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Sobre el trabajo y la sacralización de la pereza

La Pereza en Mesa de los pecados capitales, por Hieronymus Bosch.

El camino para la verdadera humanización de la vida es una utopía, mientras se siga pensando que la pereza y el ocio son la mata de todos los vicios. Nuestras sociedades encontrarán el verdadero placer de la vida cuando sean valorados: los gestos más cotidianos, la contemplación de los momentos…”.


La sociedad actual divide su vida entre el trabajo, la familia, las obligaciones sociales presenciales y las digitales. Millones de personas en el mundo se levantan a diario, miran su celular, se bañan, encaminan a sus hijos en la rutina escolar y salen con afán a abordar el medio de transporte que los deje en el trabajo, donde pasan aproximadamente nueve horas en una oficina –e incluso a veces más–. El trabajo se convirtió en un derecho que debe ejercerse, en la mayoría de casos, de lunes a viernes con total devoción para suprimir el ocio mal utilizado.

La sacralización del trabajo es un concepto cultural y jurídico reciente, que empezó a tener importancia con la Reforma Protestante, la concepción de la pereza como pecado capital, la Revolución Francesa y, tal vez, terminó consagrándose con la hoz y el martillo de la Revolución Rusa. Ahora bien, con la Segunda Revolución Industrial se empezó a pensar que las máquinas reducirían la jornada laboral, acercando al hombre a la felicidad, debido a que le iba permitir dedicar más tiempo a su familia, a sus aficiones y a lo que verdaderamente le gusta, sin embargo, esto no fue así, ya que se incrementó la producción, pero se trabajaba igual o incluso más.

Actualmente también se trabaja más y en muchas ocasiones por menos dinero, ya que lo importante es tener un trabajo asegurado para sobrevivir y consumir. En las sociedades industrializadas hay personas privadas de la libertad, pero también hay quienes están presos de sus rutinas (y deudas), debido a que –y con esto no me quiero meter en problemas– la única diferencia entre una persona privada de la libertad y una persona privada de la libertad en su oficina sea que el segundo vuelve a su casa cada noche.

Luisgé Martín, en una columna de El País, mencionó “en los países desarrollados, las rentas del trabajo —es decir, la suma de todos los salarios que perciben los ciudadanos— tienen cada vez menos peso en la riqueza nacional, lo que significa que se va engrosando considerablemente el número de consumidores defectuosos”. Es decir, que las personas consumen, pero lo que ganan no les alcanza para consumir, razón por la cual deben trabajar más horas (o tener varios empleos) y buscar préstamos con las entidades bancarias, pasando la mayor parte de su vida trabajando para pagar sus deudas: educativas, de adquisición de vivienda, de adquisición de vehículos, viajes, ropa. Y cuando han abierto sus ojos ya tienen 60 años y están a la espera de una pensión.

Paul Lafargue, en su ensayo “El derecho a la pereza”, consideró el exceso de trabajo como una de las causas de las infelicidades de su época, dado que estimulaba el deseo de acumulación promovido por el capitalismo, generando que algunas personas tuviesen que laborar más, mientras que otros pocos disfrutaban del ocio a costa de la explotación del trabajo ajeno. Así mismo, él sostenía que la felicidad de los seres humanos y su emancipación se lograría reduciendo la jornada laboral e incentivando el ocio. Bertrand Russel, en “Elogio a la ociosidad”, similar a Lafargue, consideraba que el trabajo, como virtud, había causado mucho sufrimiento y que “el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquél”.

Oriol Quintana, en su ensayo “La pereza”, afirma que la misma es la puerta a la vida contemplativa, sin embargo, hay que prever que el capitalismo nos tendió una trampa para poder ejercer la vida contemplativa, ya que nos enseñó que el tiempo libre debe utilizarse para consumir o para buscar un ocio productivo. Quintana, afirma que el consumo no es más que una versión del trabajo, puesto que cuando consumimos trabajamos para alguien y que, si buscamos un ocio productivo, traicionamos lo esencial del ocio.

Lo que nos hace realmente felices difiere en todos los casos, porque evidentemente no somos iguales, sin embargo, reflexionar sobre lo que verdaderamente queremos es una tarea mucho más compleja de lo que pensamos. Considero que el camino para la verdadera humanización de la vida es una utopía, mientras se siga pensando que la pereza y el ocio son la mata de todos los vicios. Nuestras sociedades encontrarán el verdadero placer de la vida cuando sean valorados: los gestos más cotidianos, la contemplación de los momentos, los objetos que verdaderamente tienen valor, la reflexión (como camino para hallar lo que verdaderamente queremos), la libertad que los últimos siglos nos ha arrebatado… mediante la sacralización de la pereza, ya que el hombre cada vez se aferra con más ahínco a la consagración de la ocupación del tiempo como forma de vida.