Perfil no válido

Tener un bebé cambia la forma de vivir, pero también la manera de ver la vida. Esa experiencia me ha llenado de amor y felicidad, y me ha permitido explorar una nueva faceta que no me conocía.

Coincidencialmente, casi mientras cargaba a mi bebé esos primeros meses de vida, tomé el programa Urban95 Academy. Su foco es el diseño y desarrollo de las ciudades bajo el lente de los niños y sus cuidadores, con una mirada desde los 95 cm de estatura, el promedio para un infante de 3 años.

Con esto en mente, y deseoso de poner a prueba las condiciones de movilidad de Medellín, decidimos junto a mi esposa ir a la cita con la pediatra en el sistema Metro, llevando al bebé en el coche. Lo que encontramos no fue una barrera, sino una cadena de ellas. Y todas tenían algo en común: hacían del camino accesible el camino más difícil.

Antes del Metro: la calle

Por supuesto, esta historia inicia en unos andenes sin continuidad. Había motos y carros parqueados sobre las zonas de circulación de los peatones, sin control alguno por parte de las autoridades. Obstaculizaban cualquier posibilidad de movimiento seguro y nos obligaban a desplazarnos sobre el asfalto de la calle empujando al bebé.

El dolor crónico de los malparqueados en Medellín no es sólo un hecho crítico que afecta la movilidad vehicular y los tiempos de desplazamiento, también hace más inseguro el poder recorrer la ciudad a pie, y en este caso, peor aún, requiriendo rampas de acceso y rebajes para la mover un coche. Se cuestiona uno de la real capacidad de control que tienen nuestras instituciones para hacer cumplir la norma.

Estación Estadio: el trámite

Llegamos a la Estación Estadio y, para nuestra grata sorpresa, el elevador desde la calle nos subía a la plataforma simplemente presionando la botonera, sin ninguna validación adicional.

Se abre el ascensor y nos encontramos la primera barrera. Hay una corta distancia entre la puerta del elevador y una puerta de vidrio de ingreso donde se registra la tarjeta Cívica, un espacio un poco estrecho para dos adultos y un coche. Pasamos la tarjeta por el lector sin lograr la apertura, y recuerdo el mensaje: “perfil no válido”.

Se aproxima una empleada del Metro y nos explica que, si no tenemos el perfil para utilizar los elevadores de accesibilidad, tenemos que dirigirnos a la estación San Antonio para actualizar nuestra tarjeta Cívica con dicho requerimiento. Sin embargo, somos dos adultos y un bebé en coche atrapados en ese pequeño espacio. Pedimos alguna solución para pasar a la plataforma. Su sugerencia fue que yo (supongo que por aquello de ser hombre y los prejuicios de género) descendiera de nuevo en el ascensor, diera la vuelta y subiera por las escaleras regulares. Luego debía pasar por el torniquete, leer las dos tarjetas, subir por dentro hasta la plataforma y avisarle a ella para que les pudiera abrir a mi esposa y al bebé.

A regañadientes acepto, aunque me cuestiono si ese tipo de soluciones se las brindan a una persona con una extremidad fracturada o a un adulto mayor con movilidad reducida.

San Antonio: depender de alguien más

Abordamos el metro en la línea B y nos dirigimos a San Antonio para hacer transbordo a la línea A en dirección al sur. Allí descendemos del vagón y buscamos el elevador para bajar a la otra plataforma.

Debemos esperar a que una empleada del Metro nos guíe al ascensor y abra la puerta con una tarjeta que solo ella maneja. Nos lleva a la plataforma de la línea A, a la que llegamos por fuera de la zona de torniquetes. Allí debemos esperar a otra persona del Metro para que abra una puerta lateral, para acceder con el coche y sin el doble cobro.

Ya en plataforma, subimos al tren en dirección a La Estrella. Hay que agradecer que era un poco más allá de mediodía y podíamos acceder al vagón sin problemas. No quiero ni pensar en tantas familias y cuidadores que necesitan desplazarse en horas pico con personas con movilidad reducida.

Poblado: “hay cámaras”

Llegamos a la Estación Poblado. Sé que allí están trabajando en un proyecto para construir elevadores al centro de la plataforma, con unas pasarelas por encima del nivel actual. Por ahora existen aún las plataformas móviles que se desplazan lentamente sobre los costados de las escaleras.

Ya vamos sobre el tiempo para la cita con todos los retrasos acumulados. Le pido a mi esposa que cargue al niño y yo subo cargando el coche por las escaleras.

Llegamos arriba. Ella pasa el torniquete con el bebé en sus brazos, y yo, empujando el coche, trato de pasar por la puerta de vidrio diseñada para tal fin. Para mi sorpresa, la puerta no se activa. Intento de nuevo y tampoco funciona.

Le pido ayuda a alguien del personal del Metro, quien a su vez le pide a una persona de seguridad la apertura de la puerta. Se acerca el vigilante, observa de forma curiosa el coche, no ve al bebé y me pregunta dónde está. Le señalo a mi esposa, que tiene al niño en sus brazos, y le pido que me abra.

Me dice que el niño tiene que estar en el coche para poder abrirme, lo cual me parece una desfachatez, considerando que el niño está 5 metros adelante en los brazos de mi esposa. Le recalco lo irracional de su actuar. Él insiste en que no me puede abrir porque “hay cámaras” que lo vigilan y no puede desviarse del procedimiento.

Entre incrédulo e iracundo, decido alzar el coche y pasarlo por encima de los torniquetes, con una seria inquietud: ¿cuál es la política de accesibilidad del Metro de Medellín?

Accesible por diseño, no por excepción

No puede ser posible que una ciudad que se precia en el mundo de ser pionera en urbanismo social y transformación estructural de infraestructura no tenga principios y criterios claros para facilitar los desplazamientos de las personas con necesidades de movilidad. Mucho menos cuando cuenta con una entidad tan valiosa y seria como ha sido el Metro de Medellín a lo largo de los años, cuyo lema nos recalca que representa “calidad de vida” para nuestra ciudad.

Ese día la accesibilidad no fue un derecho sino un privilegio condicionado: a tener el perfil correcto en la tarjeta, a encontrar al funcionario con la llave, a cumplir un procedimiento al pie de la letra aunque no tuviera sentido.

Ahora más que nunca, habiendo tenido la oportunidad de explorar y vivir diversos sistemas de transporte público masivo en el mundo, soy un fiel creyente de que la movilidad inclusiva debe ser la opción preferente por diseño y no la opción de descarte para cumplir una normativa. Y menos aún que se desincentive con trabas administrativas. Lo accesible debería ser lo más simple y fácil para todos, no un camino exclusivo y lleno de obstáculos para quienes más lo necesitan.

Y lo que me deja más pensativo aún: no crean que soy indolente ni insensible, pues soy de los pocos afortunados que pueden hacer este tipo de “experimentos” por opción, y no por obligación como tantas personas en nuestra sociedad. Queda entonces la imperativa tarea de fomentar políticas públicas y proyectos que propendan por una ciudad segura, en todo sentido, y amigable para los niños, niñas y cuidadores. En ellos está el verdadero futuro de nuestra transformación.

Juan David Blanco

Estudiante Maestría en Política Pública, London School of Economics.
Ingeniero, UPB. Magíster en Economía Aplicada, Eafit.
Ex-P&G. Serví con alegría en la Gobernación de Antioquia.
Ciclista por pasión, atleta por motivación. Aún con esperanza en la humanidad.
Salsero. Aún con esperanza en la humanidad.

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