Opinión Política

Las marcas de la historia


¿Qué es la historia? Esa fue una de las primeras preguntas que realicé a mis estudiantes en mis primeros días como profesor. “El estudio del pasado” fue la principal respuesta con la que me encontré. La más común, en fin, para cualquiera que se lo cuestione. Marc Bloch realizó la misma pregunta hace ya más o menos 80 años. Llegó a una conclusión sencilla y lógica: hablar del estudio del pasado, de una ciencia del pasado, es falaz, ya que no puede tomarse como un campo de estudio a una serie de fenómenos cuya única relación es no haber ocurrido en el presente.

Ciencia de los hombres en el tiempo, es la definición a la que Bloch llegó. El estudio de lo humano en una dimensión espacio-temporal determinada, con una cronología definida y un contexto demarcado. Con una absoluta fascinación por el intento de buscar respuestas sobre el sujeto del presente. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? Preguntas que siempre intentarán ser respondidas con ímpetu.  El tiempo es el lienzo donde lo humano ha tomado forma; una entidad abstracta y únicamente inteligible, en donde, a través de los residuos de nuestro paso por la tierra (a modo de vestigios, documentos y relatos), el historiador intenta recomponer una imagen que le permita mirar en retrospectiva y dibujar un camino. Fascinante… y peligroso.

Todo en el campo del estudio de lo humano se encuentra marcado por las pasiones y deseos del humano mismo (su subjetividad, si así se prefiere). El intento de los ya anticuados filósofos analíticos y prehistóricos positivistas de descomponer la realidad para medirla con regla y, posteriormente, desdoblarse, asumirse sujetos “pasivos” para poder estudiar al mundo con objetividad, se ha probado errado una y otra vez. Somos humanos, y como tal, animales políticos y simbólicos, seres históricos y sociales.

Bergmann, en el 53, bautizó a la posición epistemológica que encuentra su génesis en la filosofía de Wittegenstein como el “giro lingüístico”. En base a esta perspectiva, la realidad en sí ya no puede sujetarse a las reglas de la metafísica, o del platónico mundo de las ideas. Como humanos, nos encontramos condicionados por las estructuras de la lógica y del lenguaje. Todo aquello que recaiga fuera de las reglas de dichas estructuras pertenecen a lo místico, y los límites del lenguaje, se convierten en los límites de mi mundo. ¿Por qué esto es importante? Porque desde aquí, el estudio de la historia como ciencia se convierte en un absurdo. El hecho histórico no es más que un hecho del lenguaje; una narrativa, el discurso de un sujeto determinado, construido apuntando al sentido[1].

Esta visión no es ajena a la disciplina histórica. EH Carr mantenía la postura de que, en el estudio de la historia, es fundamental comprender el papel que juega la perspectiva de un historiador en la construcción de un panorama histórico. Los hechos que el historiador selecciona para narrar la historia no siempre son objetivos, sino que mantienen una ulterior (e incluso, inconsciente) intencionalidad. Tanto en un plano micro -como lo puede ser el de la perspectiva del historiador como sujeto individual- como en uno macro -como es el de una civilización, entendida desde Huntington (1996) como el más extenso nivel de agrupación cultural de personas- la manera en que la historia es contada se ve marcada por un discurso, y un intento deliberado (o no) de construir un sentido sobre el pasado.

Emplear el término “construir”, como podrá notarse, no es inocente ni falto de intención en sí mismo: pretende dilucidar y hacer expreso el carácter histórico de las condiciones sociales, políticas y económicas locales del mundo contemporáneo, enfatizando en sus antecedentes materiales e identitarios. Pero, al mismo tiempo, permite entender que, más allá de un proceso orgánico y natural, en torno al mismo giran los intereses de diversos tipos de actores e instituciones.

La Historia (con H mayúscula) ha sido utilizada como fábrica y soporte de identidades nacionales, étnicas y religiosas. En la modernidad, donde la escuela y el colegio eran unas de las instituciones productoras de sentido en las futuras generaciones -fábricas de ciudadanos-, la historia formaba parte de lo que Althusser hubiera llamado la “superestructura”: ese conjunto de ideas que son concebidas desde una base material, y cuyo objetivo es legitimar el status quo. La idea positiva, muy marcada por los residuos de un idealismo hegeliano, de que la historia es lineal y apunta hacia el progreso, ha sido claramente identificada como parte del fenómeno de la modernidad; siendo así delimitada en un campo histórico determinado, que tiene influencia hasta la actualidad.

¿Todo esto deslegitima a la historia como disciplina? No, solo resalta su importancia. Puede que no exista Historia, como verdad inexorable sobre el pasado y conocimiento certero sobre el futuro, pero es claro que la única manera de poder comprender que dicho fenómeno pertenece o encuentra su génesis en la modernidad, fue realizando un análisis histórico.

El más grande aporte de Jean Paul Sartre en el campo del existencialismo y las ciencias sociales en general, en mi opinión, se puede ver reflejado en su idea de que “somos lo que hacemos con aquello que hicieron de nosotros”. Que es, en fin, el punto al que quería llegar. Aunque de la Historia no puede hablarse como un absoluto, de la historia debe hablarse, necesariamente, para comprendernos. Porque no es la verdad lo que se debe buscar al estudiarla. Sino que es un análisis en el diván al que nos sometemos como humanidad. El hablar sobre la historia es la verborrea en la que nos embarcamos como pacientes, al pretender expresarle al analista algo sobre nuestro síntoma (sinthome). Las marcas de la historia se impregnan en nuestro cuerpo y condicionan (mas no determinan) nuestro devenir, como sujetos, como comunidades y como especie.

[1]El sentido es tratado aquí en sus acepciones de significación y orientación. Desde una concepción lacaniana, el sentido es la significación y orden que el sujeto le da al mundo que lo circunda, a través del lenguaje. Hablar sobre un fenómeno o un objeto cualquiera es, necesariamente, un proceso de interpretación de símbolos que permiten hablar en sí. Por ende, la subjetividad marca cada paso del sujeto.

Esto fue escrito por

Alejandro Ojeda Garcés

Profesor de historia. Estudiante de Ciencias Políticas. Ayudante de Cátedra e investigación. Ensayista y poeta. Ha participado en múltiples grupos de estudio e investigación en el campo de las ciencias sociales, con énfasis en la filosofía, la politología, sociología y psicoanálisis.

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