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“Me violaron”

Aun cuando sabía que este es un país profundamente machista y hasta falócrata, nunca llegué a sospechar que varios de mis amigos, familiares y compañeros habían sufrido alguna vez de violación sexual. Todos los días las noticias secundarias de todos los medios de comunicación son violaciones…, pero uno nunca cree que por eso pudieran estar pasando o habrían pasado personas tan cercanas a uno. Uno nunca cree que lo malo le pueda pasar a uno, a los de uno… hasta que nos toca.

Sin pensarlo, y en los momentos en los que menos creía, ellos me fueron confesando esas violaciones que consideraban secretos, sucios secretos que quizá los atormentaban en sueños o cada que veían a sus victimarios en alguna reunión familiar o en la calle.  Casi todos, entre lágrimas, empezaron con ese pronombre  y ese verbo que connotaban una ruptura permanente en su vida: “me violaron”.

Una de las primeras en contarme mientras lloraba en una noche de un viernes cualquiera de hace unos cuatro años, fue la madre de alguien muy parecido a mí en muchos sentidos; tanto, que a veces he pensado que somos uno solo. Me contó que había sido violada por un familiar en una noche de tragos. Ese hombre, mucho más mayor que ella, le endulzó el oído y, sin ella ser muy consciente de lo que estaba sucediendo, la fue penetrando una y otra vez. Luego, quedó en embarazo y tuvo el hijo que hoy es mi amigo, ese que se parece a mí. Después de 20 años, Efraín (nombre cambiado, como todos los de esta columna) se enteró de que quien pensaba que era su padre, un hombre bueno y trabajador, no era el tal, porque el verdadero padre era un violador que hoy ya cumple más de cuatro décadas impune.

Luego, unos dos años después, estando en el balcón con uno de mis mejores amigos y mientras nos tomábamos unos aguardientes al son de música variada, me confesó, sin querer, ese pasado que con tanto recelo había escondido. Creería que nadie, hasta el sol de hoy, sabe eso.

Por esos días el debate sobre la adopción por parte de parejas del mismo sexo era noticia y objeto de debate casi todos los días, incluso entre él y yo. Ya algo ebrios, volvimos a tocar ese tema que a él eso le causaba aversión. Decía que no, “que hagan lo que quieran, pero adoptar no”. Le pregunté que cuál era la bronca con los gays, mientras servía los guaros. Me reí y luego de unos segundos me dijo que a él lo habían violado. Quedé de una sola pieza. Nunca me imaginé tal cosa en su vida, aun cuando creía conocer casi todo de él.

El victimario de ese buen amigo fue alguien de su familia y sucedió cuando era mucho más joven, quizás un niño. No quiso contar más. Tampoco me quiso contar si fue una violación recurrente o de una sola ocasión; total, eso no importa… la violación tuvo lugar sea una o seis veces. Su violador hoy ya cumple más de una década impune y ninguno de los dos hablarán nunca de ese episodio.

Meses después, en una noche cualquiera del año pasado, a Fernanda la violó un amigo. Me contó que le había pedido a él que la llevara a casa porque le daba miedo estar sola; no la llevó a casa, sino a las cercanías de un parque y la violó. En medio de la borrachera, ella le insistía en que la llevara a casa, que ya le habían hecho eso dos veces… que no lo hiciera. El violador amigo le decía que si estaba segura de que se quería ir, y le mostraba el pene. Le decía que tenía unas “téticas lindas” y que iba a ser “la tercera”, en son de un mal chiste… y efectivamente fue la tercera vez. Ella no quiso que sus papás supieran, y al sol de hoy seguramente no lo saben, mientras el violador va a cumplir un año impune.

Esos son solo tres casos, pero sé varios de varias personas a quienes conozco, y que seguramente nunca van a denunciar por miedo, porque “ya no vale la pena” o porque “ya para qué”. Ese silencio lo alcanzo a comprender porque ellos son los únicos dueños de sus miedos, sus secretos y sus verdades. Sin embargo, mientras ellos callan, sus violadores seguramente harán de las suyas con otras personas que, quizás, también acudan al silencio mientras ellos suman uno más  a la lista.