Sueño la aldaba (I)

«Entonces la vio: su sombra. No pegada al cuerpo, sino erguida frente a ella, como un espejo rebelde. La oscura nube era la prueba de un conocimiento que aún no comprendía: que la luz nunca se entrega sin reservas, que siempre deja un resto oscuro»


Con el feliz Año Nuevo, a continuación, como fue dicho en la entrevista realizada por Luis Alfonso Pérez Puerta sobre Sueño la aldaba (2025), se presentan las colaboraciones a la antología. En esta entrega, el Prólogo de quien suscribe, la descripción de Wañusqakunata musquy (1998) y las tres obras de los Invitados especiales (más una Horquilla unamuniana a propósito del bombardeo a Venezuela y los lacayos nacionales).

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Prólogo

Toque de aldaba

«Despertarse soñando» y que las imágenes de la noche perduren en el borrón de los parpadeos: material sensible el acontecer onírico. El papel o la pantalla como herramientas de alcance o, por urgencias, la historia repitiéndose en el lugar donde quedaron, el humano o el animal sirviendo el banquete, encumbrando las cimas, aceptando otro orbe, la fascinación hecha con lo que evade al ingenio, su propia sospecha.

En Sueño la aldaba «la locura, el delirio prolongado debiera sobrevenir en las mismas circunstancias que los causan en la vigilia si fuera cierto que el ensueño es tan intenso como cualquier realidad, y persistir, después del despertar, mucho o poco». La presencia colectiva sin escapatoria, el delirio atrapado: treintaiún soñantes coreando sus visiones.

Que esta invitación sea continua, y la posibilidad del sueño tome carácter en sus medios. Porque la visitación tornará necesario estas memorias, la pesadilla o el augurio de un conocido, de una criatura alumbrante, y así ampliar el campo narrado, el sinfín estético. La vigilia, el tipo de acceso abismal, se alarga, cruje el portón y da espacio al símbolo para que se ensanche… hasta agregar con Macedonio, «sinceramente, ahora y hasta que halle la fórmula de lo que distingue los ensueños, no sé si escribo despierto y medito o si medito pero soñando que escribo: la meditación es posible en el ensueño o en lo que algunas veces he creído ensueño».

Fátima, septiembre 30 de 2025

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Wañusqakunata musquy

(Soñar a los muertos, en quechua)

La obra es una ceremonia que se realiza en la cosmovisión indígena, la cual en el fallecimiento de un ser querido, «un niño». Durante una semana el niño es sentado en una mesa, se lo viste y se lo sueña como él pudo a ver sido de grande, le cubren de dinero en sus vestimentas, herramientas, y muchas flores; le cargan en brazos y le hacen pasear por toda la comunidad, pueden tenerlo así momificado o también llegan a enterrarlo, matan una llama y su sangre la rosean alrededor del espacio o casa al son de música autóctona, y así el niño podrá realizar sus sueños. Al otro lado están los niños que vienen a enseñarnos por un instante todo lo que podríamos aprender en toda la vida, y lo hacen en un instante; luego se van los llamados wawacielos, terminada la ceremonia y después de unas semanas suplantan al niño con una oveja (llamada chita), la cual vestirán y adoptarán durante toda su vida y será parte de la familia.

Llenas de silencios

… la apariencia, la voluntad de aparecer del soñador cerca de un mar de cansancio, hincha los gérmenes y hace surgir las fuentes, su materia por todas partes nace y crece de la fuente irresistible, un nacimiento continuo, en quienes alas y vuelo e imágenes dinámicas mueven a este mundo.

Transportado en una máquina reflejante, no me pueden ver allá a lo lejos hay varios de ellos se ven; ingreso al reflejo a la puerta y una gota de agua poderosa basta para crear otros mundos disolviendo a la noche.

La mar se imponía como un ser, el camino hacia ese mundo tenía vida, conciencia y como de ella entre esas paredes gelatinosas me elevaban sin tocar el suelo, como ha podido ser… no me deja tocarla, aquellas bolsas estaban llenas de silencios a punto de chocar entre sí.

Prendido en la noche, hecho de la noche. Un cuerpo real, un cuerpo inmóvil tan largo como el solo hecho de respirar se metía en lo más profundo de aquel sueño.

Carezco de imagen soy la añadidura de luz elevada atrapada en el túnel de puertas, inexpiados. Un pequeño filamento animal vive en el menor de los odios.

