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Los profesores como entretenimiento

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Los profesores como entretenimiento

Pedagogía en “tiempos de emergencia”

 

“Los buenos profesores, los que prenden fuego en las almas nacientes de sus alumnos, son tal vez más escasos que los artistas virtuosos o los sabios”

George Steiner.

 

En el Prefacio a los Principios de la filosofía del derecho, Hegel (2003: 20) afirma: “Cuando la filosofía pinta con sus tonos grises ya ha envejecido una figura de la vida que sus penumbras no pueden rejuvenecer, sino sólo conocer; el búho de Minerva recién alza su vuelo en el ocaso”. Entre otras posibles <<significaciones>>, el genio del idealismo alemán está diciendo que la filosofía no tiene por función predecir el futuro, apenas puede decir algo para orientarnos en la actualidad o el presente inmediato, pero no puede prescribir con certeza qué debe hacerse. La filosofía llega tarde, y no por algún tipo de indiferencia que la sustrae, sino por la obligación que tiene de ser honesta. Para conocer la actualidad y el presente hay que ejercitar la paciencia o, para decirlo con Nietzsche, apelar al espíritu de la vaca que rumia y rumia el tiempo que sea necesario. Para Hegel, solo el <<alma ingenua>> imagina la verdad exponiéndose sin ningún tipo de reserva en la impresión sensible más básica, es decir, la verdad del conocimiento necesita tiempo, no se entrega a la simple y espontánea observación. El conocimiento sobre qué es la actualidad y el presente, no llega con la euforia de la mañana sino con la pesadez del ocaso.

El estado de emergencia decretado en un sinnúmero de países, a propósito de la crisis epidemiológica producto del COVID-19, nos toma por sorpresa a todos. Si no estuviéramos tan asustados y tan poco dispuestos al silencio, tal vez podríamos advertir el incesante comienzo de la filosofía, esto es, el asombro. Una oportunidad fugaz se anuncia allí donde somos enfrentados a la respuesta que todavía no es o que aún no llega. Esta podría ser una buena oportunidad para la filosofía, no para decirnos cuál es la <<cosa>> de nuestra actualidad y de nuestro presente, no para prescribir qué debemos hacer, ni tampoco para predecir lo que vendrá en el futuro. Esta situación histórica podría ser una buena oportunidad para que la filosofía nos recuerde que al asombro debe seguirlo el ejercicio paciente del pensamiento consigo mismo. El 20 de mayo de 2020, en entrevista concedida a Andrea Inzerillo, Jacques Rancière se refiere a un concepto central dentro de su trabajo, vale decir: la distancia. No se trata de la distancia que hoy se nos predica como única posibilidad de salvarnos; no se trata de la distancia higiénica que, para muchos, llega caída del cielo para prevenirnos del riesgo de tocarnos demasiado; tampoco se trata de la distancia puritana que fustiga el entrelazamiento de los cuerpos anónimos que de manera recíproca se afectan para después desaparecer. Se trata de la distancia que necesitamos como posición intelectual, a saber, la distancia del señor.

La honestidad de la filosofía se expresa en la renuncia a intervenir donde se la convoca sin en verdad cristalizar conocimiento alguno. Para decirlo en palabras simples, hay que superar el impulso a hablar de aquello que no se sabe, hay que vencer la pulsión que nos empuja a opinar. Hay que tomar distancia cuando se nos exige que demos la cara para hablar de lo que, en realidad, no sabemos ¡Quién puede saber! Rancière se sorprende al verificar que sus colegas ceden a la presión mediática para intervenir en el espacio público, por lo demás imaginario, en torno a la situación histórica actual, pasando de largo que el conocimiento necesita de nuestra paciencia y distancia. Los intelectuales de hoy, muchos elevados a dicha categoría en la coyuntura, se  apresuran a ofrecerse como profetas capaces de capturar la forma exacta de la situación histórica en la que estamos: “Y hoy me sorprende ver a tantos de ellos explicarnos el sentido histórico, incluso ontológico, de la pandemia, al tiempo que no vemos nada de su realidad y no tenemos conocimiento de lo que sucede más allá de nuestro entorno inmediato, salvo por lo que vemos a través de las pantallas de nuestros computadores”.

De un momento a otro, el tiempo inaugurado es el de un suspenso radical, y esto se verifica mejor en el hecho de que entre más pasan los días, menos diferencias captamos entre unos y otros. Incluso, nos acostumbramos al confinamiento de quienes son llamados a confinarse y a la exposición de quienes, por servir en actividades vitales y de primera necesidad, deben estar expuestos. En efecto, no sabemos si la crisis nos hará mejores o peores, insisto, la actividad de la predicción no nos corresponde. Lo que sí sabemos es que no hay cómo ocultar la cara de la desigualdad social; no alcanza con la cháchara cómplice de la alcaldesa <<diversa>> ni del alcalde <<progre>>. Lo que sí sabemos es de las ruinosas oportunidades de la lucha de clases. Lo que también sabemos es que la verdadera emergencia es el fortalecimiento de un poder basado en decretos transitorios en los que se trabaja para convertirlos en ley. Ya no se trata entonces de una crisis epidemiológica, sino de una crisis política, con características singulares, que nos inscribe en un tiempo de suspenso en el que parece que nuestras luchas también han sido suspendidas, puesto que la posibilidad de agenciar otras relaciones políticas entre los cuerpos o las posibilidades de crear algo distinto con la mezcla de los fluidos que testimonian nuestra existencia corporal, se han enviado al confinamiento. Hablo de un tiempo de suspenso radical que viene con el riesgo de paralizar nuestra exigua agencia. Por solo mencionar un ejemplo, nada resulta más candoroso que los esfuerzos por realizar el <<gran paro>> virtual al que convocan los maestros, pero también nada resulta más peligroso que hayamos cedido a los decretos que desplazan toda nuestra actividad política a la virtualidad. Por nuestro supuesto bien, hemos comenzado a callar (que es diferente al silencio necesario para el ejercicio paciente del pensamiento); o, también, hemos comenzado a decir a todo sí. Peor todavía, por nuestro supuesto bien, aceptamos jugar el juego oportunista que nos habilita a hablar de lo que no sabemos. Las libertades que de momento no se nos han sustraído, las empeñamos en el triste espectáculo de profesores, antes respetados, arañando la oportunidad de figurar como intelectuales a los que debe oírse para poder orientarnos pedagógicamente, como si hoy fuera el tiempo en el que es posible que se nos revele la verdad de la situación histórica en la que estamos. Como si la verdad se revelara en un webinar.

