Los liberales y el FMI

Si nos guiáramos por lo que la prensa de izquierda tiene para decir, creeríamos que el Fondo Monetario Internacional (FMI) es un elemento inseparable del liberalismo o del, como les gusta decir, “neoliberalismo”.


En el diario argentino Página 12 se puede leer, por ejemplo, que las políticas neoliberales que recomienda los Estados Unidos a América Latina fracasan y que los intereses de ese país “están directamente vinculados con los del capital especulativo en escala mundial, representados por el FMI y el Banco Mundial.”

Por otro lado, la muletilla de los partidos de izquierda en las recientes elecciones de mi país, su factor distintivo por excelencia, por así decirlo, es el rechazo tajante de todo pago al Fondo Monetario Internacional, algo que, dicen, nadie se anima a proponer. “Desde el Frente de Todos, a Juntos por el Cambio, pasando por los liberales y la ultraderecha de Milei, todos acuerdan en pagar”, afirmó la exdiputada socialista Myriam Bregman.

¿Quiere decir esto que el FMI es la representación burocrática del liberalismo?¿Quiere decir que los liberales defienden la existencia de dicho Fondo y todas las políticas que recomienda? En lo que resta de esta columna, explicaré porqué la respuesta es NO.


VIDEO ADICIONAL: Sobre esto, profundicé en uno de los últimos videos que colgué en mi Canal de YouTube.


La historia del FMI

En primer lugar, tenemos que repasar la historia del Fondo Monetario Internacional. De acuerdo con la propia página web del organismo, el FMI fue creado en 1944 en la conferencia de Bretton Woods, donde 44 países se pusieron de acuerdo para sostener una política de tipos de cambios fijos con el dólar. Este acuerdo ocurrió luego de experimentar una serie de devaluaciones competitivas que llevaron a la inflación y al rompimiento de los beneficios del intercambio internacional.

El rol del FMI en este contexto era asegurarse de que esa estabilidad de tipos de cambio se cumpliera, algo que ya podría ser objetable. Es que si un país decide fijar su tipo de cambio con la moneda de otro país, no necesita de ningún organismo supranacional para establecer y mantener esa política. Esto siempre fue así, antes y después de la existencia del FMI.

Es por esto que ya desde su creación, el FMI y todo el sistema de Bretton Woods fuese duramente criticado por Henry Hazlitt, un famoso economista norteamericano y liberal quien, en esa época, cubrió desde las páginas del New York Times el día a día de las negociaciones.

En rigor de verdad, Henry Hazlitt no estudió formalmente la carrera de economista, pero sí se desempeñó toda su vida profesional escribiendo sobre economía y debemos decir que llegó a ser mejor economista que muchos que pasaron por la academia. Entre sus obras, destacan la famosa La economía en una lección, El fracaso de la “nueva economía”: Un análisis de las falacias keynesianas, y también De Bretton Woods a la inflación mundial, el libro el que compilaba sus críticas a la creación del FMI.

Ahora bien, post crisis de los 30’s y Segunda Guerra Mundial, donde la norma era el proteccionismo, las devaluaciones competitivas y los controles de cambio, algunos como Kurt Schuler argumentan que el sistema de Bretton Woods, fue una mejora. Schuler sostiene que “A pesar de sus falencias, Bretton Woods sentó las bases para el incremento del comercio que se vio en los últimos 70 años”.

Sin embargo, a principios de los 70’s el famoso tratado firmado en Bretton Woods terminó de romperse, cuando Richard Nixon abandonó la paridad de USD$ 35 por onza que todavía sostenía la estabilidad de todo el sistema y los países atravesaban altos niveles de inflación, tal como lo había anticipado Hazlitt.

Los carpinteros norteamericanos

Una vez finalizado Bretton Woods, el único rol que le quedó al FMI fue el de asistencia financiera de países en problemas. Nuevamente del sitio del FMI sacamos que una de sus principales funciones es: “proveer préstamos a países miembro que están experimentando problemas presentes o potenciales en sus balanzas de pagos”. A cambio de esos préstamos, el FMI exige ajustes generalmente en las políticas fiscales y monetarias.

Continúan aquí, entonces, los puntos en conflicto entre el FMI y el liberalismo. Es que estos préstamos a países en problemas se realizan con el dinero de los contribuyentes de cada uno de los países miembros, quienes podrían querer que sus impuestos tengan mejores usos.

Fue eso lo que motivó al secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Paul O’ Neill, en el año 2001, a decir que los plomeros y carpinteros no querían que el dinero que pagaban de impuestos se destinara a rescatar financieramente a otros países. En una conferencia de prensa en medio de la grave crisis de deuda de Argentina de principios del siglo XXI, O’Neill afirmó: “estamos trabajando para encontrar un camino para crear una Argentina sustentable; no una Argentina que continúe consumiendo la plata de los plomeros y de los carpinteros que ganan 50 mil dólares por año y se preguntan qué diablos estamos haciendo con su dinero”.

El problema del riesgo moral

Ahora si indagamos un poco más fino, llegamos al punto de mayor incompatibilidad entre la existencia del Fondo Monetario Internacional y las ideas liberales. Y este punto es lo que en economía se conoce como el fenómeno del riesgo moral o moral hazard.

El riesgo moral es un término frecuentemente utilizado en el mundo de los seguros para referirse a la idea de que una vez que algo está asegurado o cubierto por un seguro, entonces la ocurrencia de un siniestro se hace más probable.

Un ejemplo de esto es que cuando vos tienes el auto asegurado contra todo riesgo, no tienes ningún problema en dejarlo estacionado en la calle. Hacer esto –especialmente en las calles de Buenos Aires– aumenta la posibilidad de que el siniestro –el robo del vehículo o de algunas de sus partes de él– ocurra.

