Opinión Política

Sin luz propia

Hace unos años (miles) Platón exponía la idea de un gobernante filósofo cuyas aptitudes y capacidades lo harían digno de ocupar tan prestigioso cargo como el de dirigir la “Polis”. Hoy día, su idea planteada en «La República» sigue siendo eso… una utopía.

Para el caso colombiano, por ejemplo, una quimera. Y quizá lo más cercano a esa idea romántica en el país, sea la concepción de la experiencia, que, entre otras cosas, puede entenderse como una especie de sabiduría. Ahora bien, dentro de la contienda electoral hay un candidato que se destaca, principalmente, por no haber destacado en su vida política. No estoy diciendo que esto sea malo, por el contrario, la democracia necesita de la discusión y el discernimiento desde todas las posturas políticas.

Pero si hablamos de ocupar la presidencia, la experticia es fundamental. El asunto de dirigir un país es tarea seria e improvisar no es siquiera una opción. Iván Duque Márquez es el candidato más joven (41 años), pero es un niño en la esfera pública (4 años como senador). Que, entre otras cosas, fue gracias a una lista cerrada. Por lo que el asunto del mérito también se ve desdibujado. Por eso este salto de fase; de ser senador electo durante el periodo 2014/2018 a candidato a la presidencia no solo es pretencioso sino inmoral.

Dice Gambeta en la fábrica de errores: Estoy en contra del que se salta el proceso, acorta el camino y luego… Lo premian por eso. Yo no quiero nada que no me haya ganado. Ser un ventajoso no me hace un alumno aventajado. La comparación es clara. Los demás candidatos ya han dado sus peleas.

Algunos incluso han perdido, pero mal que bien, han asumido roles trascendentales para el país; ya sea alcalde, gobernador, vicepresidente o Fiscal general. Cada uno ha tenido sus experiencias, pero sus nombres propios son el aval de sus candidaturas, es decir, valen por sí mismos. El candidato del Centro Democrático, por el contrario, goza de su aval gracias al respaldo de otro sujeto. Esto pone unas condiciones de juego desiguales. Una cosa es brillar por luz propia y otra es cuando alguien te pone el reflector. Cuando te ponen en la agenda, cuando pasas del anonimato a la opinión pública directa. Tampoco ha de ser fácil para el candidato, me explico, no es fácil cargar consigo el peso de una tradición y una política de la que no hizo parte pero que debe actuar como si lo hubiera sido… adoptar los gestos y la pantomima del expresidente para que los votantes lo consideren como único y auténtico. Esta serie de conductas pueden terminar en graves problemas psicológicos si no se aguanta la presión que lo público genera, y si no se está preparado, hasta canas te saca.

Por eso, tanto detractores como alguno que otro simpatizante, concuerdan, a veces a regañadientes, que Duque es lo menos importante, sino la figura que se inmortaliza tras su rostro. La silueta de un expresidente que para los primeros puede tratarse de un mismísimo demonio, pero que para los segundos se trata de una figura heroica y libertadora al estilo de Simón Bolívar. Esto encierra sin lugar a duda a un candidato que, por las circunstancias, disminuye sus convicciones políticas. Obligándolo a creer o a expresar aquello con lo que no está de acuerdo. Y esto, en términos éticos y políticos, es lo peor que le puede pasar a un candidato. Finalizo con una frase célebre de Churchill que el mismo candidato usó en el debate del caribe. La cual dice: “Se puede cambiar de partido por principios, pero no de principios por partido”. Cabe recordarle entonces, que igual de malo es este, como el que gobierna con un partido aún contra sus principios. Pero ya ven, es el riesgo de gobernar sin luz propia.