Lectores privilegiados y tecnócratas educativos

     

Cada viernes, en las mañanas, una cadena radial muy reconocida le entrega los micrófonos a un exministro y ex precandidato presidencial para que nos ilustre, con un breve comentario, sobre aquello que tuvo el honor de ser leído por tan insigne representante y promotor de la cultura en Colombia. Cada viernes, por supuesto, desfilan superventas de todo tipo y uno que otro clásico redescubierto por el azar o mediante recomendación de algún conocido del lector de marras. Ahora bien, siempre me pregunté qué es aquello que puede incomodarme de tal sección del programa radial que, en medio de noticias, propone un libro para los escuchas. Debo confesar que mi incomodidad se debe a que el comentarista entusiasta de libros de todo tipo, en su época de ministro de hacienda, pontificaba sobre una educación centrada en responder a las necesidades del mercado y centrado en la tecnología. Es decir, cada viernes, cuando recomienda un libro lo hace para una élite de lectores privilegiados que no fueron educados bajo las premisas de los tecnócratas educativos obnubilados por la cuarta revolución industrial, la economía naranja y, ahora, gracias al candidato progresista, el modelo surcoreano. El devenido promotor de lectura también en su momento promovió una visión de la educación donde la literatura, la filosofía, la historia, las ciencias sociales y humanas, el arte, la danza, la música, entre otras tantas expresiones vitales del mundo humano, son reducidas o desaparecen para abrir campo al emprendimiento y a la programación de computadores. 

En la España gobernada por la izquierda, un pacto entre Psoe y Unidas podemos, permitió que la filosofía y las letras clásicas desaparecieran y fueran reemplazadas por emprendimiento y programación. Uno esperaría que tal transformación curricular fuera propia de una agenda neoconservadora o neoliberal, pero esta vez el turno de reducir la experiencia humana a ser productivos les tocó, por lo menos en España, a grupos que no pueden argumentar una subida de la tarifa de energía sin citar a Marx o recordar al fascismo. En todo caso, unos y otros, en el espectro complejo de la política, parecen ser refractarios a todo aquello que no mejore la economía o, por lo menos, los indicadores económicos. Así las cosas, educar no tiene como prioridad que las nuevas generaciones se vinculen al mundo humano en su complejidad y diversidad expresiva y creativa, la educación está para prepararnos para producir y no necesariamente poemas o piezas musicales de valía. Entonces, aquí y allá ¿Para qué o para quienes promueven la lectura? 

Ahora bien, de lo dicho no puede concluirse que lo propuesto por los organismos internacionales, las políticas publicas derivadas de esas organizaciones, los gobiernos de turno y los tecnócratas educativos, necesariamente incida en los niños y las niñas de manera automática. A pesar de la insistencia en ser productivos y solo productivos, del imperativo de la innovación y el emprendimiento, podemos ver que se impone realmente un deseo de expresarse como humanos de manera diversa. El arte, los viajes, el ocio se imponen (si bien el modelo económico rápidamente hizo de ello negocio). Podemos ver que las nuevas generaciones toman distintos caminos y en ellos cabe también la lectura, sea de literatura de diseño para consumo masivo o literatura, entendamos por ella lo que entendamos. El reciente éxito editorial de un libro de Irene Vallejo, El infinito en un junco, puede ser un indicio de la valoración al alza de la lectura. Pero sobre esto habrá que ahondar más. 

Como bien lo dijo Estanislao Zuleta, cada uno tiene su muy personal y única biblioteca, todos construimos a nuestro modo los caminos que transitaremos por la lectura y los libros. Todos y cada uno construimos esos espacios donde en la intimidad de la lectura o el oficio de la conversación, nos vinculamos a la cultura. Unos van de J. K. Rowling o George R. R. Martin a Irene Vallejo o Robert Graves, a Patricia Nieto o Piedad Bonett, a David Foster Wallace o Houellebecq, a Ospina o Montoya, a Tolstoi o Primo Levi, a Heródoto o Plutarco, y un largo etcétera. Estos caminos hoy son una forma de resistencia mediante la cual defendemos que los libros no son para lectores privilegiados y que en la educación escolar tenemos derecho, también y, sobre todo, a ser vinculados a aquello que como humanos hemos creído que nos hace humanos, con sus luces y sombras. Negar este derecho y dedicar la educación escolar a responder a las exigencias de la economía y poco más, nos prepara un mundo árido y sin vida. La lectura no es para privilegiados, la lectura y la escritura no es para desarrollar competencias comunicativas, como dicen los tecnócratas de la educación. La lectura y la escritura es el modo como nos formamos en relación con aquello que nos constituye y nos potencia como individuos, la cultura, un derecho de todos. 

About the author

Juan Felipe Garcés Gómez

Coordinador Regionalización. Instituto de Filosofía. Sede Carmen de Viboral. Integrante del Grupo Formaph (Formación y Antropología Pedagógica e Histórica). [email protected]

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