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La vida de Manuel Mejía Vallejo

Foto: Guillermo Angulo.

La casa de las dos palmas (1988) obra cumbre de Manuel Mejía Vallejo alcanzó gran popularidad en Colombia en 1990 cuando fue recreada como serie de televisión. El mismo Manuel Mejía Vallejo participó en la elaboración del guion. Como novela escrita o como telenovela, La casa de la dos palmas, tiene un hechizo de encanto difícil de olvidar, como si fuera un embrujo de Francisca García Muriel. Se ha dicho que la fama de García Márquez eclipsó la obra de otros escritores colombianos, y esto no es del todo cierto; la verdad es que, en nuestra alocada sociedad, se lee muy poco. Solo una minoría en este país lee y sabe del valor de Manuel Mejía Vallejo y de otros escritores que no sean García Márquez.

Hace mucho tiempo quería encontrar una biografía sobre Manuel Mejía Vallejo, pero, en Colombia, es muy difícil encontrar biografías; abundan los análisis de crítica literaria, pero el género biográfico es muy escaso acá. Con grata sorpresa encontré que Guillermo Angulo en su reciente libro Gabo+8 (2021) dedicó un capítulo muy íntimo sobre Manuel Mejía Vallejo, este capítulo avivó mis ganas de una biografía sobre el creador de Balandú. Entre la infinidad de tesis de crítica literaria que circulan en la Web había encontrado un buen esbozo biográfico: “La tierra soy yo” vida y obra de Manuel Mejía Vallejo, primer capítulo de la tesis doctoral de Eliana María Urrego Arango: Balandú, pueblo en en vía de sueño (2017). Y por sus referencias descubrí que la editorial ITM en el año 2020 publicó la biografía Manuel Mejía Vallejo. Vida y obra como un juego de espejos de Augusto Escobar Mesa, ésta sí una biografía propiamente, y muy buena biografía, pero que, lamentablemente solo va desde el nacimiento de Mejía Vallejo (1923) hasta el año 1964. La trayectoria desde 1964 hasta el año de su muerte (1998) fue compensada con el capítulo inicial de la tesis de Eliana Urrego y el capítulo de Guillermo Angulo.

La fotografía utilizada en la portada es de Guillermo Angulo.

Con estos materiales he querido escribir un breve relato sobre la vida de Manuel Mejía Vallejo, un texto más enfocado en su periplo vital, no me detengo en la presentación de sus obras (no hay acá análisis literarios) solo haré referencia a los títulos más relevantes. Trato es de atisbar la vida de este “campesino-escritor”. ¿Quién y cómo fue el hombre Manuel Mejía Vallejo? Tenía necesidad de encontrar estas respuestas y ahora las escribo para mí, para mis hijos y quizá para nuevos lectores. El siguiente relato no es ficción, acá se ama la verdad, solo que omito hacer notas a pie de página para no hacer un texto académico para doctos, las fuentes son las obras mencionadas anteriormente. Se trata de hacer un relato vital; vital: como era nuestro escritor antioqueño.

Manuel Mejía Vallejo nació el 23 de abril de 1923 en Jericó, pero su crianza e infancia transcurrió en Jardín. Más adelante diría: “Nací al pie de la casa de la Madre Laura, la única santa que ha tenido Colombia. Es que los santos nos encontramos, así sea en la tierra”.

La vida campesina, la vida en los pueblos, la vida de “montañero”, como se dice en Antioquia, será su inspiración inicial. Después será Medellín y sus barrios, pero, hasta el final, la añoranza y la pasión de Manuel Mejía Vallejo fue la vida en estas montañas.

Manuel adquirió las características del campesino: un hombre espontaneo, “frentero”, lúcido, con mira aguda, mucha jovialidad, sencillez y mucha sensibilidad por todo lo que lo rodeaba. De un pensamiento liberal, liberal de un liberalismo ilustrado, no del Partido Liberal colombiano. No militante de izquierda radical, pero sí, siempre, del lado de los oprimidos en esta tierra. Su familia tuvo buenos recursos económicos en su hacienda, pero él nunca se sintió superior a sus vecinos.

