Sobre economía civil (de comunión o solidaria) y derechos humanos

Si el desarrollo es el verdadero nombre de la paz y la defensa de los derechos humanos, la economía global en los tiempos postreros deberá estar signada por una globalización de la solidaridad; pues es en este único marco en donde se pueden pensar la fraternidad, el don y la reciprocidad como sinónimos de una economía verdaderamente solidaridad (diacrónica y orgánica). Capaz de poner fin (superar) a tanta injusticia social, que simplemente resulta ser el reflejo de una era signada por el desarrollismo y la insolidaridad (o la solidaridad mecánica) que caracteriza  y caracterizó al fordismo, el taylorismo, el utilitarismo, el capitalismo, el neoliberalismo, el individualismo, la competitividad, el materialismo y el colectivismo, entre otras realidades.  Lo cual evoca a la par, la necesidad de construir instituciones de paz que materialicen y den cuenta de un desarrollo a escala humana. Instituciones capaces de encarnar conceptos como la economía civil y/o de comunión (del don, de gratuidad) y que valoren más el capital comunitario y/o el capital social, como aquel contexto y acicate (única avenida), capaz de superar el lastre que ha dejado la dicotomía aún existente entre mercado, libertad individual, crecimiento económico y equidad (Derechos Humanos vs Derechos Económicos).  Por lo cual la reiterada apelación a la ética, que se hace en la actualidad desde la sociedad civil en el campo económico, resulta ser un clamor esperanzador que favorece la consecución de dicho cambio:

La economía de comunión es uno de esos clamores. Es un proyecto de desarrollo económico de carácter solidario, en donde las personas deciden poner en comunión las utilidades de las mismas; ayudando a las personas que se encuentran en dificultades, difundiendo la cultura del dar y del amor. Para así, ir logrando el desarrollo de una(s) empresa(s)  eficiente(s) que alcance(n) el respectivo fortalecimiento del carácter donativo que las define al valorar la espiritualidad (comunión); como aquella práctica civil que conjuga eficiencia y solidaridad en clave de Derechos Humanos. Todo esto, en el marco de un cambio en los comportamientos económicos de las personas que sería el resultado de un cambio en los comportamientos sociales.  Lo anterior, buscando que las empresas no se queden únicamente con los beneficios que producen (logrando el reconocimiento de la dignidad).  Lo cual abre paso a una cultura del dar (economía solidaria) que se diferencia claramente de la cultura consumista y del ocio o del tener. Pues los comportamientos altruistas, de amor, de corrección fiscal, etc. buscan superar la lógica del interés y la conveniencia egoísta (solipsismo), que define y predetermina el mercado capitalista en la actualidad.

Es así como las personas dentro de esta economía de comunión o solidaria, empiezan a valorar al ser humano como un fin en sí mismo y no como un medio; hasta el punto de revalorar el comportamiento y la acción humana como una posibilidad verdadera para alcanzar el beneficio de todos/as:  La persona como sujeto de derechos.

Es por esta razón, que la economía de comunión sugiere el hecho de pensar que la solución humana del problema económico no tendrá su última palabra  ni en el sistema, ni en el modelo, sino en el espíritu de solidaridad que sean capaces las personas (no los individuos) de invertir en la humanidad. Y es por el mismo motivo, que a partir de éste espíritu, la comunión busca una mayor participación de todos en la riqueza producida por la sociedad. Lo cual permite dejar de contar, exclusivamente con el Estado y el Mercado; a la hora de trabajar por un desarrollo a escala humana y los derechos humanos. Reconociendo que en la base del mismo se encuentra la sociedad civil o, más radicalmente, el mundo de la vida; es decir, el ámbito de las relaciones interpersonales de las que procede toda fuerza y todo significado en términos de justicia social. Pues desde la mirada comunitaria no se trata de repartir riquezas sino de crearlas y distribuirlas de otro modo para cambiar la sociedad, pero sin necesidad de cuestionar todos las condiciones y jerarquías existentes.

