La violencia que no vemos, la sienten ellas

“El miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo” Eduardo Galeano

Yiyi era artista, pintaba hermosas hormigas que recreaban todo un universo, tenía la sabiduría de las jóvenes a los que la escuela no logra deformar, pasábamos largas horas conversando de la espesuras de la vida, era lacónica y cortante, y me enseñaba el mágico mundo femenino, dos frases de ella me acompañaron como guía y certezas por todos mis caminos: “Me gustan los hombres y las mujeres pero solos” y “Los hombres piensan que uno no está acostado en este momento es porque no tiene con quien”.

Siempre con miles de ejemplos me quiso dar a entender una par de cosas elementales pero, que a los hombres nos cuesta mucho trabajo comprender: que las mujeres no existen únicamente para nuestro placer sexual y que además, no son de nuestra propiedad.

Han pasado más de 35 años de estas revelaciones, y solo es salir a las calle para constatar que los hombres muy poco hemos cambiado, siguen siendo el peligroso dominio masculino y las mujeres sus amedrentadas víctimas.

Son más las excusas que tenemos como sociedad para justificar la permanente agresión que sufre en la calle la dignidad de las mujeres, que nuestra convicción para erradicarlas. Y me atrevo a afirmar que es en esa displicencia, en ese considerar que es un sencillo “coqueteo” o un “inofensivo piropo” y la creencia de que las mujeres disfrutan de ellos, donde se comprueban buena parte de los orígenes de eso, que después nos indigna cada vez que se asesina una mujer por un macho que no soporta su desamor o su sencillo acto libertario de defensa de la autonomía.

Poco importa la edad, si van cubiertas o descubiertas, feas o bonitas, gordas o flacas, altas o bajitas lo que sucede es igual: el bombardeo incesante de frases ofensivas y en ocasiones, manoseos, donde se quiere demostrar que las mujeres siguen viniendo a este mundo, casi exclusivamente, para proveer de goce sexual a los hombres, eso sí con la salvedad que de esto se excluye a la mamá, las hijas, la esposa o compañera, que son de su absoluta propiedad.

Y más que pontificar, solo quiero preguntarme por nuestro papel como hombres ante una realidad cultural que estoy seguro nos molesta a muchos, pero que poco hacemos por erradicarla, quizás porque consideramos en el fondo, que hacen parte de una realidad intransformable, como a veces pensamos que son la pobreza y la violencia, que somos así y punto.

Si queremos construir unas ciudad incluyente, debemos de permitir que tanto hombres como mujeres, sobre todo ellas, puedan habitar las calles sin temor, sin el terror de estar siendo permanentemente acosadas y sin sentir a cada paso el miedo a una cierta barbarie masculina.

Me sorprenden a diario las historias de mis amigas, que a pesar de su resistencia le temen al centro, a las calles habitadas por hombres, a los sitios solitarios, por temor a ser violentadas, y de alguna manera cambian hábitos, estilos de vida o simplemente aprenden a convivir con una ciudad que normalizo, en el espacio público, el abuso y la violencia contra ellas.

Nos acostumbramos a que dejamos las transformaciones de nuestra sociedad a las políticas públicas, como si ellas, por si mismas nos fueran a cambiar, sigo creyendo en el poder de las pequeñas cosas, de las pequeñas acciones que se van volviendo colectivas, de los que nos vamos convenciendo que no tiene que pasar, que no tiene que ser normal que pase.

Por ejemplo ¿Qué pasaría si nosotros los hombres creáramos un sistema de sanción social a todo asomo de abuso o acoso a las mujeres?, si en vez de callar, no ver, o sonreír pusiéramos en ridículo o denunciáramos a quien lo hace? estoy seguro aportaríamos a que las mujeres disfruten la ciudad en igualdad de condiciones que las nuestras.

¿Estaremos dispuestos a jugarnos por estas opciones o el temor al avance de su autonomía y que cada menos dependan de nosotros no nos lo permitirá? Estoy convencido, que si los hombres dejamos de pensar que una mujer no está acostada en este momento es porque no tiene con quien, estaremos abriendo las ventana a una sociedad, en donde hasta los miedos, nos pertenezcan por igual.

 

La violencia que no vemos, la sienten ellas.

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Gerardo Pérez H.

Y al final me dí cuenta que vivir con amor, con pasión y lleno de causas perdidas, valía la pena

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