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Reflexión para un amigo

“Unos días te sientes útil para el mundo, otros, en cambio, reconoces que, eres un descolorido pedazo de papel.”


“… Y dos mil cien es la de vuelta”, “muchas gracias”, respondió el humano. Nunca había estado en un lugar tan estrecho, caliente y oscuro. Las paredes eran azul índigo y aunque olían a Trident de menta, desprendían una suciedad que evidenciaba el descuido de su dueño. A mi lado había un envoltorio de Coffee Delight y un astrónomo de nombre Garavito, ese que tiene mi color pero que presume una cifra más elevada. El lugar se sacudía frenéticamente, sensación que era completamente nueva, no podía evitar que mis puntas se doblaran. De repente, el movimiento cesó. Comencé a distinguir la luz del día mientras el joven me arrugaba con su sudorosa mano. Al parecer, iba a intercambiarme, pero se detuvo por la expresión de enojo que la vendedora del local hizo. Así que regresé a ese hueco estrecho, al tiempo que mi compañero de mayor valor se despedía mirándome de reojo. Aún no comprendo cuál es el resentimiento que existe por la edición del 2016. No tenemos la culpa que quieran sacar de circulación a Santander. Unos días te sientes útil para el mundo, otros, en cambio, reconoces que, eres un descolorido pedazo de papel.

De la nada, todo se tornó negro, húmedo y olía a Fab floral. El lugar daba vueltas y sentía que me ahogaba y me deshacía. Honestamente, me sentía patético y deshechable. Solamente pensar que me iba a morir allí, cuando yo creía que me iban a rasgar en dos. No sé cuánto tiempo pasó después de eso, tal vez dos o tres días, pero estoy seguro, que me sentía mal, todo me dolía, estaba arrugado y enguayabado. Ya otros compañeros de cuando viví en “Las Delicias de Pedro” me habían comentado algo al respecto, pero no les creí.

“Sí ma’, a las ocho estoy llegando, no me esperen para la comida porque tengo bloque después”, “está bien, nos vemos en la casa, te quiero”, contestó el joven por un aparatico con teclas una vez salimos a la calle. Pasaban las horas, intentaba ojear pero el bendito Trident me tapaba. El humano se movía desorientado, no sé si por angustia o ansiedad, pero se notaba desesperado. A renglón seguido, sentí otra vez, su mano sudorosa arrugándome con fuerza, con unos modales que no había visto antes, sacudiendo todo el lugar donde me encontraba. Cuando el Trident y yo salimos a la luz, pude ver su sonrisa; como la de un niño que compra un Bon Bon Bum. Fuimos a un ventorrillo donde me cambió por un Chocorramo de mil quinientos.“Deje así”, le respondió el humano al vendedor cuando iba a recibir la moneda. Mientras se alejaba de mí, comiéndose su trofeo, me sentí feliz de haberlo desvarado, siendo un simple pedazo de papel.

Espero, querido amigo, algún día encuentres ese Chocorramo.

Atentamente,

Moneda Legal.

Esto fue escrito por

Andrea Montoya Posada

Estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la UPB. Apasionada por el arte, la cultura, la antropología y el mango biche.

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