Por lo tanto, la Economía de la Comunión, está inspirada en unos principios que tienen su raíz en una cultura diferente de la que prevalece en las prácticas actuales (consumistas) y en las teorías económicas (desarrollo lineal); específicamente contrarias al economicismo y el desarrollismo que caracteriza a ciertas organizaciones supranacionales. Es así como podemos definir esta economía: Tan solo como una parte de la cultura del dar (e inclusive como la cultura misma del dar), que resulta siendo la antítesis  de la “cultura del tener” y del egoísmo. Dejando claro que la cultura del dar no es una forma de filantropía o asistencia social, pues éstos son únicamente méritos individualistas producto del inclusionismo unitario que impera en las sociedades contemporáneas.

Dejando claro, a la par, que su valor agregado se encuentra en un sentido  más profundo. El cual se ve reflejado en la verdadera esencia de la persona lo que significa como hemos dicho, estar en “comunión”.  Consecuentemente, no cualquier tipo de dar, no cualquier acto de dar; crea una cultura de comunión. Pues dar asistencia económica puede ser expresado como  un darse a sí mismo basado en nuestro verdadero ser. En otras palabras,  se rebela un sentido antropológico que no es ni individualista ni colectivo  sino más bien es comunión (algo universal y humano). Así la economía de comunión, resulta siendo un desafío y su puesta en práctica una exigencia de seriedad, entrenamiento cotidiano y sacrificio. Un sacrificio totalmente opuesto a la lógica del mercado darwiniano y a la idea de una pobreza que se padece.

Por esta razón la economía de comunión se convierte en un ejemplo vivo de la doctrina social de la iglesia y de los cuatro principios cardinales de la misma que son: La centralidad de la persona humana, la solidaridad, la subsidiariedad y el bien común. Realidades que hacen posible una sociedad que no desconoce igualmente el principio de fraternidad, pues considera  que su progreso debe superar la matemática nefasta del  “dar para tener” o el  “dar por deber”.  Algo que se evidencia en la visión liberal-individualista del mundo en la que todo (o casi) es un intercambio, y en la visión estado-céntrica de la sociedad en la que todo (o casi) es deber; pues ambas realidades no son una guía confiable para alcanzar un desarrollo a escala humana y mucho menos para lograr la defensa de los derechos humanos.

La economía de la comunión es una forma  de restituir el principio del don  en la esfera pública. El don auténtico que, afirmando la primacía de la relación sobre su exención, del vínculo intersubjetivo sobre el bien donado, de la identidad personal sobre la utilidad; debe poder encontrar un espacio de expresión en todas partes y en cualquier ámbito del accionar humano (derechos), incluida la economía. Pues la gratuidad, y por tanto la fraternidad y el don, como claves de la condición humana y, como consecuencia, se deben valorar como requisito indispensable para que Estado y Mercado puedan funcionar con la mira en el bien común. Ya que sin prácticas extensas de don se podrá tener un mercado eficiente y un Estado fuerte (incluso justo), pero sin duda; las personas no serán ayudadas a alcanzar la alegría de vivir. Porque eficacia y justicia, incluso unidas, no bastan para garantizar la felicidad de personas cuando se encuentra ausente la comunión y cuando la familia soberana es invisibilizada. (El sujeto familiar: Fundamento de la solidaridad diacrónica).

