Remedios contra la posverdad y la mentira

Tomado de: Joel Lambeth

El neologismo posverdad se ha tomado las redes, los medios, la esfera pública y la opinión. Es una palabra que empezó a hacer carrera desde la elección de Donald Trump, el Brexit o el triunfo del No en el plebiscito por la paz en Colombia en el año 2016. De hecho, fue ese año en que el Oxford Dictionary la incorporó en los siguientes términos: un adjetivo relativo a una circunstancia “en la cual los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que la apelación a la emoción y la creencia personal”. De tal manera que oposición entre racionalidad y emotividad o afectividad; distorsión de la información o de la realidad, desvalorización de los hechos y de la objetividad, etc., con el fin de influir en la opinión pública y en las actitudes sociales, forman parte esencial del nuevo concepto.

La posverdad ha afectado al periodismo, pues las noticias falsas y arregladas, los montajes, la información sesgada, selectiva, ha puesto en descrédito el arte de informar de manera imparcial y con objetividad; asimismo, al derecho, pues la creación de falsos positivos jurídicos, o del llamado Lawfare o uso de las instituciones para perseguir con sevicia a la oposición en varios países, como el caso de Brasil, ha generado descrédito de la Justicia; ha descualificado la democracia pues la desinformación ha desarmado al ciudadano para la toma consciente y responsable de decisiones que afectan la vida en común y la participación política; ha envilecido la coexistencia social y la convivencia, pues su omnipresencia tiende a naturalizar la deshonestidad y la mentira en el espacio social, afectando la vida cotidiana, minando la confianza y la reciprocidad en las relaciones.

La palabra está compuesta por post y verdad, en inglés post- Truth. El prefijo pos (o post en inglés) significa después de, posteridad, tal como en las palabras posmoderno o posilustrado. En estricto sentido, posverdad es “después de la verdad”. Desde luego, el prefijo remite siempre en estos usos a la palabra a la cual se antepone, con lo cual esta aparece siempre como una referencia ineludible. En el caso de posmodernidad se alude a una época después de la modernidad, como si la modernidad misma ya no existiera, como si fuera algo del pasado que ya ha concluido, que no existe más. Ahora, en analogía, ¿significa esto que la posverdad es una nueva era donde se le ha dicho adiós a la verdad? ¿En la posverdad la verdad ya no existe, no tiene ningún valor? ¿En la posverdad se impone el imperio de la mentira, la manipulación? ¿Cómo combatir la posverdad? Veamos. 

Posmodernidad y posverdad

El filósofo italiano Mauricio Ferraris ha escrito un libro notable -si bien contiene bastantes simplificaciones en su lectura de Marx y de Nietzsche- titulado Posverdad y otros enigmas (2019). Su lectura se basa en su propuesta filosófica del neorrealismo continental, una corriente en la cual se inscriben pensadores como Markus Gabriel o Ernesto Castro, pero en la que no ahondaré aquí, limitándome sólo a lo esencial para discutir el tema de la posverdad. En el libro sostiene que “la posverdad es un concepto nuevo e importante” que “define algunas de las características esenciales de la opinión pública contemporánea”. De ahí que, desde su punto de vista, el fenómeno es nuevo y merece atención, lo cual implica no asumir la “tentación de decir que siempre ha habido mentiras y engaños, y que la mentira es un ingrediente imprescindible de la política y la vida, y que, por lo tanto, nada nuevo hay bajo el sol”.

Para Ferraris la posverdad es un encuentro entre tres elementos: una corriente filosófica, una época histórica y las innovaciones tecnológicas. En el primer caso, se trata del posmodernismo filosófico que le dice adiós a la verdad o, por lo menos, impone una noción débil de la misma (como en Vattimo) donde los hechos pierden relevancia; en el segundo, la era de la documedialidad todo lo registra y esto es posible por el tercer elemento: el soporte tecnológico que hace posible la posverdad, es decir, los mass media, especialmente, internet. La web ha cambiado sustancialmente la relación que tenemos con la verdad. Solo en esta época documedial se ha producido una absolutización de la misma. Igualmente, se ha evolucionado hacia el populismo como hacia la posverdad. En esta era, los postruistas (los que hacen uso de la posverdad) no dicen- como los posmodernos- que se debe abandonar la verdad, sino postulan que “hay muchísimas verdades, que son paralelas y alternativas una respecto de otras”. Se pasa a la idea de que “todas las verdades son iguales, pero algunas son más iguales que otras”. El problema del postruista es que está convencido “de que sus verdades alternativas son verdades absolutas mientras que la de los adversarios son meras mentiras”, le da poca credibilidad al mundo exterior, no cuestiona sus convicciones, o como decía Borges: “un mundo donde ya a nadie le importan los hechos”. Por eso, el postruista duda de las instituciones, de todas aquellas instancias comprometidas con la verdad, como los institutos de ciencia, los filósofos, los expertos, los especialistas, los doctos, los letrados.

