Filosofía Opinión

Narrativas de Amor

“las relaciones amorosas se convierten en vínculos instantáneos, en amoríos idealizados que incluso se publicitan como cualquier producto comercial; idilios mediáticos donde se mercadea la intimidad, los cuales sustentados en esa dinámica comercial se “gastan” con rapidez”.


El amor está en todo, por el simple hecho de estar atravesado por el deseo. Decía Heidegger que nuestra relación con las cosas primero es afectiva y luego racional; existen, por tanto, cambiadas concepciones que intentan explicar el amor. Hay desde miradas mitológicas y posturas religiosas hasta fallos legales. La ciencia, por ejemplo, se basa en la neuroquímica para poder definirlo, haciendo de la comunicación eléctrica de células nerviosas el elemento central de la actividad amorosa; la metafísica, por su parte, encuentra razones fenomenológicas que superan lo material, donde confluyen elementos conscientes e inconscientes que otorgan sentido a este suceso. Estos postulados dibujan algunos relatos que acercan al amor hacía prácticas estéticas enmarcadas sobre diferentes constructos narrativos.

El relato contemporáneo del amor, sin embargo, lo coloca en un lugar sintomático para el ser humano. A hoy, existe un predominio de lo mercantil que lastra cualquier narrativa amorosa, consiguiendo que la rentabilidad se esboce como elemento central que parametriza y da sentido a todo el entramado tejido a través de las relaciones afectivas. Desde esta mirada, entonces, se reclama la cosificación del otro para poder reducirlo a bien de consumo. Se diría que es un amor, a diferencia del amor entendido como otredad (donde se experimenta una desapropiación de sí mimo), que solo se hace funcional si se prioriza la ganancia del yo. Consecuentemente, las relaciones amorosas se convierten en vínculos instantáneos, en amoríos idealizados que incluso se publicitan como cualquier producto comercial; idilios mediáticos donde se mercadea la intimidad, los cuales sustentados en esa dinámica comercial se “gastan” con rapidez.

La psicología, por supuesto, no es ajena a estas construcciones narrativas del amor, por el contrario, tiene una función que se duplica; por un lado, desde su discurso académico produce y reproduce dinámicas sociales de relación que comulgan con parámetros establecidos para la normalización. Es por ello que existen prácticas amorosas que son permitidas y otras que si se realizan estarían en el espectro de lo patológico, incluso hay una variedad de conductas eróticas que alimentan manuales diagnósticos y estadísticos de trastornos mentales; por otra parte, la psicología cumple una función práctica (como disciplina aplicada) en tanto actividad que “cura” aquellos síntomas que las consecuencias del amor puedan causar. Así, sirve de soporte y ayuda con la estructuración de la narrativa amorosa, y a su vez la ordena y la purifica de cualquier práctica que no sea consecuente con lo que la parametrización modela como normal.

En este orden de ideas, el psicólogo contemporáneo es cumplidor de un rol que funciona como legitimador de los relatos hegemónicos; negándose, en el mayor de los casos, una postura crítica que cuestione, irrumpa y desenmascare esta reinante estérica amorosa. Impidiéndose, entonces, abogar por estéticas flexibles, dúctiles para las diferentes subjetividades, estéticas menos excluyentes, más diversas, que carezca de rigidez y dogmas; estéticas que por sobre todas las cosas haga del amor un acto de resistencia.