“PASIONES DE ARENA”

Son dunas de arena crispadas por el sol. Es la belleza del cuarzo hecho polvo y tostado por esos aplastantes chispazos del ardiente día, de ese irrespirable oxígeno libertador y los bofetones de los vientos que llegan de todas direcciones. Son esos empujones capaces de mover de sitio a esos titanes de arena de mas de treinta metros de altura, incapaces de reposar y que son los caminos de los beduinos, de exploradores y seres perdidos. Son esos torbellinos de aliento salvaje que borran las huellas del viaje, los rastros de las huidas y las heridas de los crímenes.

Y son en esas dunas, en las arenas cremosas del desierto blanco de Farafra, o en el inmenso desierto arábigo, que abriga el río Nilo y el mar Rojo, o el desierto Líbico, todos ellos salpicados de valientes oasis, que esconden la sed del enigma y la sombra de los secretos, donde en uno de ellos el gran Alejandro el Magno se convirtió en inmortal, y que en el delta del Nilo fundó a la radiante Alejandría.

 

Son pasiones y amores que se pierden en la noche del desierto.

 

«Aquella noche despertó llorando. Su ser era un pozo de mil millas de profundidad, ascendía desde las regiones inferiores con un sentimiento de infinita tristeza y de gran reposo, pero sin recuerdo de sueño alguno, salvo la voz sin rostro que había susurrado: «El alma es la parte más cansada del cuerpo.» La noche era silenciosa, salvo por un leve viento que soplaba a través de la higuera y movía los bucles de alambre que colgaban de sus ramas. Se rozaban al balancearse, chirriando ligeramente. Tras escuchar un rato, se durmió.

(Paul Bowles, El cielo protector).

 

“No somos turistas, somos viajeros. Un turista es el que piensa en regresar a casa desde el mismo momento de su llegada, mientras que un viajero puede no regresar nunca”.

 

Mister Bowles (1910/1999) era un escritor errante, que supo encontrar sentidos a sus letras en el Magreb. Y Tánger era su capital, con vistas al estrecho del Mediterráneo, y con el alma entregada a las arenas del Sahara. En 1949 escribió su primera novela “El cielo protector”, que relata la descomposición de Port y Kit Moresby, un matrimonio neoyorquino que deambula en un viaje sin retorno en busca de inspirar a una solidez ya perdida en su amor. Bernardo Bertolucci es un director italiano experto en narrar con bellas imágenes la putrefacción del espíritu humano. Su película “El cielo protector” (1990),  majestuosamente retratada con esculturales imágenes por Vittorio Storaro, con una impecable e inspirada banda sonora compuesta por Ryuichi Sakamoto, y unas interpretaciones afinadas, es un claro homenaje al texto de Paul Bowles, que aparece en la película interpretando a un anónimo narrador. Con su voz quebrada por el te verde y el hashish, el viejo escritor regala esta odisea de pérdidas al espectador, que se sumergen en un viaje sin billete de regreso, que reptan arrastrandose por los zocos de las ciudades, que se envuelven por las pequeñas aldeas de clanes de los señores del desierto, y que se calcinan sobre la arena.

Port y Kit viajan en compañía de Tunner, otro viajero, también adinerado, superficial, que acentúa dramáticamente el existencialismo viajero y la distancia amorosa entre la pareja protagonista.

Es un itinerario por el norte africano, que arranca en el destartalado puerto de Argel, se sumerge en las zonas desérticas de Boussif, se enferma en los intestinos de Aïn Krorfa, se muere en la fortaleza de la legión extranjera de Sbâ, y se evapora en el desierto del Sahara, rumbo a los confines de Sudán.

El silencioso epílogo culmina ante el Hotel Majestic, de nuevo en Argel, con la líquida mirada de una solitaria Kit Moresby, presa de una existencia sin equipaje y sin interrogantes por responder.

 

 

» Cuando jóvenes, no nos miramos en los espejos. Lo hacemos cuando somos viejos y nos preocupa nuestro nombre, nuestra leyenda, lo que nuestras vidas significarán en el futuro. Nos envanecemos con nuestro nombre, con el derecho a afirmar que nuestros ojos fueron los primeros en ver determinado panorama. Al envejecer es cuando Narciso desea una imagen esculpida de sí mismo”

 

“Amor mío, te sigo esperando, cuánto dura un día en la oscuridad. El fuego se ha apagado. Empiezo a sentir un frío espantoso, debería arrastrarme al exterior pero entonces me abrasaría el Sol. Temo malgastar la luz mirando las pinturas y escribiendo estas palabras”.

(Michael Ondaatje, El paciente inglés)

 

El amor que describe Michael Ondaatje en su novela, “El paciente ingles”, publicada en 1992, entre el cartógrafo húngaro László Almásy, y Katharine Clifton, una esposa que soporta un matrimonio hueco, es otra pasión edificada en un castillo de arena.

Son tiempos de guerra, donde la sangre y la pólvora se mezcla con el polvo de Líbia y la gravilla de Egipto. Anthony Minghella dirigió en 1996 una enfocada adaptación de este texto que envuelve la soledad del lector y que convierte al espectador en un viajero silencioso, que desea el reposo de su inquietud en un oasis sin apellidos para purgar tanta fascinación desatada, con cada plano que escupe esta película.

La tragedia de Lászlo es la historia de la imposibilidad de amar en tiempos de cólera. La Segunda Guerra Mundial es un matadero, no hay héroes, tampoco se salva la humanidad.