El postruista actual, el que vive sumergido en el cúmulo de tuits, likes, shares, no busca la discreción, sino que es redundante, exhuberante, pomposo, pornográfico (en el sentido de Baudrillard), excesivo, y se muere “de ganas de que se sepa lo que está pensando”, desea la viralidad, la sobre-exposición. Aquí todo es verdadero porque ha sido posteado. Post-verdad es verdad posteada. En este esquema, el consenso aparente es fruto de una mayoría, la viralidad, que no ha dado ningún argumento, sino que, en mis términos, ha convalidado la verdad que pretende el postruista, con una tecla. La masificación de un “estado” de un “tuit”, son las formas de validación de la verdad, su garantía. El postruista busca auto-afirmación y “ser conocido por sus semejantes, aunque sea solo por un like”. Es lo que Byun Chul Han ha analizado como una nueva forma de exhibicionismo y auto-explotación, donde el “me gusta es el amén digital”.

El problema es que toda la realidad exterior se convierte en interpretable y si ninguna verdad aspira a ser la última, entonces también mi verdad vale tanto como la de cualquier otro, incluyendo la de los especialistas. Y es aquí cuando las cosas encajan: Nietzsche es el bisabuelo de la posverdad porque introdujo la idea de que no existen hechos, entonces, todo se convirtió en la interpretación que a cada uno le conviene, o la que cada uno busca imponer. Verdad y fuerza aparecen unidas.  Por eso, si digo que la tierra es plana, es verdadero; que las vacunas implantan un cheap, es verdadero; que el calentamiento global no existe, es verdadero. En las redes los enunciados emitidos y viralizados suelen tomarse de suyo como verdaderos, independientemente de cualquier procedimiento de verificación.

Ahora, el poder de la posverdad no se entiende, no se comprende bien sin su prótesis tecnológica. Es la relación entre posverdad y medios de comunicación, y soporte tecnológico lo que la convierte en algo nuevo. El soporte tecnológico permite el registro, la huella de la posverdad. Esto solo es posible en la era documedial donde proliferan los registros. Esos registros posibilitan una atomización y una privatización de la verdad. Aquí la verdad no es la de los padres, la universidad, la escuela, la fábrica, el partido, la iglesia, sino que pertenece a todo el mundo. Esas instancias trascendentales ya no cuentan con el privilegio epistémico. Este anarquismo de la verdad, por decirlo de otra forma, multiplica las verdades alternativas. La web todo lo circula, todo lo une, todo lo moviliza. Hay mayores posibilidades, por ende, de poner a circular un contenido en el espacio social, hay más productores y reproductores de esas verdades. Así, las posibilidades técnicas de difundir a escala planetaria ideas, costumbres y emociones, se multiplican ciento de veces. Y como la verdad ya no se impone por autoridad, desde una esfera como la de los expertos, ahora se presenta una explosión de la verdad que emerge de todas partes. Sencillo: “cuando la mitad de la humanidad está en la web el mundo entero se vuelve distinto”. Lo que hay es diferente. Es, por eso, una nueva ontología.