Y la cueva tubular de ingreso antigua me hace sentir su roja tibieza y viene de los sentidos al espíritu y estaba frente a mí, la constructora de aperturas, avance tan deprisa y a tres patas lleno de pelo color tierra como pude llegué, a una de ellas y solo había más y más mundos. Ingresé en ella y estaban allí cientos a miles, seres de mar, cueva de montaña con olor a viejo hechos de timidez…

Iván Cáceres (La Paz, Bolivia, 1976) es arquitecto de la Universidad Mayor de San Andrés. En 2024 integró la exposición Latinoamérica: arte y ciudadanías críticas (Medellín, Colombia).

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Su despedida

—Se desvanece la luz —susurró en medio de la habitación pobremente iluminada.

Mis ojos, a medio cerrar, trataban de aclarar lo que estaban mirando.

Esa voz. Era ella. No había duda.

Mi cuerpo tembló en medio del frío de su presencia.

Cinco velas nos acompañaban, tres no se dejaban encender, una a media luz y la última con una fuerte llama por terminar, asentía con el eco de su voz como si moviera su cabeza, como si tuviera cabeza. Me hacía sentir mareada esa danzante flama. De pronto, me vi sentada más cerca de ella para poder escuchar, pero, era casi imposible de entender.

—Se acaba mi tiempo, se desvanece la luz —entendí con claridad. Desperté con el corazón desbordado entre mis costillas.

Con sentimientos encontrados, en su mirada adormilada comprendí que fue su sutil despedida. Justo a las cuatro de la tarde, ese domingo, cualquier domingo para cualquiera, a nosotros nos arrebató su abrazo, y mi corazón desbordado hoy late entre espasmos respiratorios que no olvidan su nombre.

Jehimy Marulanda (Jem), nació en las lomas de las montañas que adornan a Medellín. Es poeta por amor a la justicia, dedicando sus palabras al aliento que la mantiene viva. He participado en algunos recitales de ciudad y publicado en algunas antologías poéticas como: Comfenalco, Letras al ruedo y revistas virtuales como: Ouroboros, Cronopio, Círculo literario de mujeres (México), entre otras.

 

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Geometrías en la penumbra

La noche se extendía como un lienzo sin orillas. El cuerpo dormía, inmóvil, mientras algo de ella ascendía en busca de un resplandor oculto. No era vigilia ni muerte: era tránsito.

Allí descubrió un mundo donde las montañas se erguían con la solemnidad de templos, los ríos repetían su canto en círculos interminables y los pájaros quedaban suspendidos en un aire espeso, como si el tiempo hubiera olvidado su curso. La soledad de aquel paisaje la envolvía en un silencio que parecía infinito.

Entonces la vio: su sombra. No pegada al cuerpo, sino erguida frente a ella, como un espejo rebelde. La oscura nube era la prueba de un conocimiento que aún no comprendía: que la luz nunca se entrega sin reservas, que siempre deja un resto oscuro.

De pronto, el paraje comenzó a mutar. Árboles que se convertían en doncellas, peces que trepaban como antorchas húmedas, rostros que surgían de la roca. Nada permanecía; todo se transformaba ante sus ojos desbordados.

Comprendió, al fin, que el sueño no buscaba respuestas, sino metamorfosis. Y que, al despertar, la silueta seguiría caminando por delante, como si todavía soñara.

Lilian Raquel Costantino, poeta y gestora cultural, escribe desde la raíz de la memoria y la rebeldía de la palabra. Ha llevado su voz por Argentina, Colombia, Ecuador y México, compartiendo libros, talleres y encuentros donde la poesía se hace puente. Autora de Secretos entre la luna y yo, En un acto de rebeldía y Presagios, también impulsa proyectos colectivos como el Atelier Poético y la revista literaria Acuarela. Su obra abraza la certeza de que la palabra puede transformar territorios y corazones.

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Horquilla. «No puedo tolerar, y aunque se me tome a locura, el que los verdugos se erijan en jueces y el que el fin de la autoridad, que es la justicia, se ahogue con lo que llaman el principio de autoridad, y es el principio de poder, o sea lo que llaman el orden. Ni puedo tolerar que una acuitada y menguada burguesía por miedo pánico —irreflexivo— al incendio comunista —pesadilla de locos de miedo— entregue su casa y su hacienda a los bomberos que se las destrozan más aún que el incendio mismo»: Miguel de Unamuno y Jugo, Cómo se hace una novela (1927).

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Sueño la aldaba. Antología de literatura onírica, Rosario, Argentina: Laia Editora, 2025.

Alejandro Zapata Espinosa

(Itagüí, Colombia, 2002) Licenciado en Literatura y Lengua Castellana (Tecnológico de Antioquia), y maestrando en Educación (Universidad Santiago de Cali). Miembro del Comité Editorial de Contacto Literario (Armenia, Colombia).

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