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Tiempo al tiempo…
Él tuvo en la pintura su lugar de refugio, insistía.
Hubo pinturas desteñidas, acetatos quemados, óleos secos desde el tubo. Sí que hubo pinceles y carboncillos que fallaron, no por rotos sino por la mano temerosa del lienzo y el papel.
“No dejaré de ser aprendiz, quiero estar dispuesto siempre a sorprenderme”, decía.
Voy sacándole palabras, en la inmensa conmoción que me entregan los pasos alrededor de su taller. Es un espacio a media luz, donde cada metro cuadrado trae lo inesperado; no se puede imaginar qué vendrá para los ojos en la próxima pintura, el próximo caballete o mesón; el próximo recuerdo incitado por el olor de las tablas de herramientas; el siguiente golpe eléctrico al tocar lo que me está permitiendo tocar de su obra.
Pareciera sumar orgullo y melancolía, la segunda, decía, “emoción que me llega de lo vivido, de su recuerdo, pero también de lo que decidí no vivir -quizá a veces por temor evadí- esa es la más severa…”.
No menosprecia su obra, a pesar del desorden de la galería, pero parece no estar satisfecho con ella.
“…pido a Dios que nunca esté completa, que yo así no lo crea, sería en realidad el fin de mis motivos… así, para qué artista sin creación…”.
Al escucharle “motivos”, pregunto por alguno en particular, por su gran ‘motivo’ constante, pero veo que me quedo escaso cuando responde: “¿en particular? No lo he encontrado. Quizá ese sea mi motivo constante, la inquietud de descubrirlo, uno que me permita iniciar su ruta, sin cansancio de innumerables grafos, de lienzos que sean medio de ensayo en lugar de marcas de fracaso, de papeles que no simplemente se arrugan, sino que se valoran como mapas que orientan”.
Parece burlarse de sí mismo cuando dice que su obra nunca estará acabada. Sabe lo que dice pues, qué caminante más auténtico que el dispuesto a continuar descubriendo la ruta, abriéndola, saliendo de cruces perdidos, retrocediendo lo necesario para corregir la dirección, con o sin brújula, rogándose no encontrar un destino que le detenga y le quite lo que de caminante tiene…
¿Por qué tardé tanto en encontrarle? -me digo-. A lo mejor no deba lamentarlo, llegó en su momento, lo de aprendiz permanente; por muy lenta, bella o compleja que sea cada obra, tendrá mucho más significado si le valoro como punto de partida o engranaje de muchas creaciones más, descubriendo la chispa en la vela para ver el próximo lienzo.














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