Sentencia de un recuerdo

Escribo, en el sonsonete del viento seco, y el cristal de unas lágrimas que congela el tiempo. La ilusión de ser invencibles se deshace y nace el duelo final. Tan triste y amargo, araña al desconsuelo el llanto de un corazón.

Aunque la duda se respire, fue un amor desenfrenado de risas y llantos en el que escribimos una historia que merecía un digno final; los años. Errores que no advirtieron una barrera propia de mentes frágiles y almas desvalidas. Engaños a los engaños y el amor que se encadena a la eterna sentencia del recuerdo. Es tan corto el amor y tan largo el olvido.

Las deudas han sido saldadas. Nos permitimos el amor a sabiendas del dolor. Esas heridas que nos consumen serán ahora banquete de paz en la memoria. Nos permitimos a Dios a sabiendas del demonio. La bienvenida a la reconciliación de las culpas. Que pesen perpetuamente en nuestras consciencias, pero no en las del otro.

Extrañaré en tus labios mis sentidos, el olor a cuero blanco, y un vientre que bramaba en el fruto de mis entrañas el suceso de dar a luz; unirnos en sangre. Vivirás en la tranquilidad de mi ausencia y serás libre por fin. Apaga la vela que gimotea y sonríe en este precipicio de oscuridad en el que la fragancia de mi piel te envolverá para toda la vida.

Despide con el vigor de tu aliento tales momentos desiertos de nuestro amor celestial. Llevaras en ti tantos recuerdos tatuados como te sea posible, marcas de un inevitable dolor por mi ausencia tras el exceso de mí.

El sol se esconde conmigo, pero mañana, en aquel amanecer el silencio de los pájaros te hablará de mi ausencia. No tengas miedo, aunque ya no quisiste, y con tu ego mentiste, vivirás siempre en mí. Siempre.

Te amaré, aunque en los brazos de otro te amaré.*

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Sebastián Narváez Medina

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