¿Quién tiene ganas de morir hoy?

“El final ya está cerca y enfrentó el último telón. Amigo, lo diré sin vueltas, tuve una vida satisfactoria”


Tuve una vida satisfactoria… y lo hice todo a mi manera, dice Frank Sinatra en su canción, y lo más seguro es que dicha frase fue repetida por los distinguidos miembros del club de los suicidas en su último momento. Cuando hablo del club de los suicidas no me refiero al libro de Louis Stevenson, ni a la película homónima de origen español; sino con el pertinente respeto evoco a iconos musicales como Elvis Presley, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain, Sid Vicious y por qué no el ex vocalista de la orquesta Guayacán, Jairo Ruiz.

La música fue su escape, la creación su alternativa directa al encuentro con la libertad, libertad inexistente que más tarde se convertiría en el estandarte del sexo, las drogas y el rock and roll. Esta expresión atrevida gracias a sus excesos sería inmortalizada y digna de ser recordada en cada canción que aún se escucha.

Si no es por unos cuantos nombres que he mencionado antes me estaría refiriendo exclusivamente al club de los 27, aquel donde reina la filosofía del vive rápido y muere joven. Hendrix, Joplin, Morrison, Cobain, a quienes se recuerda por morir a los 27 años, acompañados de heroína, ácidos, somníferos, unas cuantas botellas de vino y una escopeta cargada de un solo cartucho. Notas de suicidio que descarnan y reviven depresiones, malas conductas e insuficiencias de la fama combinadas con anfetaminas.

Ellos son los iconos musicales que pasan a la historia que son recordados, alabados, otras veces satanizados, pero aun así siguen siendo leyendas. Los sonidos estridentes de la guitarra de Hendrix siguen escuchándose por quienes disfrutan del rock y los de Jairo Ruíz en tabernas y cantinas colombianas al son de media de néctar o en su defecto una cerveza bien fría “ pa´ la sed”. Qué sería de su música si aún siguieran con vida, quizá no estarían en la cima que alguna vez alcanzaron, pero al cruzar la línea han de pasar a la historia y de ser evocados dignamente como miembros del club de los suicidas; el grupo de músicos que dejó un legado acreedor de seguir siendo atendido.

Tan solo me queda exponer mi expectativa y rezar este jueves y viernes santo entregándome a los peregrinajes y al pertinente ayuno para que a Silvestre Dangond no le pase lo mismo, y no es porque sea digno de mi admiración. Por el contrario, este hombre es el digno ejemplo del improperio; es una injuria, una blasfemia, una afrenta, nada más que una grosería a la música y a la idiosincrasia musical de nuestra patria. Ahora realizo la pertinente aclaración para el lector que comulgue con el señor Dangond, tan solo mi deseo es que no sea recordado en unos años como leyenda del vallenato, por un hecho tan lamentable como su muerte.

En fin, mi labor tan solo destaca y evoca hechos lamentables que se convierten en un ejercicio de memoria con cada acorde y cada palabra cantada por los nombres que he mencionado con anterioridad. Sin indicar que aún faltan muchos más por evocar, unos cuántos más serán bienvenidos en el club de los suicidas.

About the author

Edwin Sandoval Montoya

Comunicador social y periodista, Artista visual, Con énfasis en creatividad publicitaria de la universidad central, apasionado por el Arte y la cultura. Con gran sentimiento político, y enfocado en temas de educación y progreso para el país.

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