Cultura Selección del editor

Sobre La búsqueda insaciable de Eduardo Gómez

Un comentario sobre la reciente novela publicada por Proyecto Ediciones, el sello editorial del Centro de Estudios Estanislao Zuleta, y escrita por el intelectual y poeta colombiano Eduardo Gómez.

Eduardo Gómez (Miraflores, Boyacá, 1932) es un representante de aquella intelectualidad de nuestro país, surgida en la segunda mitad del siglo xx, que procuró articular la cultura, el pensamiento y una sensibilidad cultivada con la búsqueda de cambios sociales y políticos radicales a favor de ideales de igualdad, justicia y liberación. En su caso particular, tal búsqueda se entreteje a partir de la vinculación temprana al activismo estudiantil y político; luego su acción se desplegó en su trabajo como promotor, divulgador y formador cultural a través de la colaboración en periódicos como El Tiempo y El Espectador o desde instituciones como Colcultura, la Radiodifusora Nacional de Colombia o la Universidad de los Andes; pero es su obra como poeta, ensayista y, en los últimos años, novelista donde mejor realiza su aporte al propósito nunca abandonado de enaltecer la existencia para sí y para los otros; lo hace mediante un lenguaje que busca la integración de lo lírico y lo reflexivo, dando forma a una voz contestataria, sensitiva y abundante en interrogantes, que, en la medida en que se dirige a sondear su propia condición su contexto y su época, propicia una particular inmersión en el mundo de lo humano con su fecunda complejidad.

De todas las obras literarias de Eduardo Gómez, La búsqueda insaciable es la última de ellas y, aunque éste habitó su vida entre las letras, es también su primera novela. Este hecho, lejos de desestimarla, se constituye más bien en su virtud; en La búsqueda insaciable hacen síntesis tanto su faceta de artista como de pensador: con una notable versatilidad, Eduardo va y viene entre la narración y el comentario; no renuncia por temor a mancillar la supuesta pureza de la literatura a hacer uso de la palabra filosófica cuando la misma novela lo reclama. Esta forma de novelar es todavía más necesaria, dado que la búsqueda a la que está arrojado Randolph Heredia, el protagonista de esta historia, es, ante todo, una búsqueda de proyecto y de sentido, pero en un mundo que atenta de manera permanente contra éstos. Es por eso que para él y para sus compañeros entender la sociedad de la que hacen parte no representa un mero afán de intelectualización, sino una necesidad imperiosa y vital, puesto que ellos han comprendido que dicha sociedad determina en gran medida su existencia y las posibilidades que aquélla les ofrece. En los personajes, que son en su mayoría intelectuales o militantes políticos, hay una voluntad de instalarse en la historia de su propio país, de participar en ella y, por consiguiente, entre las cervezas y la palabra, son comentadores —cuando no testigos o artífices— de algunos de los acontecimientos que marcaron la Colombia de mediados del siglo pasado, como el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948, la masacre de estudiantes el día 9 de junio de 1954 y la lucha estudiantil posterior a ese hecho. De igual forma, la búsqueda que se advierte en la novela está motivada por un deseo de autenticidad en medio de una sociedad que la moraliza o la castiga; y esto último es perceptible en el hecho de que los personajes aquí retratados se ven lanzados —sobre todo en los momentos más tempranos o de mayor indefinición— a escenificar, como hacen los otros, una especie de obra teatral en la que cada cual representa el papel que socialmente se le asigna. En consecuencia, el que triunfa es el que sabe sostener su máscara. Lo cierto es que, a lo largo de la novela, en Randolph la búsqueda de autenticidad se impone sobre la obligación del teatro social.

Pero La búsqueda insaciable es, además, una novela autobiográfica. Con ella, Eduardo Gómez asume una difícil tarea: hacer que la vida vivida se transmute con las herramientas de la literatura y de la filosofía en vida escrita y en vida pensada. Esta labor es semejante a la que acometió el emperador Adriano los últimos días de su vida en el libro que escribió Marguerite Yourcenar sobre él. Quien escribe sobre su propia vida lo hace con el propósito de examinarla y de juzgarla; de saber qué tanto se ha desviado de la ruta que había trazado en un comienzo; pero, sobre todo, y esto lo dice expresamente el Adriano que imagina Yourcenar, con el deseo de conocerse mejor antes de morir. Vale la pena anotar que la tarea es más difícil y peligrosa con la escritura, dado que se corre el riesgo de hacer una apología o una justificación de uno mismo, máxime cuando el escritor supone que habrá necesariamente un lector de su confesión. Sin embargo, también es cierto que ver la propia vida de lejos, desde lo alto y a través del mecanismo de la ficción es hacer que ésta se convierta en la de otro que no soy yo o, por lo menos, no enteramente —aunque los límites son imprecisables y desconocidos incluso para el autor de su autobiografía— y, por lo tanto, acaso haya más probabilidades de calibrar mejor la balanza. En este sentido, sobresale la sinceridad que acompaña al autor a lo largo de la novela; cuando Eduardo, como escritor, registra sus experiencias con el ánimo de darle vida a su alter ego lo hace a la vez exento de todo pudor y de toda modestia.

