Sobre otras experiencias de lectura o lo que no registran las PISA

“El éxito radica en que la experiencia de lectura permita el cruce de esas almas jóvenes y les dé un lugar en el mundo. Ese tipo de experiencias victoriosas —que hacen menos ruido que las cosas al caer— no las registra ninguna prueba estandarizada”.


Hace algunos días se dieron a conocer los resultados de las Pruebas Pisa (Programa Internacional para el Seguimiento de los Alumnos), pruebas que se realizaron en el año 2022 a estudiantes de 81 países y cuyo promedio de edad estaba sobre los 15 años. El análisis de los resultados ya dio sus frutos e instaló una sensación generalizada entre quienes juiciosamente se han sentado a pensar las cifras con la intención de comprender las razones que sustentan los datos. El rendimiento académico ha caído. Y muchas cosas, cuando se caen, sí que hacen ruido. La sensación es que, en efecto, se ha producido un decrecimiento en el rendimiento académico de los estudiantes a nivel mundial a causa, fundamentalmente, del impacto de la pandemia. En el caso de América Latina hay, además, otros factores que dan cuenta de los malos resultados. Así aparecen en el horizonte los viejos problemas que, las más de las veces, nos dejan rezagados: la brecha económica existente entre los sectores público y privado de la educación —que juega un papel importante a la hora de tener mejores resultados—; la todavía precaria inclusión de las Tics en el aula para reforzar el aprendizaje y, cosa no menor, el rol de la familia (cada vez más ausente) en el proceso educativo de los niños, niñas y adolescentes.

En Colombia el asunto ha empeorado, sí —como ya se hizo—, se coteja con la medida de resultados obtenidos por los países miembros de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos). Nuestros resultados en Matemáticas, Lectura y Ciencias son, cuando menos, preocupantes. Aunque para algunos como el viceministro de Educación, Oscar Sánchez Jaramillo, la situación lo sea menos porque —como lo sostuvo en una entrevista para Caracol Radio— “Para Colombia es una situación menos preocupante que para el resto del mundo porque mantuvo los niveles de 2018 y 2022 a pesar de la pandemia. El impacto de la crisis sanitaria en el país es relativamente leve. Y mirado a largo plazo somos uno de los cuatro países más resilientes”, dijo el funcionario.

Estas declaraciones parecen sugerir que no nos deberíamos inquietar sobremanera. ¿Por qué? Básicamente porque nos hemos adaptado a todas las perturbaciones y adversidades que supuso la pandemia. ¡Resilientes! ¡Bravísimo! Ahora bien, otra forma de interpretar esa resiliencia es que, con o sin pandemia, las habilidades y competencias son inmejorables. Parece que ser resilientes en la mediocridad nos debe bastar, nos debe dejar tranquilos.

A la luz de los resultados y sus análisis se dejan ver la preocupación o la resignación, el señalamiento y la asignación de responsabilidades, así como las exigencias para mejorar. En estos casos todo, en su conjunto, va dirigido al Estado y al Gobierno. Nos preocupa que el gobierno no invierta lo suficiente y señalamos su inoperancia e incapacidad para gestionar. Ante esos reclamos salen funcionarios a ofrecer un parte de tranquilidad y a plantear soluciones que, según dicen, esta vez sí nos van a poner a la altura de Singapur, Japón y Corea del sur o Canadá.

No obstante, y más allá del impacto de la pandemia y de los problemas estructurales de desigualdad social que claramente explican parte de nuestras falencias en términos educativos, existe otro asunto que deberíamos considerar y hacerlo objeto de reflexión. El asunto es el siguiente: mientras el mundo y las expectativas que tenemos para nuestros hijos y estudiantes han cambiado, nuestras instituciones no. Los jóvenes de hoy están ingresando a un mundo en el que necesitan un sistema educativo centrado en ellos, no un modelo fabril basado en aulas clasificadas por edades y por grados. En este punto ya debería ser claro que no importa que dos niños tengan la misma edad, pues esto no significa que aprendan al mismo ritmo ni tengan las mismas necesidades. Algunos aprenden más rápido, otros más lentamente. Ese ritmo de aprendizaje varía según la asignatura, según el concepto que se esté enseñando, según las aptitudes del estudiante y su nivel de conocimiento acumulado sobre determinado tema o saber. En últimas, todos estos son elementos que dan cuenta de que lo fundamental es el individuo, la persona y su singularidad; un individuo, una singularidad que se desdibuja y se pierde en la manufactura escolar actual.

Por eso, cuando se presentan alternativas diferentes al proceso de escolarización tradicional, suelen ser —desde todo punto de vista— más significativas para esas singularidades sin lugar a las que ni la escuela ni las pruebas PISA ni las declaraciones del viceministro les dicen algo. En donde fracasa el Estado y su intento sistemático por hacer estudiantes competentes, triunfan las loables iniciativas que, por pequeñas, dan lugar a grandes cosas, como es el caso del amor por la lectura y el deleite en la conversación. ¡Sí! La lectura… Esa en la que nos dijeron las cifras y los expertos que hay una juventud incompetente.  Días después de la publicación de los resultados de las pruebas PISA y de los análisis sesudos de especialistas, varios jóvenes pertenecientes a diferentes clubes de lectura se encontraban en una biblioteca de la ciudad de Medellín para escuchar al autor de uno de esos textos sobre los que ya habían puesto sus ojos, su apasionamiento y hasta sus esperanzas. Esa experiencia de lectura, por lo que se escuchó decir, fue todo un éxito. ¡El mundo al revés! Ese éxito se manifestó, se nombró de diferentes maneras, una de las cuales fue la gratitud: “Quiero agradecer” o “Quería agradecer”, expresaron muchos de los asistentes a la conversación. Y aunque diverso fue el tiempo verbal en el que se conjugó, homogéneo el sentido del mensaje que se quiso dejar: ¡Gracias por permitir tantas cosas!  Entonces cabe preguntarse aquí: ¿Qué fue eso que posibilitó el autor? Y antes que el autor del célebre libro: ¿Qué posibilitaron aquellos y aquellas propiciadores de la lectura que no ha hecho posible el sistema fabril de educación?

La respuesta se puede enunciar de forma sencilla: hicieron posible la comprensión de sí mismos en esos jóvenes, es decir, que ellos mismos entendieran que sus vidas —aquellas que a veces consideran particularmente caóticas, dolorosas e insoportables—, poseen un correlato, un paralelismo el que se encuentran y se reconocen siendo otro hombre, otra mujer, conformando otra comunidad, habitando otra topología. Porque así, en efecto, adquiere valor la literatura: en la experiencia de lectura, en un cruce entre la singularidad y el relato. Ahí radica la clave del éxito que pasa inadvertido para los medidores de las pruebas estandarizadas.

Cuando la lectura se convierte en un lugar de encuentro en dos sentidos, con otros y consigo mismo, es que nos hacemos hábiles (competentes) porque construimos hábito, porque somos recurrentes al recorrer página tras página, yendo tras las huellas de otros al encuentro con nosotros. Dicho de otro modo, el éxito radica en que la experiencia de lectura permita el cruce de esas almas jóvenes y les dé un lugar en el mundo. Ese tipo de experiencias victoriosas —que hacen menos ruido que las cosas al caer— no las registra ninguna prueba estandarizada.


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Roger Zapata Ciro

Licenciado en Filosofía (Universidad de Antioquia), estudios de Maestría en Educación, profesor de Historia de las Religiones, literatura y Filosofía.

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