¿Seguiremos parihueliando mientras llega la carreta?

Opinion

De la mano del crecimiento urbano y de la necesidad de vivienda para millones de “hombrecitos”-como los denomina el filósofo del palustre y la “plomada”- crece también, en virtuoso maridaje, el multimillonario negocio de la construcción de las viviendas que se levantan en las deleznables laderas de nuestras montañas para que en ellas pueda la muchedumbre tapiar sus pobrecías o sus sueños.

El éxito de ese multimillonario negocio se basa en tres pilares. El primero ha sido descrito por el ingenioso constructor que hoy es candidato a Presidente, con una frase que tiene, como casi todas las suyas, el cínico y popular realismo propio de Diógenes “El perro” (404-323 a.C.): si no hay hombrecitos sin vivienda no hay negocio. El segundo. Además de la dudosa y barata calidad de la argamasa, del alambre y de la estética, el gran éxito del negocio de la construcción de viviendas se basa en otro negocio: comprar tierras baratas para valorizarlas con urbanización. Y aquí es donde se empotra el tercer pilar: el volteo de tierras, que funciona así:

Las intervenciones y controles del Estado sobre el crecimiento urbano y la construcción de viviendas se hacen a través de los Planes de Ordenamiento Territorial -POT, PBOT o EOT según tamaño poblacional-, que los Concejos Municipales tienen que cambiar cada 12 años. Pero esos POT, hasta ahora, han tenido dudosa arquitectura y poca calidad ingenieril. Ya el Instituto de Estudios Urbanos de la Universidad Nacional, advirtió desde septiembre de 2020 que el 88% de los municipios de Colombia tienen el POT desactualizado y que como, además, diseño, aprobación y seguimiento del POT se realizan con altísimos grados de autonomía y opacidad política, se dificulta el control técnico sobre la veracidad de la información que los sustenta. (Fuente.  http://ieu.unal.edu.co).

Pues bien. Voltiar” las tierras consiste en manipular el POT, PBOT o EOT para cambiar su uso depreciándolas o valorizándolas de acuerdo con planes de negocio privado aprovechando, por ejemplo, un programa estatal como el de vivienda de interés social (VIS) o los planes de vivienda para clase media. Para el propósito se infiltran topos o se aprovechan las grietas y hendiduras de la legalidad, de la desordenada técnica de los POT y de su opaca transparencia.

Comienza el ingenioso emprendimiento influyendo estratégicamente en el POT a través de los concejales o de sus jefes políticos para que permitan que en la tierra previamente comprada se construyan urbanizaciones. Generalmente se trata de tierras de uso incierto, frágil o restringido. Logrado este propósito las tierras compradas a bajo precio se valorizan. Gran ganancia. Luego se lotea la tierra y el aire y se agregan servicios sanitarios básicos. Crece mucho más la ganancia. A continuación, se construyen las cajitas de argamasa y alambre y se venden financiadas sobre hipotecas aprovechando al máximo la usura legal. La infinidad de hombrecitos se convierten, como el Leviatán de Hobbes, en una inmensa y ubérrima vaca lechera que escancia billete durante quince años de goteo indexado como lo describe el mismo “maistro”, nuevamente con simpático cinismo.

El proceso no tiene por qué ser ilegal. No necesitaría serlo. Pero la angurria no tiene norma legal que le resista o está en sus límites como lo está en relación con lo justo y lo injusto. El hábitat del garoso son las rajaduras en la obra gris del andamiaje ético empañetadas en la política con palustre de obra blanca.

Este tipo de enriquecimiento multimillonario que, repito, no es necesariamente ilícito, nos pone hoy al frente un personaje político sobre el cual debemos decidir. Un picaresco “Buscón” de ordinaria y prosaica parla que esparce madrazos con hisopo, reencarnando a Diógenes el Cínico, soez y procaz por costumbre convertida en naturaleza irredimible, es ahora magnate que ya empachado de riqueza funge como hidalgo mecenas e ingeniero político que busca empañetar la patria con palustre, “plomada” y brocha gorda con los macuarros de siempre convertidos ahora en su cuadrilla.

Afortunadamente para la ética y la política, tenemos al frente otro edificio en construcción que tiene una base sólida, de hormigón armado: La Constitución de 1991 con sus tres generaciones de derechos, su sistema de garantías y su democracia procedimental. Y tenemos al frente otro maestro  cuyo programa de gobierno, que tiene fundamento en esa constitución, es insultado como populista.

Y con ese hormigón constitucional como base podemos hacer preguntas para resolver una elección tan crucial como la del próximo domingo.

Es populista esa Constitución? Asumirla en su estricta legalidad y no en su mera y lata legalidad es populismo? Tomarla como obligatoria democracia procedimental es populismo? Afanar su retrasadísima realización es populismo? Hacerla realidad socio-política es populismo? Convertirla en modelo de desarrollo y hacerla cuaderno para el Departamento Nacional de Planeación y los POT es populismo? Convertirla en brújula de paz y libertad es populismo? Reducir el hambre, la desigualdad social y la pobreza es populismo? Fortalecer, cualificar y ampliar la clase media es populismo? Equilibrar desarrollo social con iniciativa privada y libre creatividad y voluntad es populismo? Equilibrar progreso industrial, bienestar social y medio ambiente sostenible es populismo? Fomentar la empresa privada con responsabilidad social es populismo? Equilibrar democracia social y democracia política es populismo? Equilibrar Estado con sociedad de mercado y sociedad general es populismo? Adecuar nuestro plan de desarrollo nacional, departamental y municipal con los 17 objetivos, las 169 metas y 231 indicadores de los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS) es populismo? Ser un país capitalista moderno es populismo? Ser misericordioso es ser populista?

Yo soy de los que, por pesimismo epistemológico, vota y, aunque gane, al otro día estará en la oposición.

About the author

Fabio Humberto Giraldo Jiménez

Profesor de Ciencias políticas de la Universidad de Antioquia, Medellín Colombia. Ejercí, además, como Director del Instituto de Estudios Políticos (5 años) y como Director general de Posgrados (5 años) de la misma universidad. Como profesor jubilado dicto actualmente una cátedra sobre opinión política y me dedico casi exclusivamente a la lectura y a la escritura de textos de opinión.

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