¿Para quién es la «Ciudad Señorial»? La expulsión silenciosa del suelo en Envigado

“Con un metro cuadrado promedio de $9,7 millones y una barrera de entrada exclusiva para el Decil 10, la vivienda nueva en Envigado dejó de ser un proyecto de vida familiar para convertirse en un desahucio económico implacable de su propia gente.”.

Nos han vendido durante décadas el relato complaciente del «mejor vividero de Colombia». El municipio modelo, el de los árboles frondosos, las finanzas públicas robustas y la estética barrial impecable. Pero detrás de la postal hay una pregunta incómoda que la dirigencia local esquiva con calculado disimulo: ¿para quién se está construyendo realmente Envigado y quiénes nos estamos quedando por fuera?

​La realidad técnica del mercado inmobiliario no admite eufemismos. Vivir en Envigado ha dejado de ser un proyecto de vida familiar para convertirse en un filtro patrimonial descarnado. Con un metro cuadrado que promedia los $9,7 millones de pesos y un ticket medio de compra que ya superó los $815 millones de pesos, la vivienda nueva en nuestro municipio cerró sus compuertas a la inmensa mayoría de sus habitantes.

​Analicemos la trampa con cifras oficiales sobre la mesa. Hoy, para acceder al apartamento nuevo más modesto del mercado —un área básica de escasos 60 metros cuadrados en sectores de ladera media como Camino Verde o la vía a Las Antillas—, el sistema financiero exige ingresos familiares netos superiores a los $14 millones de pesos mensuales bajo el marco de la Ley de Vivienda (Ley 546 de 1999).

​Esa exigencia equivale a casi diez salarios mínimos y a pertenecer, sin atenuantes, al Decil 10: el 10% más adinerado de todo el Valle de Aburrá. Si a ese cuello de botella le sumamos la asfixia de tener que desembolsar cuotas iniciales de entre $8 y $10 millones de pesos mensuales durante el periodo de preventa, el panorama es categórico: el 90% de los hogares envigadeños no tiene ninguna posibilidad material de comprar techo en la tierra donde creció.

​¿Y la Vivienda de Interés Social (VIS) desarrollada por el sector privado? Es, a efectos prácticos, inexistente: cero por ciento. El mercado la erradicó por completo. Las constructoras no la diseñan ni la ofrecen porque la especulación del suelo residual y las exigencias de aprovechamiento del Plan de Ordenamiento Territorial (Acuerdo 023 de 2019) prefieren torres exclusivas con amenidades suntuarias antes que metros cuadrados accesibles para la clase trabajadora. El municipio ha tolerado que la lógica de la rentabilidad financiera barra sin piedad con la lógica del arraigo comunitario.

​Esto tiene un nombre técnico y político: expulsión y sustitución territorial. A los hijos de las familias de los barrios tradicionales —aquellos que llenaron las escuelas públicas y construyeron la identidad comunitaria de El Dorado, San Rafael o Barrio Mesa— se les está aplicando un desahucio económico silencioso. Se ven forzados a empacar maletas y migrar hacia Sabaneta, La Estrella o las periferias metropolitanas, no por vocación, sino porque el costo de la tierra los declara indeseables para el mercado local. Mientras tanto, el territorio se reconfigura como una burbuja habitacional reservada para capitales foráneos y compradores de rentas extraordinarias.

​El derecho a la vivienda no puede seguir reduciéndose a la capacidad de endeudamiento que dictamine una entidad bancaria. El derecho a la ciudad es, en su raíz más profunda, el derecho colectivo de los habitantes a permanecer en su territorio, a decidir su transformación y a no ser desterrados por la voracidad de la renta del suelo.

​Envigado no puede resignarse a ser un municipio administrativamente eficiente mientras actúa como un espectador pasivo de la segregación socioespacial. ¿Dónde están los instrumentos de captura pública de plusvalías para constituir bancos de suelo social? ¿Dónde está la exigencia real a los planes parciales y grandes desarrolladores para que entreguen vivienda asequible in situ y no compensaciones marginales? ¿De qué nos sirve vanagloriarnos de parques y espacio público si las familias trabajadoras tienen que mudarse a dos municipios de distancia para poder pagarse un techo?

​Es urgente abrir una discusión pública sin miedo y sin condescendencia gremial. Si la planeación municipal continúa arrodillada ante la especulación inmobiliaria, Envigado terminará consolidándose como una vitrina impoluta y desalmada: una ciudad señorial, sí, pero donde sus propios habitantes ya no tienen derecho a existir.

Simón Rivera Londoño

Arquitecto urbanista, consultor en ordenamiento territorial y planificación urbana. Apasionado de la política y soñador de otros mundos posibles.

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