Si antes desde la universidad o desde la ciencia se dictaba la verdad para unos pocos, ahora la verdad- o lo que se presenta como tal- viene de todos lados y se dirige de “muchos- a-muchos”. Esto es lo que ocurre en la época actual donde, a despecho de Ferraris, “todo lo sólido se desvanece en el aire” para decirlo con el libro de Marschal Berman. El anclaje tecnológico de la verdad, presente en miles de blogs, correos, Facebook, Twitter, etc., genera una persistencia del mensaje, por eso, si antes las cosas eran “periódico de ayer” como titula la canción de Héctor Lavoe, y por eso nadie compraba mil periódicos para corroborar una verdad, hoy suele creerse que la viralidad y la persistencia de un mensaje lo hace verdadero. Esa información se puede fragmentar– la fragmentación caracteriza también la documedialidad- y llegar a múltiples fuentes, redirigirse a comunidades específicas, tal como hizo Donald Trump cuando ubicó, por medio de Cambridge analítica- a los indecisos y les envío mensajes convenientes para incidir en su voto. Los algoritmos permiten dirigir el mensaje a públicos variados y cerrados, a comunidades ensimismadas que no acceden al debate público. La web es una cámara de resonancia de la posverdad y de los delirios de papagayo en un tiempo donde, como decía el filósofo Nicolás Gómez Dávila, “el mundo se ha convertido en una gallera de apóstoles”, una gallera a escala ampliada, diríamos hoy.

Una mirada crítica.

Ahora, vale la pena preguntar lo siguiente: ¿es la posverdad algo nuevo? ¿Es una era nueva? ¿Define la esencia del mundo actual y de la opinión pública? Responder afirmativamente creo que es excesivo por las siguientes razones.

No creo que sea válido afirmar de manera tan tajante que la posmodernidad prescindió de la verdad, le dijo adiós, o de que potenció lo falso. La posmodernidad, entendida en su contexto de la segunda mitad del siglo XX, tras la crisis producida por la segunda guerra mundial, y el auge de la sociedad del espectáculo, masificada, interconectada, permitió cuestionar fuertes relatos que se habían presentado como dogmas, especialmente, en la esfera política. Desde luego, también se hizo patente que la ciencia y la técnica se podían poner al servicio de la destrucción y la guerra, que no siempre se ponían exclusivamente al servicio del bienestar humano. Por lo demás, la sociedad que se hizo más visible, los modos de vida, las culturas, los distintos modelos de desarrollo, de coexistencia, los distintos niveles técnicos, mostraron que las verdades movilizadas por intereses económicos y geopolíticos no convenían o, en otros casos, no eran aplicables en contextos diferentes. El mundo se problematizó bastante, apareció mucho más abigarrado.  Con todo, las verdades físicas, las verdades de la ciencia, la verdad médica que permitía curar enfermedades, etc., no sufrieron ese mismo descrédito. Es un exabrupto generalizar de tal forma ese presunto adiós a la verdad como si fuera un fenómeno acogido por la mayoría de la humanidad planetaria. Y lo es, entre otras cosas, porque muchas de las posibilidades de intercomunicación, intercambio, transporte, conocimiento mismo, fueron posibilitados por esos avances científico-técnicos, por la fe en la ciencia misma.

La posverdad, ciertamente, tiene más voz en un mundo interconectado, más alcance; su comunicación no es necesariamente horizontal como piensa Ferraris, sino que puede tener más efecto aún si proviene de una autoridad (vertical), representada, en este caso, por un líder carismático, fascista y payasin. La verticalidad sigue operando. Y es claro que todo esto es posible por los medios y por los soportes tecnológicos actuales, negarlo sería una desconexión de la realidad. Pero esta ha sido la constante histórica. Ya lo sabía el historiador de la ciencia, Alexandre Koyré cuando decía, en 1943, que: “nunca se había mentido tanto como en la actualidad, ni se ha mentido de manera tan masiva y absoluta como se hace hoy”. La verdad o la mentira se distribuye y se consume conforme a las mediaciones tecnológicas disponibles. Desde las señales de humo, pasando por las tabletas escritas, los juncos, los pergaminos, los libros, los panfletos, hasta el escrache mediático actual. Es cierto que hay proliferación de información, y que cada día podemos procesar menos, pero no toda la humanidad se encuentra idiotizada en la burbuja de internet buscando likes.

Por otro lado, no hay una renuncia definitiva a la verdad. El mismo Ferraris arguye que la verdad sigue teniendo un valor social. Y en efecto, lo tiene, pues ¿qué sería de la justicia, los negocios, los tratos y los contratos, sin la certeza, sin creer en la verdad? El mundo se haría invivible. Se destruiría el tejido social. Aún hoy, en espacios rurales, en pequeñas comunidades, en pueblos, se cree en el valor de la palabra, en la honestidad, en el compromiso, en la transparencia.