Otro triángulo, pero esta vez, duplicado. Geoffrey es un marido distante, viajero, derrotado de ánima, pero también nace el triángulo entre una enfermera, Hana, un zapador sij al servicio del ejército británico, Kip, y un agonizante Lázslo, que postrado sobre un miserable camastro, transmite sus recuerdos a una  clemente Hana que cuida su cuerpo saciado de quemaduras y llagas .

La deformidad y las cicatrices de Lázslo son los tiempos de ese amor en fuga, que se escurren como la arena entre los dedos de una mano.

En esta historia, el desierto es un refugio, pero también una tumba.

Los personajes vagan por Sudán, entre los vientos calientes y secos del Ghi-bli, procedente de Túnez. Deambulan por Giza, llevados por el súbito Hahooh, un temporal de polvo sudanés. Son seres que admiran las pinturas de Tassili y que se esconden repentinamente en las grutas de Wadi Sura.

Y también sufren en los hospitales de Santa Chiara de Pisa y en Roma, atascados de heridos y de moribundos por la guerra, y que padecen en el oasis de Siwa, y que, finalmente, antes de expirar en las ruinas de la villa de San Girolano, en la Toscana, regresan los recuerdos de aquellas largas reuniones en El Cairo y de esos viajes en avioneta por El Jof, cerca de Uweinat.

 

“Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña, la hija de Melissa. No sé por qué empleo la palabra «refugiado». Los isleños dicen bromeando que sólo un enfermo puede elegir este lugar perdido para restablecerse. Bueno, digamos, si se prefiere, que he venido aquí para curarme… De noche, cuando el viento brama y la niña duerme apaciblemente en su camita de madera junto a la chimenea resonante, enciendo una lámpara y doy vueltas en la habitación pensando en mis amigos, en Justine y Nessim, en Melissa y Balthazar. Retrocedo paso a paso en el camino del recuerdo para llegar a la ciudad donde vivimos todos un lapso tan breve, la ciudad que se sirvió de nosotros como si fuéramos su flora, que nos envolvió en conflictos que eran suyos y creíamos equivocadamente nuestros, la amada Alejandría”.

(Lawrence Durrell, Justine)

 

» La suerte del mundo fue a decidirse en un lugar lejano, una inhóspita costa situada en las costas de Grecia. Y el mundo, al temblar, supo que su enfermedad estaba en Accio. De allí saldrían los rayos destinados a destruir, una a una , todas las defensas de Alejandría y a derrumbar todos los baluartes del amor”.

(Terenci Moix, No digas que fue un sueño)

 

Cleopatra pertenecía a la familia de los Ptolomeos, iniciada por el primer Ptolomeo, un oficial de Alejandro el Magno. Cleopatra VII cerró la dinastía de los reyes del antiguo Egipto, y su existencia fue objeto de infinidad de novelas, tragedias teatrales y películas.

Shakespeare se enamoró de su fragilidad, y Joseph Leo Mankiewicz la inmortalizó en su colosal película de 1963.

Un tercer triángulo que mezcla amor, pasión, poder y muerte. Cleopatra conquistó los corazones de Julio César, el dictador de Roma, y de Marco Antonio, su hombre de confianza. Fueron amores de estado, simbolizados con la dureza política de César, pero también estalló el arrebato pasional entre los amantes, retratado en la debilidad de Marco Antonio frente a una feroz Cleopatra. Fue una película difícil, que casi llevó a la quiebra a la  20th Century Fox, y que significó el final de los fastuosos “peplums” del cine histórico. Con los años, la película ha ganado brillo y grandeza, la inmensidad de una historia de amor, enterrada en las arenas que rodean Alejandría, las fascinantes interpretaciones de Liz Taylor, Richard Burton y Rex Harrison, el magnético decorado, brillantemente acartonado por el diseño de producción de aquellas épocas, y una banda sonora ostentosa, creada por Álex North, condimentan a esta obra maestra del cine.

Dos civilizaciones enfrentadas: el viejo Egipto, y el naciente imperio romano. La puta de Alejandría enfrentada al senado corrupto y ambicioso. Cleopatra asciende al poder gracias a la ayuda de un Julio César poderoso, epiléptico, que llora ante la tumba de Alejandro el Magno, que se auto proclama dictador vitalicio de Roma, que reconoce como hijo legítimo a Cesarión, fruto de su pasión por la reina del Nilo Cleopatra, y que muere bajo las puñaladas de los senadores que no desean una dictadura, que no quieren un emperador, un dios.

Y el encanto de Cleopatra conquista a un Marco Antonio que se queda con los territorios de Oriente, que abandona las costumbres romanas y adopta vestuario griego y costumbres egipcias que molestan al senado y al joven Octavio César Augusto, amo y protector de Roma.

 

Arena, pasión, amor, y muerte. Viaje sin regreso, secretos, mentiras, caricias y besos.

Grandeza en la pantalla.

[author] [author_image timthumb=’on’]https://alponiente.com/wp-content/uploads/2014/12/Manel.jpg[/author_image] [author_info]Manel Dalmau Etxalar Nacido en un pequeño pueblo del pirineo catalán cuyo nombre es La Pobla de Segur. Adoptado en la ciudad de Medellín en 1998, paisa chivado desde Enero del 2010. Periodista, documentalista, historiador, dinamizador cultural y onanista compulsivo. Forma parte del equipo de la casa Museo otraparte desde el año 2010. El “NO” de su gorra es un adverbio positivo y un morfema ácrata. Es un “NO” a la intolerancia, al desajuste social, al abuso, es una invitación para que todo aquel que lo lea, se invente su propio NO. Es un yonqui de la tertúlia y un borracho de silencios. Intenta soñar. [/author_info] [/author]

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