Este no parece ser un tiempo político porque los que luchan no saben cómo reorganizar las fuerzas de su agencia. No parece ser un tiempo político porque, como reconoce Rancière, el tiempo político requiere de unas prácticas comunes de intercambio, la toma de las calles y la búsqueda de incomodar. El tiempo político exige la alianza entre los distintos cuerpos. El tiempo político es el de una voluntad que no claudica ante el ejercicio de un poder que por nuestro bien o del <<bien común>>, toma posesión del cuerpo y de la subjetividad (si es que estos no son lo mismo, siguiendo las reflexiones de Merleau Ponty). Como ya lo expresé, este es un tiempo de suspenso radical y nosotros hemos optado por llenarlo con una banalidad pasmosa. Los urgentes análisis marxistas sobre el capitalismo, la inquietante interpretación benjaminiana del estado de excepción y la productiva lectura foucaultiana de la biopolítica, se convierten en monedas de uso corriente que permiten todo tipo de manifiestos, compitiendo los pedagógicos por el título a los más patéticos. Otra vez chillan los profetas de la “muerte de la escuela” o de la “humanización de la educación virtual”; los más vanguardistas, como Moisés, sueñan dividir las aguas, no del mar rojo, sino de la educación, con la vara de la piadosa pedagogía post-crítica.

No hay día en que nuestros computadores no sean saturados con invitaciones, no a discutir lo que conocemos, aquello de lo que sí podemos hablar, sino a asistir a la vanidad ramplona del intelectual de turno que se ofrece para explicarnos el panorama pedagógico y el devenir educativo para hoy y después. Marx, Benjamin y Foucault, no son citados para ayudarnos a activar las fuerzas políticas, sino para satisfacer la demanda de intervenciones carentes de sentido filosófico, pero saturadas del afán pedagógico por exponer el <<qué>> de la educación. El currículo, la evaluación, la sexualidad y demás temas, todos con el apellido “en tiempos de emergencia”, se convierten en la oportunidad para prescribir sobre algo que nos sobrepasa y que, en honor a la verdad, no se deja conocer todavía. No, este no es un tiempo político, es el tiempo de un suspenso que sacrifica la búsqueda incesante por la verdad, en función del profesor que imagina que su opinión es algo que los demás no pueden privarse de oír.

A los estudiantes les fallamos vulgarmente ¡Todo hay que decirlo! Durante años repetimos que solo podemos hablar de lo que conocemos, durante años insistimos en que el conocimiento lleva tiempo, durante años invitamos a comprender que la opinión es personal y que el espacio público se ocupa con argumentos meditados; hoy, como aves de rapiña, sacrificamos todos esos años, con la premura de ocupar el espacio público, o lo que queda de él, con un conocimiento de fin de semana, compitiendo por obtener nuestra parte en la repartición de honores expertos en torno a la pedagogía en “tiempos de emergencia” o, simplemente, para obtener el título de expertos en “pedagogía Covid-19”, si es que hay que nombrársenos de algún modo. Como diría Foucault, somos expertos en discursos que dan risa; más preciso en este caso, expertos en discursos que dan vergüenza. Renunciamos a intentar insuflar un fuego abrazador en las almas de nuestros alumnos, para divertirlos o, peor aún, para convertimos en su entretenimiento.

 

Referencias

Hegel, Georg Wilhelm Friedrich. 2004. Principios de la filosofía del derecho. Buenos Aires: Sudamericana.

Rancière, Jacques e Inzerillo, Andrea. 2020. Viralidad/Inmunidad: dos preguntas para interrogar la crisis. Disponible en: https://www.institutfrancais.it/fr/italie/2-jacques-ranciere-andrea-inzerillo

Steiner, George. 2014. Lecciones de los maestros. México: Ediciones Siruela – Fondo de Cultura Económica.

Esto fue escrito por

Alexander Hincapié García

Doctor en Educación de la Universidad de Antioquia, Magíster en Psicología, con estudios de pregrado en psicología y filosofía. Realizó su estancia doctoral en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su tesis doctoral obtuvo la máxima calificación, Summa Cum Laude. Reconocido como Investigador Asociado por COLCIENCIAS. Ha sido profesor de pregrado y postgrado en distintas universidades. Se define más que profesor como un investigador social sin credos epistemológicos.

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