En los año 30, cuando va por última vez a la hacienda familiar, expresó: “Volveré a mi medio, porque soy campesino. Comenzaré otra vida en ambiente de breña y río. No podemos ser prófugos de la tierra que nos vio nacer”.

Su pasión por escribir, es ante todo, una pasión por escuchar cuentos. La tradición oral de leyendas y fantasmas, aventuras y relatos fantásticos; cuenteros, músicos y trovadores en la Antioquia campesina fueron formando su alma de escritor. Después de Tomás Carrasquilla, Manuel Mejía Vallejo, se convirtió en el narrador por excelencia de Antioquia.

Por una quiebra económica de su padre, Mejía Vallejo, dejó su tierra amada, a los 13 años se va para Medellín. Continuó sus estudios de bachillerato en la Universidad Pontificia Bolivariana. Tanto catolicismo lo hizo rechazar los dogmas religiosos y se volvió contestatario y rebelde. “Yo era un disidente porque era de los pocos liberales que había allí; además era de izquierda y antifranquista”. Frente a la godarria antioqueña y la vida de engaños, prefirió la conversación libre, los debates y las tertulias con los amigos.

“Mi rebeldía se acrecentaba ante un medio tan fanático y conservador. Era una convicción personal contra el medio hostil. […]

En Colegio nos tenían prohibido la lectura y había que pedirle autorización a monseñor Henao o a los vigilantes para prestar alguna obra; por ejemplo, no nos dejaban leer la Biblia, ni ningún diccionario y menos novelas. ¡Era el colmo! Nos tocaba vivir a la enemiga!”. Abandonó sus estudios, y sin graduarse, se puso mejor a escribir.

También se puso a dibujar. La escritura y el dibujo sería sus principales apuestas. Ingresó al Instituto de Bellas Artes en 1941. Ahora comenzó a soñar con viajar, buscar nuevos horizontes. Antes que, Fernando Vallejo, Manuel Mejía Vallejo soñó con ir a México a seguir las huellas de Porfirio Barba Jacob. Pero, en lo inmediato, después de un viaje de regreso a su tierra de la infancia decidió escribir su primera novela: La tierra éramos nosotros. La novela fue publicada en 1945 con el apoyo de su madre. Una novela autobiográfica que mostraba el mundo rural, aquella existencia en las montañas. “A mí no se me ha podido despegar de la memoria la vida que viví de niño y de adolescente en aquellos territorios azarosos, abruptos y hermosos, y aquellas narraciones que escuchaba de “La tierra del irás y no volverás” de “La flor de lilolá”, de los cuentos encantados, de los aparecidos locales. […] Por eso mi primera novela se llamó La tierra éramos nosotros. Nosotros en realidad éramos el barro, la arcilla que pisamos de niños con los caballos, con los bueyes, con las mulas, con nuestros compañeros”.

Mucho antes de esta novela, Manuel, había descubierto su pasión por escribir. Relata como en una ocasión ayudó a escribir, a unos campesinos enamorados, cartas de amor: “Aquellas primeras cartas que yo hice con mala letra y pésima ortografía entre Jael y Ramón Ángel fueron el primer esbozo literario que yo tuve; luego fueron los cuentos que yo contaba cuando íbamos a algún velorio. […] Así que puede decirse que mi primera obra fue haber servido de secretario de amantes campesinos; después cuando cumplí trece años, mi madre me envió una carta donde elogiaba mi manera correcta para describir situaciones de la vida cotidiana, como por ejemplo, lo que sucedía en una plaza de mercado o la visita de un familiar o amigo. Fue en ese momento que me puse a pensar qué era esa vaina de escribir bien y de ahí tal vez nació mi vocación”. Muy pronto va a lograr el sueño de un escritor: escribir su primera novela. Luego considerará que fue una novela muy ingenua, pero, siempre estuvo satisfecho con esa experiencia de honestidad literaria consigo mismo, con el hecho de “comenzar” a escribir.

La novela recibió muy buenos comentarios, uno de los elogios más importantes, lo recibió del otro gran escritor antioqueño, el filósofo Fernando González Ochoa:

“Obra juvenil, fuerte, movida, tan nuestra, tan universal a un mismo tiempo. […] Usted se ha señalado como el delantero de nuestra novela”.