En el primer volumen de La búsqueda insaciable nos situamos en Colombia entre las décadas de los años treinta y los cincuenta; durante ese lapso acompañamos a Randolph en un largo periplo que va desde su infancia vivida en provincia, hasta su juventud transcurrida en la capital del país. Entre los muchos aspectos significativos de este primer tomo se encuentra la transgresión de Randolph a la moral sexual imperante en una Colombia marcadamente patriarcal, transgresión que él debe hacer, sin embargo, con la «complicidad de la noche», mientras a la luz del día su otro yo —el estudiante de Derecho, apasionado por la literatura y preocupado por la realidad social y política en la que vive— prevalece hasta casi dejar sepultado a ese otro habitado por pasiones «inmorales». Lo interesante es que esta contradicción, muy patente en su entorno familiar y en los lugares donde habitó sus primeros años, no desaparece por completo cuando Randolph empieza a frecuentar los cafés bogotanos —en La búsqueda insaciable el café o el bar son espacios de formación más fecundos que las aulas de clase— en los que algunos jóvenes de izquierda, concernidos como él por el devenir de su país y críticos frente al orden de cosas, se encuentran a tertuliar. Aunque Randolph traba amistad con un joven lo suficientemente lúcido como para entender y defender la homosexualidad, gran parte de la izquierda había heredado concepciones y prácticas machistas y homofóbicas —presentes, como el lector podrá observar, inclusive en quienes las cuestionaban— que no desaparecieron mágicamente por más de que quienes hacían parte de aquélla propugnaran por una sociedad más justa en términos económicos o porque estuvieran a favor de la revolución. Además, la izquierda de entonces se encontraba lejos de querer entender y de preocuparse por la problemática de la sexualidad, ya que la consideraba un asunto secundario frente al problema que merecía toda su atención: el de la explotación —cuando no era que juzgaban la homosexualidad como una degeneración que había que combatir, sobre todo porque representaba una amenaza en la construcción del «hombre nuevo» que la revolución estaba llamada a consolidar; ese hombre nuevo, evidentemente, no era un hombre homosexual—.

Al final del primer tomo, Randolph gana una beca para estudiar Literatura y Dramaturgia en la Alemania socialista. Con ese nuevo giro existencial, nuestro personaje puede retomar un sueño que ya para ese entonces, herido por el «peso de la realidad», aparecía ensombrecido y lejano: el sueño de «vivir en poesía». En consecuencia, como la novela al final de la primera parte había quedado abierta, el segundo tomo se dedica a explorar las situaciones que Randolph vive en los siete años que pasa en la República Democrática Alemana (RDA) y lo que sucede tras su regreso a Colombia, un regreso cargado de incertidumbre a causa de las perspectivas limitadas de realización que podía ofrecerle nuestra sociedad.

Aunque las problemáticas abordadas en el primer tomo no desaparecen, sí adquieren otros sentidos en virtud del nuevo contexto, mucho más propicio para la libertad, al que asiste nuestro personaje en Alemania Oriental. Si bien Randolph no abandona uno de los rasgos que adquirió durante los años de formación que vivió en Colombia, la postura crítica frente a la realidad —cualquiera que sea su naturaleza—, en lo fundamental se encuentra a favor de la nueva sociedad que venía construyendo la RDA. Esa aprobación se explica no sólo por las evidentes consecuencias que produjo el proceso de democratización de la estructura social y económica que allá se había iniciado (es decir, las necesidades vitales de todos los individuos de esta sociedad se encontraban satisfechas), sino porque en ese país fue posible para Randolph lo que en el capitalismo es un privilegio de unos pocos: vivir entre el arte y la conversación sin a cambio ser amenazado por el hambre. Así las cosas, cuando Randolph critica la burocracia estatal que reinaba en la RDA, su rechazo a las conquistas culturales alcanzadas en períodos históricos de hegemonía aristocrática o burguesa, la reducción del arte a propósitos pedagógicos supeditados a la moral establecida, lo hace teniendo como punto de partida las conquistas alcanzadas por dicha sociedad. En definitiva, estos aspectos hacen de Randolph una figura singular y un tanto incómoda dentro de los nuevos espacios de discusión a los que asiste en la Alemania socialista.

Con todo, La búsqueda insaciable no es una novela ejemplarizante. Por más que, como hemos dicho, hay una constante invitación a no desistir en la búsqueda de sentido y de autenticidad, el protagonista de las siguientes páginas no es de ninguna manera un «héroe» en su sentido convencional; la fuerza de esta novela se encuentra en la capacidad de poner en juego a favor del pensamiento tanto las identificaciones como las contraidentificaciones que puede producir en el lector un personaje que ha comenzado, sin contar con una ruta clara, o cuando menos con un puerto de llegada, esa búsqueda difícil, siempre inacabada, siempre insatisfecha, que anima toda existencia conscientemente asumida.