Llevando este tema al mundo de las finanzas internacionales, tenemos que entender porqué suelen ocurrir las crisis en la balanza de pagos en los países emergentes. Y ahí aparece el inevitable rol del déficit fiscal y la deuda pública.

Es que cuando un país tiene mucho déficit fiscal entonces puede financiarlo emitiendo dinero. La emisión monetaria puede “funcionar” durante un tiempo, pero a la larga generará inflación que derivará en una presión sobre el tipo de cambio. Si el gobierno quisiera mantener el tipo de cambio sin modificaciones, entonces tiene que vender reservas internacionales. Pero, si se le acaban: ¿qué hace? Enfrenta una crisis de balanza de pagos. Ahora bien, si para solucionar esa crisis de balanza de pagos el FMI presta dólares frescos, ¿no está fomentando la conducta que llevó a la crisis en primer lugar?

Lo mismo ocurre con un país que –como la Argentina de 2016-2017– decide financiar sus desequilibrios fiscales con enormes cantidades de deuda pública. En los años 2016 y 2017 el gobierno emitió deuda externa por USD$ 63.500 millones, según se desprende de las estadísticas de la balanza de pagos que publica el INDEC. Durante estos años, el tipo de cambio permaneció estable, pero una vez que la incertidumbre respecto de si esa deuda iba a poder pagarse se incrementó, el financiamiento que llegaba del exterior se cortó, lo que nuevamente generó una crisis de balanza de pagos. Si el FMI, como finalmente sucedió, acude en rescate del gobierno: ¿no está indirectamente fomentando la conducta irresponsable del mismo que nos llevó a la crisis en primer lugar?

El caso es análogo al de una persona que se endeuda en exceso con el banco. Si su madre, padre o tía sale a rescatarlo como “prestamista de última instancia”, seguramente el deudor evite el problema inmediato con el banco, pero algo se modifica en el sistema de incentivos. Sin un prestamista de última instancia, el deudor tal vez habría sido más prudente en el manejo de sus finanzas.

Henry Hazlitt ya explicaba esto en su libro de 1984 (De Bretton Woods a la inflación mundial):

“La mayor parte del tiempo, los problemas de las balanzas de pagos son la consecuencia de políticas insostenibles de los países que los experimentan […]”

Más adelante, concluía que los dineros del FMI:

“Se destinaban principalmente a países que se habían metido en problemas por perseguir políticas anticapitalistas y de derroche (…) políticas que los préstamos mismos terminan fomentando y haciendo que continúen.”

A la luz de estos casos es que liberales como Alberto Benegas Lynch (h) en Argentina o Juan Ramón Rallo en España, piden sistemáticamente eliminar el Fondo Monetario Internacional.

Para Benegas Lynch (h):

“(…) el Fondo Monetario Internacional alimenta a burócratas que son remunerados con honorarios colosales a costa de los contribuyentes para en definitiva incentivar el despilfarro y, por ende, el empobrecimiento de todos pero muy especialmente de los más vulnerables cuyos salarios se ven reducidos por el creciente estatismo.”

Juan Ramón Rallo sostiene que:

“El FMI es, por consiguiente, un prestamista de última instancia de manirrotos gobiernos insolventes nutrido con los fondos expoliados a los contribuyentes del resto del mundo: no se me ocurren combinaciones menos liberales que esa.”

Para ir cerrando: según hemos visto hasta acá, si bien es posible decir que la existencia del FMI puede haber generado algún efecto positivo respecto de situaciones previas, el hecho de ser financiado coactivamente por los impuestos del contribuyente, y fomentar al menos indirectamente y en algún grado, la irresponsabilidad fiscal y monetaria de los gobiernos, es profundamente incompatible con las ideas del liberalismo.

En este contexto, nada habría de antiliberal en eliminar el FMI. De hecho, sería deseable desde un punto de vista liberal que ello ocurriera. Regresando a Hazlitt, él decía que no había forma de volver a tener a una economía sana si el FMI no era completamente eliminado.

Obviamente, esto no quiere decir que, una vez recibido un préstamo del FMI, este no deba ser pagado, pero eso podemos analizarlo en una próxima entrega.

¿Qué piensas vos? ¿Es el FMI un elemento del “neoliberalismo”? ¿Hay que eliminarlo, o es mejor que siga existiendo como una forma de ayuda –como dicen ellos– en tiempos de crisis?


Este artículo apareció por primera vez en el sitio web oficial de Iván Carrino, y en nuestro portal aliado El Bastión.

About the author

Iván Carrino

Economista, escritor, conferencista internacional y docente. Actualmente, dirige “Iván Carrino & Asociados”: empresa de investigación y asesoría económica y financiera, y es subdirector de la “Maestría en Economía y Ciencias Políticas” del Instituto Universitario ESEADE. Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires, máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y máster en Economía Aplicada de la Universidad del CEMA de Argentina. Ofrece además, charlas y conferencias en congresos especializados, reuniones empresariales y eventos no gubernamentales; asesora a empresas en temas de coyuntura macroeconómica y sectorial.

Es profesor de “Economía Internacional” en el Instituto Universitario ESEADE, de “Historia del Pensamiento Económico” en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, y profesor universitario e investigador asociado de FARO UDD: Núcleo de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad del Desarrollo de Chile. Escribe columnas en diarios como La Nación, Ámbito Financiero, El Cronista, Infobae, El Bastión, entre otros. Cuenta en su haber como autor con cuatro libros: “Cleptocracia” (2015), “Estrangulados” (2016), “Historia Secreta de Argentina” (2017), “El Liberalismo Económico en 10 Principios” (2018) y “La Gran Desproporción, Economía y Política de la pandemia de Covid-19” (2021).

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