Despertó tantos elogios su primera creación, que algunas personas con perfidia y envidia, comenzaron a decir que la novela no había sido escrita por el joven Mejía Vallejo, “que alguien más la había escrito por él”; la obra posterior, a estos maldicientes, les cerró su boca.

El biógrafo Augusto Escobar Mesa, de cuyas investigaciones hemos obtenido la mayor información sobre Manuel Mejía Vallejo, nos cuenta que, frente a la desilusión que sufrió el joven escritor cuando cuestionaron su primera obra, un tío -sobre el medio literario- le dijo: “Vea, sobrino, usted va a caer en el gremio más hijo de puta del mundo”.

Muy pronto, Manuel, tomó gusto por la bebida, especialmente por el ron. Tanto así que, nos relata, Guillermo Angulo, que mucho tiempo después en la finca de Mejía Vallejo, al Ron Medellín Añejo, le empezaron a decir “Ron Medellín Vallejo”.

Sobre el tema del alcohol, uno de los testimonios que dejó Manuel Mejía Vallejo, fue el siguiente:

«Beber, sí, beber, pero jamás como una meta […] La sobriedad no ha dado genios, tampoco los ha dado la borrachera […] Si antes de la sobriedad o de la borrachera no hay lucidez, ¡despídete, viejo, que eso no lo sirven en copas! […] Debe aceptarse el licor mientras no vaya contra nuestra dignidad de hombres, de escritores, de creadores. La dignidad del oficio es una cosa tan frecuentemente olvidada. Ella ni debe dejarse encasillar, no dejarse sobornar, no oficializarse […] Yo bebo, pero mi trago es amigo de las canciones, de la mirada larga sobre un paisaje, de lo dolido en algunas almas dolidas. Mi trago es amigo de los amigos, de las cuerdas de una guitarra, de una voz que nos va diciendo lo que diríamos si tuviéramos voz. […] Mi trago es amigo de los muertos vecinos, de los nombres olvidados, de los epitafios que siguen en mí y que en alguna forma anuncian mi propia muerte. Soy amigo de esa muerte y de la vida que vamos viviendo y muriendo en cada trago, en cada palabra, en cada respiración». Acá creo que sobra cualquier comentario.

Seguirán nuevas escrituras, nuevos trabajos (columnista, guionista de radionovelas, profesor de español, secretario en la Contraloría de Antioquia, entre otros); pero, lo que más lo apasionaba eran las tertulias en los cafés, los temas preferidos la literatura y la política, el entusiasmo por Jorge Eliécer Gaitán, época apasionada y trágica que acabará con el asesinato del caudillo del pueblo, como se es sabido, el 9 de abril de 1948.

Muchas veces estuvo desempleado también; pero ya nunca abandonó la escritura; a pesar de las adversidades: “En esa época le tocaba vivir a uno a la enemiga con la gente. Escribir era un desafío porque todo artista era un bohemio, un perdido, la oveja descarriada de la familia; nunca se tenía un hogar. Era una vida desorganizada con alma y cuerpo en peligro y la enemistad de la sociedad y de la gente conocida. Uno necesitaba mucho valor para sobrevivir a las presiones, tanto en la palabra directa como en los sermones o en el silencio opacador”.

Nos cuenta Augusto Escobar Mesa, que Manuel Mejía Vallejo, junto con sus amigos Rodrigo Arenas Betancur, Alberto Aguirre, Guillermo Angulo, con el apoyo de Pedro Nel Gómez y Fernando González empezaron a liderar un movimiento cultural; nos dice Escobar Mesa: “la labor del grupo consistía en conseguir libros y fundar bibliotecas populares en lo distintos barrios de Medellín. [También crearon] reinados populares. La reina sería aquella que más libros consiguiera. Iban de casa en casa, de fábrica en fábrica, solicitando libros o dineros para comprarlos. […] Esta iniciativa no logró consolidarse como era deseable porque el clero y el partido conservador la vetaron pues consideraban las bibliotecas peligrosas para la moral. Asimismo, aquel grupo se hizo acreedor a la animadversión de algunos periódicos porque, según ciertos editorialistas, ellos eran comunistas peligrosos con simpatías gaitanitas”. Y Mejía Vallejo sí era gaitanista, pero, su lucha era más cultural que en la militancia política directa. Pero, igual su trabajo en la Contraloría lo perdió por ser “liberal y gaitanista”.

