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Las elecciones legislativas de 2026 en Colombia volvieron a convocar a millones de ciudadanos a las urnas. Más de 20 millones de personas participaron en esta jornada. Sin embargo, la abstención se mantiene. Más de la mitad de los ciudadanos habilitados no votó.
En esta jornada elegimos a quienes ocuparán las curules del Congreso durante los próximos cuatro años. En los medios y en la opinión pública reaparece la expresión “padres de la patria”.
La metáfora es reveladora. Si hay padres, entonces hay hijos. En esa imagen se instala la expectativa de que unas cuantas personas deben pensar, decidir y resolver el destino colectivo mientras los demás observamos desde la distancia. La política se convierte así en una delegación de voluntad, poder y responsabilidad.
Bajo esa lógica, el voto aparece como la culminación de la democracia. Depositamos los tarjetones en las urnas y regresamos a la cotidianidad como si la tarea estuviera cumplida. Pero una democracia no se sostiene únicamente con los votos.
El filósofo alemán Jürgen Habermas, fallecido hace poco, dedicó buena parte de su obra a pensar ese problema. Para Habermas, la legitimidad de las decisiones políticas no proviene solo de los procedimientos electorales ni de la autoridad de las instituciones. Depende, sobre todo, de que las normas puedan justificarse ante los ciudadanos.
Por eso su teoría de la democracia insiste en la deliberación. Las leyes no son simplemente decisiones del Estado. Son el resultado de un proceso en el que la discusión pública, la formación de la opinión y las instituciones se conectan. La democracia funciona cuando existe circulación entre esos dos niveles, el debate en la sociedad y la decisión en las instituciones.
Colombia es, en términos institucionales, una democracia representativa. En este sistema, el Congreso tiene la tarea de producir las leyes que organizan la vida colectiva. Pero la representación no se sostiene por sí sola.
Como advertía Habermas, necesita una esfera pública activa donde los ciudadanos discutan, intercambien argumentos y formen opiniones sobre los asuntos comunes. Sin esa conversación, la política corre el riesgo de reducirse a la repetición de procedimientos.
Las leyes, en una democracia, no son únicamente mandatos que se obedecen. Son decisiones que pueden ser comprendidas, discutidas y, cuando sea necesario, refutadas y reformadas.
El problema aparece cuando ese circuito se debilita, cuando el Congreso legisla mientras una parte importante de la ciudadanía permanece distante del debate público o desconectada de las decisiones que se toman. El abstencionismo electoral es una señal de esa distancia.
En ese contexto, la expresión “padres de la patria” refuerza una imagen que poco tiene que ver con el funcionamiento de la democracia. Sugiere que el Congreso decide y la ciudadanía acata. Pero una democracia necesita algo distinto, ciudadanos que sigan las decisiones públicas, discutan con argumentos y participen en la toma de decisiones. Las elecciones legislativas son apenas un momento dentro de ese proceso.
En el país se aproximan nuevas contiendas electorales. Volverán las campañas, los programas y las disputas por el rumbo que deberíamos tomar. Pero entre una elección y otra ocurre algo más importante: la conversación pública donde se discuten las necesidades que tenemos y también lo que soñamos para Colombia.
Tal vez no necesitamos más “padres de la patria”. Tal vez lo que necesitamos es una sociedad que deje de pensarse como hija y empiece a asumirse, plenamente, como protagonista de su propio destino democrático.













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