Es así como la economía verdaderamente “civil” y solidaria puede comprenderse como un estilo de gestión económica basado en la ‘cultura del dar’ que busca la humanización de la economía, es decir, un tipo de organización productiva que se propone armonizar las reglas y valores empresariales con los valores  de la comunión (economía solidaria). La cual busca que la práctica de la gratuidad no sea relegada a la vida privada, devolviéndola a la esfera pública pues considera que la eficiencia y la justicia no hacen posible la felicidad (felicidad, entendida esta como salud social). Es por esto que el principio de la gratuidad recompone el aparente contraste entre mercado y libertad, entre desarrollo y equilibrio social; subrayando la importancia de los  bienes relacionales como la fraternidad y la comunión. Es así como la economía civil  resulta siendo un proyecto alternativo al liberalismo y al colectivismo; que intenta instaurar relaciones respetuosas, animadas de sincero espíritu de servicio y colaboración; interiorizando bienes relacionales como reciprocidad, amistad, felicidad, fraternidad, comunión en el ambiente económico. Trascendiendo el simple interés económico, al repartir los beneficios de dicha economía civil en tres partes: Para la reinversión, la formación y para los pobres, fin último de la Economía Civil, superando el dualismo economía-sociedad logrando así garantizar el mayor número de derechos de las personas.

Es por esta razón que se reafirma el hecho de que la empresa aún siendo una realidad económica, es algo no solamente económico y que el beneficio es un medio, más no un fin. Realidad que decanta el hecho de que sin comunión o solidaridad no hay un desarrollo auténtico y sostenible pues la gratuidad aparece cuando se pone en marcha un comportamiento por motivos intrínsecos y no por un objetivo externo al comportamiento mismo. Es así como la comunión, es un encuentro de gratuidad que se diferencia de los incentivos monetarios, pues estos interfieren con las motivaciones intrínsecas y es por esta razón que un tercer tipo de empresas o sea las que tienen motivaciones intrínsecas o por vocación se diferencian de aquellas empresas socialmente responsables por obligación civil o política y de aquellas que ven en la responsabilidad social un instrumento de marketing y de comunicación para sentar el precedente de que la mejora de la renta y la riqueza no producen efectos duraderos, sino temporales, en el bienestar de las personas.  Revalorando el hecho de que las personas que viven relaciones afectivas profundas y estables son relativamente más felices al afincarse en la reciprocidad y la donación incondicional, pues existe un interés superior en el fondo de la acción gratuita personal y comunitaria: El construir la fraternidad, ya que la reciprocidad es la vocación más profunda de toda persona, dentro y fuera de los mercados, la vocación más humana.

Por todo lo anterior, la economía civil apunta a una globalización fraterna y a un desarrollo fraterno. Pues ésta implica transformar las relaciones normales dentro y fuera de la empresa, garantizando la dignidad del ser humano al suponer un nuevo modo de vivir y concebir la vida empresarial (solidaridad). Y aunque la fraternidad tiene su tipo de autoridad, debido a que ésta es débil y frágil; lo importante es reconocer que el crédito moral es una conquista necesaria dentro de un desarrollo a escala humana. Como lo demuestra el ejemplo del gran humanismo franciscano que quiso unir fraternidad y pobreza.

Para finalizar, reconociendo la existencia de dos formas diferentes de capital social: El individual y el colectivo o comunitario. Debemos decir que aunque estos dos conceptos son igualmente válidos y complementarios, los mismos son heurísticamente distintos. Pues tal como advierte Portes, no hay que “mezclar los intercambios diádicos [entre dos individuos] con aquéllos incrustados [“embedded”] en estructuras sociales mayores que garantizan su predictibilidad y su curso” (Portes,1998).

La propuesta del capital social individual se manifiesta principalmente en las relaciones sociales que tiene la persona con contenido de confianza y reciprocidad, y se extiende a través de redes egocentradas.  El capital social colectivo o comunitario, en contraste, se expresa en instituciones complejas, con contenido de cooperación y gestión, como las que dan cuenta de la economía de comunión.

