Opinión Selección del editor

Populismo punitivo: engaño y lucro de políticos

Aunque sorprendente, en Colombia siempre ha sido recurrente la idea de aprobar la cadena perpetua y la pena de muerte como una manera de hacer justicia y controlar el crimen. Al buen estilo de nuestro realismo mágico, en el papel se tiene la idea de que penas exorbitantes traerán “justicia y control”, mientras que en la práctica su utilidad en impunidad y reincidencia criminal es nula. Lo alarmante es que, como desde antaño lo decían los grandes pensadores, la seriedad de una Nación se mide por la cantidad de normas inútiles que tiene y lo exageradas que deben ser las penas para prometer justicia y control. ¿Si desde hace tiempo se sabe que no funciona esto, por qué entonces en Colombia no hemos podido superar ese capítulo de la historia y, por lo contrario, suponen algunos que eso nos traerá tranquilidad ante un país tremendamente violento? Sencillo: expectativa, votos y control.

La cadena perpetua y su ineficiencia absoluta

Se podría decir que el problema inicia desde lo que significa la palabra “justicia”. Esa noción, tan ambigua y ambivalente en muchos casos, nos trae la necesidad de acomodar a las malas números de años de prisión en un hecho que rechazamos. Suponemos que restar años es restarle importancia al hecho y que, por ende, sumar años es sumarle importancia. De allí la falsa idea de que “aumentar la pena para violadores” nos libere del problema, pues una cosa no lleva necesariamente a la otra y, de hecho, puede llevarnos a todo lo contrario.

Según datos del INPEC, en los últimos siete años, la tasa de reincidencia en crímenes de detenidos y prisioneros aumentó un 110% (es decir, se duplicó). Si bien esto ya sugiere que detener o privar de la libertad a estas personas no previene nuevos delitos (pues prevenir es lo que queremos), algo interesante es observar cómo se ha comportado el crecimiento de las penas comparado con el de crímenes. Es impactante ver cómo en Colombia, aunque se haya aumentado paulatinamente el rango de penas desde 1979 (máximo 24 años de cárcel) hasta la actualidad (máximo 60 años; pasando por los 90’s a 30, luego a 40, 50 hasta llegar a los 60); se observa por otro lado que los crímenes en el país no se han reducido sino que, de hecho, han aumentado (datos de la DIJIN):

Como si fuera poco, una reciente investigación de la Fundación Ideas para la Paz[1] explica con buenas luces que mantener a un delincuente en la cárcel implica que éste conviva en un contexto psicosocial de aprendizaje de nuevos crímenes, incluso más violentos de los que él hubiese cometido (un hurto a persona VS. un delito sexual con violencia). Así, tomamos la idea de que la cárcel no cumple un rol para nada disuasivo del crimen sino que, de hecho, es amplificador del crimen. Estamos haciendo las cosas al revés.

Si es claro que queremos que haya menos crímenes, lo más lógico es atender las causas estructurales que hay detrás de éstos: desórdenes mentales a edad temprana, inequidad social, rechazo, falta de oportunidades, contextos peligrosos y otros. Y si bien eso sería para prevenir el crimen desde antes de que se cometa por primera vez, cuando hablamos de evitar que haya reincidencia en nuevos crímenes (y por ende suponemos que la cadena perpetua funcionaría), necesitamos entonces programas de rehabilitación social. Pero ahí va el punto: diversas investigaciones muestran que la cárcel no funciona para nada como un rehabilitador, sino como un potenciador. De hecho, teniendo en cuenta que en promedio uno de cada dos prisioneros accede a programas de trabajo o educación dentro de una cárcel, observar la baja incidencia de esto en las cifras de reincidencia en crímenes es una muestra de lo inútil que puede ser una pena exagerada cuando, por supuesto, de rehabilitación y prevención es de lo que hablamos. Además de excesivamente costosa, no olvidemos.

El populismo y los votos: confunde y reinarás

Actualmente cursa en sexto debate el proyecto de Acto Legislativo que traería la cadena perpetua en Colombia.

Jugar con el sentimiento del pueblo es la forma más fácil de llegar al poder. Esa consigna, usada por varios de los personajes más reprochables de toda la historia, es una muestra de lo que la política colombiana nos ha traído durante todos estos años. Es lógico que en un país violento haya tendencia a pedir medidas violentas, pero ya sabemos que esto no funciona en lo absoluto. ¿Por qué sigue sucediendo entonces? Necesidad de control.

