rápida, hacia las hojas, hacia lo invisible.

Me quedé ahí. Con el rostro aún húmedo. No me sentía mejor. Pero algo dentro de mí había cambiado. Un milímetro, quizás. Pero algo.

Me puse de pie. Caminé sin apuro.

Porque, por suerte —en este caos al que llamamos mundo— todavía hay belleza.

Y a veces, esa belleza tiene alas.

 

Jose Angel Muñoz Juárez (Angel Mujuar, Jatibonico, Sancti Spíritus, Cuba, 1980) es poeta, escritor, artista de la plástica, ilustrador, editor, profesor, guionista y director de programas de radio y televisión. Licenciado en Educación Informática. Escribió su primer poema a la edad de 7 años con el cual obtuvo el primer lugar en el Evento de Talleres Literarios a Nivel Nacional. En el 2011 la Casa de Cultura María Montejo de su localidad lo reconoció por su aporte a la cultura literaria. En el 2012 represento a su país en el 1.er Festival Internacional de Poesía Erótica de Managua, Nicaragua. Es miembro de la Unión Mundial de Poetas por la Paz y la Libertad. Cuenta con varios libros publicados y ha sido compilador e ilustrador de varias antologías.

 

***

Temicnamictiani

 Antes de la llegada de los conquistadores los temiquiximatli[1] se reunieron para discutir los sueños inquietantes que emergían entre la población. Funestos augurios se vaticinaban pues los pobladores narraban «que todo el templo de Huitzilopochtli, poco a poco se iba quemando, y lo iban desbaratando, y esto es, señor, lo que soñé». Una mujer anciana anunció «soñé que tu casa la llevaba un gran río, que piedras y vigas se las llevaba el agua». Otros tantos soñaban que el techo de su casa se derrumbaba. Los temiquiximatli anunciaron para Motecuhzoma II la caída de su imperio. El último de los tlatoani se rebeló por su soberbia al destino que le deparaba. Así que mandó a encarcelar a los soñantes. Los temicnamictiani, desconcertados por la reacción de su gobernante que antes les confiaba todo para gobernar de forma excelsa, se ofendieron. Se negaron dar a conocer su última predicción. No dijeron cómo iba a morir, los libros de historia avalan.

 

Fabiola Morales Gasca es maestra en Literatura Aplicada en la Universidad Iberoamericana. Diplomada en Creación Literaria (SOGEM). Exalumna de la Casa del Escritor y Escuela de Escritores (IMACP). Diplomada en Derechos Humanos, Género y Acceso a la Justicia (UIA). Autora de libros y participante en antologías de Argentina, Chile, Colombia, España, México, Paraguay, Perú y Venezuela. Lectora voraz e incansable escritora.

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Sueño la aldaba. Antología de literatura onírica, Rosario, Argentina: Laia Editora, 2025.

 

 

[1] En la cultura mexica, temiquiximatli se traduce como «conocedor de los sueños» y temicnamictiani como «intérprete de los sueños».

Alejandro Zapata Espinosa

(Itagüí, Colombia, 2002) Licenciado en Literatura y Lengua Castellana (Tecnológico de Antioquia), y maestrando en Educación (Universidad Santiago de Cali). Miembro del Comité Editorial de Contacto Literario (Armenia, Colombia).

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