Es así como el capital social individual consta del crédito que ha acumulado la persona en la forma de reciprocidad difusa que puede reclamar en momentos de necesidad a otras personas para las cuales ha realizado, en forma directa o indirecta, servicios o favores en cualquier momento en el pasado.  Pues este recurso no reside en la persona misma sino en las relaciones entre personas. Algo que se diferencia claramente del capital social colectivo o comunitario, pues este, consta de las normas y estructuras que conforman las instituciones de cooperación grupal y reside, no en las relaciones interpersonales diádicas, sino en estos sistemas complejos, en sus estructuras normativas, gestionarías y sancionadoras. Por lo cual, se recuerda al respecto que las comunidades son mucho más que redes, mucho más incluso, que redes “circunscritas” (bounded); pues la definición clásica de comunidad abarca aspectos de actividad coordinada con cierto propósito común, autogobierno, superestructura cultural, y sentido de identidad. (Inclusive Woolcock plantea la “integración”, la “integridad”, el “eslabonamiento” y la “sinergia” como diferentes formas de capital social, para poder analizar la relación entre la comunidad y el Estado).

Por tal razón es necesario enfatizar frente a lo que significa el capital social y/o comunitario: Pues aunque el concepto de capital inicialmente hacía alusión al conjunto de recursos económicos materiales, hoy por hoy, éste se ha aplicado a otras realidades pasando por el capital humano, capital organizativo, capital digital, capital emocional hasta describir o nombrar el capital social y/o comunitario. Es por esto que cuando se habla  de Capital social o comunitario, lo que se trata de rescatar es la importancia que tienen las creencias, valores, derechos y normas compartidas por una sociedad a la hora de generar realidades; que permitan la consecución de un desarrollo a escala humana, tomando como punto de partida la sociedad civil,  como lo evidencia la economía de comunión o economía civil. Las cuales demuestran su máximo valor en los agrupamientos solidarios   que se han venido articulando con la participación de diversas organizaciones de naturaleza civil y pública en diferentes países; y que han propiciado eficiencia económica y social a partir de la construcción de relaciones sociales fundamentadas en la economía solidaria y que dan cuenta de su naturaleza comunitaria y voluntad de resistencia, a través de la búsqueda de la sobrevivencia y del fortalecimiento de los lazos sociales de solidaridad.

Pues la economía solidaria observa el fenómeno económico, la participación  de colectivos y no los individuos aislados, y comprende que la producción de los medios materiales de subsistencia ha sido posible en la medida en que los seres humanos de una sociedad dada se organizan y cooperan, para realizar y garantizar su sobrevivencia como especie. Reconociéndose como seres sociales, económicos y políticos (capital socio-comunitario), algo así como una especie de Socio-economía Comunitaria y/o Solidaria (SEC) que da cuenta ya no del individuo REM sino del SEP (Socio –Economic  Person) y de la importancia   que representa la articulación de las organizaciones de economía solidaria entre sí y con las instituciones públicas y privada, auxiliares del sector, con las universidades, con las organizaciones no gubernamentales y con los grupos sociales de base; a la hora de desarrollar espacios comunitarios, que permitan la garantía de derechos y la realización de actividades y vocaciones económicas y sociales de las diferentes comunidades y de sus estamentos sociales (Pluralismo Democrático – Poliadscriptivo).

Es por este motivo que el asociacionismo civil o la solidaridad entre las personas y la cooperación de los sectores sociales, evidenciada a través de las experiencias de las comunidades, establece relaciones con criterios de justicia para liderar causas comunes. Lo cual, se expresa a través de las organizaciones, los comités, las redes, los circuitos, entre otros. Relaciones que las practican personas concretas y colectividades que tienen intencionalidades claras sobre la construcción de lo alternativo (modelo económico alternativo). Por lo tanto, la solidaridad es política, social y económica, conforme se materializan las necesidades del proceso común que concita las voluntades solidarias de quienes participan, valorando la riqueza moral que representa el capital social o comunitario y la defensa de los derechos de las comunidades.

La defensa de los derechos humanos comienza por la solidaridad.  Y sin solidaridad y la respectiva defensa de los derechos humanos, difícilmente existirá la paz en un territorio.

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