Pienso

Confieso que me atemoriza mirar hacia arriba cuando está de noche porque me pierdo.

Pienso en las ambulancias. Siempre que salgo a la calle escucho la sirena, lo que me recuerda a mi mamá. Las dos nos emocionábamos cuando sonaba una sirena. Sabíamos que era la ambulancia. Nunca la confundíamos con patrullas de policía porque, aunque la ciudad era bastante violenta, esas cosas no se veían como en las películas. Nos extasiábamos al ver cómo se revolucionaba la calle, cómo los carros pitaban desesperados para darle paso a la ambulancia. Se sentía como si estuviéramos en una sala de emergencias y entráramos corriendo junto a la camilla de un herido.

Pienso en la pirotecnia. Esas luces que estallan en el cielo y lo pintan de color por un instante. Púrpura, verde, amarillo, azul. Escucho a mi mamá llamarme con prisa para que yo saliera a la acera a observarlas: sabía que me encantaban esos estallidos de color. Cuando era niña creía que eran estrellas que habían chocado… para ser honesta quisiera seguir pensando eso para no imaginar que algo tan hermoso ha dejado mutiladas y quemadas a tantas personas. Con las estrellas no se juega, por eso me limitaba a observar desde el andén y quedarme mirando al cielo un buen rato.

Pienso en el cielo nocturno. Confieso que me atemoriza mirar hacia arriba cuando está de noche porque me pierdo. Se siente como si estuviera en un agujero que me absorbe y me veo a mi misma como un resorte, como dos imanes atrayéndose: el cielo nocturno y yo. Además la Luna me sigue a todos lados, lo que ella no sabe es que no tengo a donde ir y siempre camino vagamente por las mismas calles.

Pienso en las estrellas fugaces. Una vez creí haber visto una en la terraza de mi abuela. Vivía una época bastante incómoda en mi vida. Mis papás no sonreían y mi abuela nos hacía la vida imposible. Fue difícil estar allí pero conté siempre con aquella terraza. Era el refugio de mi mamá y el mío. Ella iba en las mañanas, yo iba en las noches, y una de esas noches estando yo parada sobre un banco vi una estrella fugaz y fue tan impactante que no pude ni siquiera pedir un deseo. Sólo sé que la vi. Además ¿deseos para qué? Nunca se cumplen. Por lo menos los míos nunca se cumplen.

Pienso en los papás. Cómo juegan con sus hijos, cómo corren con ellos, cómo los cargan en sus espaldas. Mi papá nunca hizo eso, pero no lo culpo ni creo tampoco que me hayan hecho falta tales cosas. Simplemente observo con un poco de nostalgia a los demás y pienso, sí, pienso, que mi vida es bastante extraña, nada convencional.

Pienso en el mar. No sé qué es lo que le ven a un montón de agua revoltosa y salada, llena de suciedad. Me repugna sumergirme en él y pensar que sus aguas están infestadas de cenizas de gente que creyó que al ser arrojada allí post mortem su espíritu sería más libertario. Que alguien me diga qué rayos le ve de bueno al mar.

Pienso en los collares. Elegantes y bonitos; prefiero ponérmelos yo misma. Cuando alguien me pone un collar, en vez de sentirme como una reina a la que atienden sus sirvientes o una esposa amada por su marido, me siento víctima, vulnerable, como si ese alguien pudiese ahorcarme con él.

Pienso en la tinta azul. Recuerdo cuando tenía 7 años: quise rebelarme y no seguir escribiendo los títulos con tinta roja, así que me compraron un lapicero azul. El punto es que cuando escribí en mi cuaderno por primera vez con él, un olor dulzón salió de la punta de aquel lapicero. Recuerdo que pensé que era mágico, hasta que se agotó la tinta, pero yo no quería botarlo. Inmediatamente me reemplazaron el lapicero viejo por uno nuevo lleno de tinta, y éste también olía igual. Así que boté el anterior y dejé de pensar que era mágico, porque ahora sé que todos los lapiceros de tinta azul lo son.

Sigo pensando en la tinta azul. Es imposible que hayan pasado tantos años y nadie me dé una explicación de porqué la tinta azul huele dulce. Espero no morir sin saberlo.

About the author

Carolina Hoyos Bolívar

Musicalmente anacrónica. Apasionada por la radio, la danza y la literatura. Amo los perros y quiero reencarnar en una tortuga carey. Siempre lista para el debate político.

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