La posverdad es, desde cierto punto de vista, un fenómeno ambiguo. El que miente- y Ferraris no enfatiza suficientemente en la naturaleza de la mentira- realiza un acto intencional encaminado a producir un efecto. Ese acto intencional se materializa en una emisión, ya sea de un enunciado hablado o escrito, audiovisual, etc., donde el postruista (el que usa la mentira) no reniega de la verdad. Es más, habla o emite con pretensión de verdad. Espera que le crean, piensa en la ingenuidad del otro, pero no desecha la verdad. El contenido es falso y él lo sabe, pero espera que, en la esfera pública, en ese “espacio de aparición” como lo llamaba Hanna Arendt, el otro le crea y actué en consecuencia. Ese enunciado puede, efectivamente, crear un nuevo contenido, deformar la realidad, inventar una calumnia, poner a circular un rumor; puede generar miedo, optimismo, credulidad, apaciguar un estado de ánimo, hacer menos dura una situación para alguien que sufre una pena, puede ser una mentira piadosa, movilizar emociones, etc. Es decir, la mentira tiene muchas funciones sociales y políticas. Y pueda que sea efectiva, pero siempre está expuesta a la controversia, a la refutación, al contra-argumento. La misma condición de su efectivad- ser publicada- se convierte en la misma condición de posibilidad de ser controvertida y desmentida.

Así las cosas, si bien la opinión pública es cada vez más etérea, más susceptible de ser manipulada, donde pareciera que “todo hecho existe para ser abolido, borrado por la mentira” (Arendt), lo cierto es que también se movilizan afectos, aparecen grupos contestatarios, perviven los círculos de especialistas, instituciones científicas, personalidades, que pueden tener igual resonancia que los postruistas en el espacio social, y que pueden generar puntos nodales de discusión, contra-ideas, contra-argumentos. Aquí no se ha renunciado a la razón, todo lo contrario. La razón dialógica toma el puesto, y mantiene su escalpelo crítico, reflexionando sobre los contenidos expuestos por los distintos sujetos. Cuando eso ocurre, y si los contra-argumentos son fuertes, solo gente muy tozuda permanece presa de sus convicciones infundadas. Y en la esfera pública- hoy en día la red misma- eso siempre es posible. Decir lo contrario, es afirmar sin muchas pruebas que estamos atrapados en la red, que hemos perdido toda capacidad de discernimiento, de réplica, frente a el cúmulo de mentiras, contenidos, fake news, que circulan en una sociedad pomposamente trivial.

Curas contra la posverdad y la mentira.

De tal manera que no vivimos exclusivamente en la era de la mentira, ni de la posverdad. Lo que ocurre realmente es que posverdad y mentira coexisten; mas precisamente, vivimos en una época de disputa por la verdad. Ahora, ¿cómo podemos luchar contra la posverdad? Hay varias maneras.

En primer lugar, hay una acción pedagógica urgente que empieza desde la infancia. El pensador colombiano Darío Botero Uribe decía que la verdad comenzaba por casa. Esto significa que, desde la infancia, en la escuela, en el espacio de socialización primaria, hay que educar a los niños en el valor de la honestidad, de la parresía o decir veraz. Esto es fundamental para la convivencia. Habría que preguntar: ¿sería posible la coexistencia si todos asumimos que podemos mentir cuantas veces queramos? ¿Subsistiría una sociedad basada en la desconfianza mutua? ¿Qué ocurriría con los negocios, los tratos, los contratos, las relaciones cotidianas, la vida afectiva? El valor social de la verdad, entonces, debe rescatarse y cultivarse desde temprano y durante toda la vida.

En segundo lugar, hay que visibilizar, como dice Juan Antonio Nicolás Marín, filósofo español, los ámbitos irrenunciables de la verdad, como, por ejemplo, cuando pido un mapa y espero que refleje adecuadamente el terreno o la ciudad; cuando se participa en una competencia deportiva y se busca ganar sin dopaje; cuando se va al médico y se espera un diagnóstico acertado; o cuando se acude a un tribunal demandando justicia. En estos casos, nadie espera que le mientan. Esta visibilización de la verdad desnaturaliza la mentira y el engaño en la esfera pública, en la vida cotidiana y realza el valor social de la verdad.