No hace falta recurrir a estudios (aunque por supuesto los hay) para saber la grave afectación psicológica que tiene una víctima de un crimen sexual, de un familiar desaparecido o así. Está comprobado que parte del proceso psicológico de dolor y aceptación de una persona que pasa por esta trágica situación comienza por una necesidad de dependencia a una solución: directa o indirectamente, comienza a buscar ayuda para sentirse, de una forma u otra, “reparada”.

Es allí cuando el juego del sentimiento comienza: el político de baja calidad, que no tiene nada de vergüenza ni respeto, usará este dolor para tener réditos políticos a costa de las víctimas; haciéndoles ver que éste defiende sus ideales (sea verdad o fachada) y que les dará eso que tanto quieren: reparación. Lo realmente indignante de esto no es sólo que demuestra que tenemos algunos (¿o bastantes?) políticos que no se han leído jamás la Constitución Política ni han cogido un libro de historia sino que, además, a través de engaños prometen una reparación que pocas veces resulta fructuosa para las víctimas.

Digo engaños, porque claramente una cadena perpetua no reparará las cosas. Es una falsa sensación. En política es duro decir esto, pero es la realidad: un crimen ya está hecho. No es como un negocio en el que te puedan devolver el dinero. La vida, la integridad sexual, física, etc. no se puede devolver a su estado original. Requiere una reconstrucción. Una reparación diferente. Una serie de acciones para sanar el dolor y la ira. Medidas para prevenir que vuelva a suceder. Y es allí donde ese ideario de venganza y escarnio público, que sólo llena de odio a las víctimas y para nada les ayuda psicológicamente a superar su episodio de dolor, busca suplir inútilmente ese concepto ambiguo de “justicia”. Sin olvidar que lo que hace es repotenciar la posibilidad de un nuevo crimen. Círculo vicioso.

Por supuesto que un delito de ese tamaño requiere señalamiento. Por supuesto que requiere una persuasión negativa en un centro penitenciario. Pero vamos, si queremos que a las mujeres las dejen de violar, que a los niños los dejen crecer felices, que a las madres no las dejen viudas, etc.; pues lo primero que tenemos que hacer es evitar que haya factores de riesgo. Es darle oportunidades a la gente que vive a una cuadra del combo, es atender al niño o al adulto que tiene desórdenes mentales y tendencias violentas, es permitirles ser escuchados y dejar de suponer que estos temas son tabúes. Si queremos erradicarlos, hay que escuchar y actuar.

¿Qué deberíamos hacer entonces?

Algunos programas de rehabilitación o “resocialización” implican educación y trabajo, además del acompañamiento psicológico.

Se ha ido lentamente aprobando en el Congreso la posibilidad de una cadena perpetua para quienes cometan delitos sexuales contra menores de edad. De nuevo con lo mismo: una medida claramente inconstitucional, que no prosperará en el siglo XXI y que nos trae sólo más debate y polarización en un país de por sí ya violento.

Lo cierto es que políticos así nunca dejarán de existir. En nuestra ciudad, en el país y en el mundo hay bastantes que usan la falsa promesa de una alta pena para reparar un dolor irreparable a través de los barrotes. Será un nuevo episodio más en el que se ganarán algunos votos y adeptos a costa del dolor de otros, a pesar de no terminar reparando nada y perdiendo el tiempo.

La cadena perpetua no le ayudará a los niños, si eso es lo que esperan. Y no pueden confundir el repudio que les da ese acto (que seguro todos lo tenemos) con las formas para erradicarlo. Pena de muerte, castración química… todo es inútil. Y lo es porque el problema sigue latente allí, en las mentes de esas personas que no han podido superar un problema mental que tienen desde la infancia.

Un gobernante de calidad debe entonces alejarse de esos sentimientos públicos y tomar la decisión más obvia: jugársela toda por la equidad y la salud mental en Colombia. Ya sabemos que los grandes y pequeños criminales son creados por su contexto, entonces ya sabemos qué es lo que tenemos que hacer.

 

[1] Recuperado de: http://cdn.ideaspaz.org/media/website/document/5ab12f3adfb8f.pdf

Esto fue escrito por

Santiago Osorio Moreno

@SantiOsorioM | Soñador de la transformación social de Colombia. Abogado de la Universidad EAFIT y estudiante de M. Políticas Públicas en Los Andes. Fundador de la Corporación Convicción. Analista y activista político. Le gusta trabajar por lo público y el desarrollo internacional. Amante de la música y la lectura.

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