Las baldosas de Miyake

Seiichi Miyake murió hace 39 años. El ingeniero Miyake inventó en 1965 el sistema de las baldosas táctiles, que en muchas ciudades se instalan en los andenes para informar y orientar en el espacio público a las personas con discapacidad visual.

Las superficies podotáctiles funcionan así: las barras laterales -verticales para el peatón- indican que puede avanzar seguro; los puntos en relieve, que hay algún factor de peligro en la vía, como la salida de un parqueadero, la cercanía a un sardinel o el cruce de una calle.

El Instituto de Desarrollo Urbano -el tristemente bogotanísimo y arboricida IDU- se jacta de que la capital de la República cuenta con más de 5 millones de metros cuadrados de superficies podotáctiles, más de 16 veces el área urbana de la ciudad. Seguramente en esa cifra con tantos ceros a la izquierda están incluidos los humildes 50 metros cuadrados del andén del costado sur de la Calle 92 – o avenida Alejandro Obregón si se prefiere- entre las carreras 19 A y 18, de occidente a oriente.

Si usted tiene una discapacidad visual, no camine por aquel andén tan distinguido de la muy noble y muy leal Atenas Suramericana, Distrito Capital, porque encontrará que las baldosas de Miyake flotan desarraigadas sobre el suelo; que las barras laterales se interrumpen entre sí y se convierten en verticales, horizontales u oblicuas sin ningún patrón informativo, y que entre uno y otro adoquín puede haber un abismo de hasta sesenta centímetros. No todo es malo: entre baldosa y baldosa se esconden las hojas otoñales de unos viejos árboles que parecen ser unos urapanes y se asoman los retoños de unas plantas que nacen a la vida. Nada de esto debería causar sorpresa alguna: el espacio público en Bogotá es contradictorio por naturaleza y por decreto.

Ni tampoco debería sorprender al lector la selectiva mediocridad de los doctos urbanistas del gobierno de la capital. Allí mismo, cruzando la calle 92 a la altura de la carrera 18, encontrará usted que hoy se están ejecutando unas obras sobre la alameda central, que ahora hay un semáforo de equidad de género y que los adoquines del paso peatonal están destruidos. Si usted sobrevivió al tramo descrito en el párrafo anterior y quiere cruzar hacia el costado norte de la calle 92, seguramente en ese semáforo se tropezará con una de esas trampas mortales del IDU. En honor a la verdad hay que decir que ese cruce peatonal sobre la alameda no parece haber sido pensado para personas con discapacidad visual; ni siquiera hay baldosas podotáctiles con signos de alerta, aunque por la alameda cruzan bicicletas, patinetas y una que otra motocicleta. Quizá las personas con discapacidad visual no cuentan como peatones -pero sí como contribuyentes- para la alcabalera Alcaldía Mayor de Bogotá.

Nada de esto es nuevo. El lector curioso encontrará en las imágenes de Google Maps que desde 2019, por lo menos, las baldosas podotáctiles ya estaban levantadas y los adoquines yacían destruidos; no tanto como ahora, pero ahí estaban a la vista de todos, incluso de los residentes del sector. Han pasado más de dos años desde aquel mayo prepandémico hasta este julio pandémico, y la Alcaldía Mayor de Bogotá permitió que el espacio público en esa zona se deteriorara más y más. No es necesario decir que en esos dos años el IDU cobró religiosamente el impuesto predial en la zona.

El ingeniero Miyake pudo advertir los riesgos de la vía pública, pero jamás habría podido anticipar los peligros que un gobierno tan hipócrita con las personas en condición de discapacidad visual, como el de Bogotá, puede causar.


Adenda 1: Ojeda Garzón, periodista de El Espectador, dijo que las superficies podotáctiles en Bogotá cubrían 50 millones de metros cuadrados. La cifra es diez veces incorrecta y, además, no toda el área existente está en un estado que garantice una seguridad mínima para esta población.

Adenda 2: Según el Arbolado urbano de Bogotá, el urapán puede causar estragos en las obras civiles por cuenta de la mala planificación en su plantación. En el mismo libro se recomienda sembrarlo en zonas blandas y amplias.

Adenda 3: Los árboles de la avenida 68 son asesinados mientras los ambientalistas duermen. Y Transmilenio avanza.

About the author

Daniel Poveda

Economista. Consultor de la Fundación Saldarriaga Concha. Exvicepresidente del Capítulo de Economía de la Asociación de Egresados de la Universidad de los Andes.

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