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Alrededor de 3.000 civiles fueron asesinados en el ataque del 11 de septiembre. Después de esa fecha se han planeado más de 150 ataques terroristas adicionales contra las principales ciudades de Estados Unidos. Las fuerzas de seguridad han neutralizado a tiempo estas acciones, evitando la muerte de cientos de miles de civiles más.
Estos ataques y otros miles de crímenes en los Estados Unidos han sido llevados a cabo por un listado de alrededor de 90 organizaciones terroristas internacionales. En general, estas organizaciones se pueden dividir en tres: el movimiento jihadista internacional, las organizaciones terroristas formales, y los gobiernos financiadores del terrorismo. Estas empresas criminales se traslapan y comunican entre sí dependiendo de la región a la que pertenecen, principalmente a través de redes de financiación y comercialización del terror que incluyen la esclavitud, el tráfico de personas, el tráfico sexual, el reclutamiento de menores, el tráfico de drogas, el tráfico ilegal de armas, el secuestro, la extorsión y la corrupción estatal, entre otros delitos.
Así, las organizaciones terroristas no solo cobran la vida de estadounidenses; la mayoría de las víctimas son niños, niñas, jóvenes y adultos en las regiones de donde provienen y/o operan criminalmente. Con el apoyo del Cártel de los Soles, en cabeza de Nicolás Maduro, muchas de estas organizaciones terroristas se han fortalecido en Suramérica, en especial el grupo extremista palestino Hamás, el grupo extremista libanés Hezbollah y los principales grupos terroristas de Latinoamérica: FARC, ELN, el Cártel de Sinaloa, los Zetas y el Tren de Aragua. Estos nexos no solo son ampliamente conocidos, también han sido descritos en la acusación formal del gobierno estadounidense en el Distrito Sur de Nueva York, e incluso son reconocidos por la vicepresidenta electa de Venezuela y premio Nobel de la Paz, María Corina Machado, que ha calificado razonablemente al régimen de Maduro como: “la sede criminal de las Américas”.
La captura de Nicolás Maduro por parte del presidente Trump golpea todas estas organizaciones terroristas internacionales que amenazan la seguridad nacional de los Estados Unidos, en congruencia con el discurso de poner a Estados Unidos como prioridad (America First). Sin embargo, también vuelve más seguros varios países del continente, empezando por Venezuela, que tiene una oportunidad única de liberarse de un régimen opresor, antidemocrático y violador de los derechos humanos como el del Cartel de los Soles. También hace más seguros a los países de donde estas organizaciones provienen, delinquen, asesinan y aterrorizan a la población civil, especialmente Colombia (FARC y ELN) y México (Zetas, Cártel de Sinaloa y Tren de Aragua).
La acción de Estados Unidos en Venezuela el pasado 3 de enero no debería sorprender. Maduro no es el primer terrorista internacional que Estados Unidos captura y extrae de su guarida para que enfrente la justicia. Lo realmente extraño es que Estados Unidos permitiera crecer durante tanto tiempo un riesgo tan evidente para su seguridad nacional y permitiera prevalecer un régimen que se robó las elecciones descaradamente frente a los ojos de todo el mundo, violando así los principios más básicos de la democracia. La captura de Maduro, sin embargo, marca un precedente importante para todas las organizaciones terroristas que operan en América Latina: Estados Unidos empezará a defenderse contra todas las amenazas terroristas y contra aquellos regímenes políticos que les brindan refugio y apoyo en la región.
Por este motivo, la captura de Maduro es un punto crítico para la seguridad de latinoamérica: mientras el gobierno estadounidense comienza a desmantelar a los grupos terroristas de la región, estos grupos van a empezar a defenderse con el apoyo de todos sus aliados económicos, políticos, y de opinión. De ahí la incomodidad del presidente colombiano Gustavo Petro, caracterizado por defender la propaganda antisemita promovida por el grupo terrorista palestino de Hamás, por desmentir la existencia del Cártel de los Soles y por darle legitimidad al establecer acuerdos con ese régimen. Es de conocimiento público las investigaciones que apuntan a que Petro recibió financiación de los grupos terroristas, ordenó cesar los ataques en su contra, facilitó que estos grupos accedan a información de inteligencia del estado, buscó financiarlos con recursos públicos, permitió que se fortalecieran en Colombia., e incluso facilitó que se movilizaran en vehículos oficiales, y ordenó su libertad cuando los capturaron para que pudieran continuar impunemente con sus actividades criminales.
Las organizaciones terroristas internacionales no serían tan poderosas y sangrientas si no existieran gobiernos que las protegieran y las alimentaran financieramente, políticamente y discursivamente. Estos gobiernos toman el poder siguiendo una misma receta: nos engañan disfrazándose de demócratas, de honestos y de que están preocupados por los menos favorecidos, para así comenzar un gobierno con relativo apoyo popular y político, tomándose el poder ya sea por la fuerza o a través del voto. Luego, sus líderes populistas cambian la constitución o las reglas de juego de los países para secuestrar los demás poderes públicos y mantenerse en el poder indefinidamente. Quiebran la autonomía y las ganas de trabajar de la población y de los líderes a través de la corrupción, los subsidios, las limosnas y los regalos, lo que crea una masa de esclavos defensores del régimen. Por último, secuestran a toda la población y se apoderan de todos sus recursos, destruyendo de manera autoritaria y a la fuerza los derechos fundamentales a la propiedad, a la libre expresión, a la prensa independiente y al libre pensamiento.
Cuba y Venezuela ya recorrieron ese camino y Colombia lo está empezando a recorrer. No es un problema de izquierdas o de derechas; es un problema mucho más profundo y fundamental. Se trata de decidir si somos aliados de la destrucción institucional y el terrorismo internacional, o si estamos del lado de las instituciones, la justicia y la democracia. Debemos aprovechar la oportunidad que nos abre el gobierno estadounidense para convertir al continente americano en un muro de contención contra el terrorismo. El eje del mal, en especial Irán y Hezbollah, ya cuenta con aliados en Cuba, Venezuela, Colombia y México. Es el momento de que la población civil, las instituciones y los líderes de América Latina cerremos filas contra los líderes populistas y las organizaciones criminales que, durante décadas, nos han robado la tranquilidad, la libertad y la propiedad. En ese propósito fundamental debemos estar del mismo lado a pesar de las diferencias.












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