En tercer lugar, hay que crear medios alternativos de comunicación, populares, plurales, que atiendan a las miradas múltiples y diversas que hay sobre la realidad. Consiste en democratizar la información. Esto implica combatir los monopolios y valorar el derecho a la información plural, veraz y objetiva. De ahí que hoy en el mundo se esté planteando el dilema de controlar los medios de comunicación y los poderes que los controlan, pues claramente se usan los medios como caja de resonancia de ciertos intereses oligopólicos. Desde luego, la tarea no es fácil y genera tensión con otros derechos como el de la libertad de expresión o la libertad de prensa.

En cuarto lugar, hay que fomentar el periodismo de investigación, mucho mas riguroso, para combatir la fake news y realizar así el ideal de la crítica del poder y el compromiso con la verdad que debe marcar el derrotero de la buena prensa. En quinto lugar, debe haber una alfabetización tecnológica de la ciudadanía en el uso adecuado de internet y en la búsqueda correcta y amplia de la información. Esto es algo que se puede llevar a cabo en la casa, la escuela y la universidad.

En sexto lugar, debe combatirse la mentira a todo nivel por medio de datos factuales, la investigación empírica; al igual que visibilizando las falacias, las contradicciones lógicas, los puntos ciegos, etc., de los argumentos o los enunciados que circulan en la esfera pública. La mentira, la falsificación, la distorsión no pueden quedar impunes y exigen un control social.

En séptimo lugar, y a un nivel más filosófico, es necesario suprimir la falsa dicotomía entre racionalidad y emotividad, racionalidad y afectividad. Decía Heidegger que siempre estamos con una disposición afectiva razón por la cual nunca podemos deshacernos de los afectos, por más que la filosofía lo haya intentado. Aristóteles recomendaba aunar inteligencia y deseo en la verdad práctica, retórica y ética; Spinoza buscó combatir un afecto con otro afecto “encontrado” racionalmente; Xavier Zubiri propuso una inteligencia sentiente y un sentir intelectivo; Marcuse le apostó a una razón libidinal. En todos estos casos, se entiende, hay una lucha contra posiciones dicotómicas, unilaterales, moralistas y asépticas. El resultado: el ser humano aparece como un ser íntegro, como un sujeto con racionalidad, voluntad, sentimientos, emociones y afectos. De tal manera que, como dice el citado Nicolás Marín, deberían construirse modelos teóricos más completos y complejos para captar la heterogeneidad de lo real, del ser. Así entenderíamos mejor el fenómeno de la posverdad y sus efectos sobre la opinión pública y las actitudes de las personas.

Lo anterior implica, en octavo lugar, ser conscientes que la verdad, como el ser, se dice de muchas maneras. No hay una sola concepción de la verdad. La verdad no es unívoca, sino equívoca. Hay conceptos de verdad como adecuación, correspondencia, actualización de lo real en el cerebro, muy afines a la ciencia; hay una verdad teórica y una práctica, una verdad como coherencia; hay concepciones utilitaristas y pragmatistas de la verdad, así como concepciones perspectivistas…para ello basta meterse de lleno en el problema…o leer y estudiar bastante epistemología. Esta diversidad nos muestra que la verdad es un misterio y una de las aventuras más fascinantes de la especie humana.

About the author

Damián Pachón Soto

Profesor Escuela de Trabajo Social, Universidad Industrial de Santander. Ha sido profesor invitado en varias universidades nacionales y extranjeras, ente ellas, la Universidad Nacional de Colombia, La Universidad de Antioquia, El Instituto Cervantes de Tokio, La Universidad de Nanzan en Nagoya y la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe en Japón. Autor de varios libros, entre ellos: Estudios sobre el pensamiento colombiano, Vol.1, Estudios sobre el pensamiento filosófico latinoamericano, Preludios filosóficos a otro mundo posible, Crítica, psicoanálisis y emancipación. El pensamiento político de Herbert Marcuse (2a ed.).

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