El asesinato de Gaitán, los problemas con los godos, la perdida del trabajo, hicieron que Mejía Vallejo se fuera como auto exiliado a Venezuela.

Escobar Mesa nos cuenta que: “Mejía viajó a Venezuela en busca de un ambiente más propicio ´para colgar el trapecio de los sueños y beberse la luz venezolana a borbollones´. Se fue del país como antes lo hicieron otros -Silva, Barba Jacob, Fernando González”.

Mejía Vallejo se radicó en Maracaibo y durante seis años se dedicó al periodismo y seguirá mejorando su escritura. En el año 1952 ganó el concurso anual de cuento, organizado por periódico El Nacional, con el relato “La guitarra”. Otros cuentos trataría sobre del desarraigo, la miseria de los hombres, la luchas sociales. Algunas editoriales polémicas escritas por Mejía, ese mismo año del premio, lo obligaron a regresar a Medellín. Colombia vivía una Violencia intensa bajo la “dictadura” civil de Laureano Gómez. Y Mejía decide emprender de nuevo un viaje, en esta ocasión, el destino sería México; para ir tras las huella de Porfirio Barba Jacob, como lo había soñado ya.

“Mejía comenzó su viaje -nos relata Escobar Mesa- en Panamá para luego continuar por Costa Rica, Nicaragua, El Salvador y Guatemala, países en los que indagó sobre la presencia del poeta antioqueño. […] En diciembre de 1952 Mejía empezó a enviar sus crónicas y testimonios sobre Porfirio Barba Jacob que fueron publicados en el Magazín literario del Espectador”

Estuvo en Centro América hasta 1956 viajando y ejerciendo el periodismo. El viaje soñado a México se aplazaba indefinidamente y regresó a Medellín.

Nos cuenta su biógrafo que “A partir de 1957; mejía se dedicó en Medellín al trabajo literario, que acompañaba con actividades periodísticas y editoriales; también a dictar conferencias y a impulsar el trabajo artístico y literario de colegas y amigos. […] El 11 de enero de 1958; Mejía fue nombrado director de la Imprenta Departamental de Antioquia he hizo público el interés de cambiar la orientación de esta al servicio de la cultura antioqueña al editar, además de las cuestiones oficiales obligatorias, libros de autores representativos del pasado y presente de la región”. Como era de esperarse su nombramiento en la Imprenta no fue del agrado del Partido Conservador y de la Iglesia Católica, pero Mejía Vallejo resistiría. En la Universidad Antioquia hizo parte del grupo “La tertulia”. Sus cuentos y proyectos literarios seguían creciendo.

Su obra escrita va creciendo, en cantidad y calidad. Augusto Escobar Mesa no duda en comparar “El día señalado” otra obra emblemática de Mejía con “Pedro Páramo” de Juan Rulfo. Hace unos años, yo pensaba que nosotros también teníamos un Rulfo: Tomás Carrasquilla, ahora descubro que otro Rulfo que tuvimos fue Mejía Vallejo, solo que en Colombia aun no lo hemos leído lo suficiente.

Manuel Mejía seguía siendo muy sencillo y auténtico, aunque ya ganaba cierta fama; y confesaba: “Soy indisciplinado y me quedo dos o tres meses sin escribir una sola línea y de pronto en cuatro o cinco días escribo ochenta o cien páginas”. La verdad es que escribía mucho. Escobar Mesa nos aporta este inventario:

“A manera de inventario cronológico desde su producción de 1945 hasta 1962, la cual concluye con El día señalado Mejía [escribiría] un total de cuatro novelas, 29 cuentos y centenares de columnas, crónicas y reportajes”. También se iba convirtiendo en un maestro de la escritura, aunque aclaraba: “Yo soy enemigo de dar consejos y creo que cada quien debe encontrar las técnica a su manera porque quien repite técnicas, simplemente hace enlatados. […] Cada autor tiene que inventarse sus propias normas, su propia técnica, su propia visión del mundo”.

Por su novela El día señalado (una novela sobre la Violencia en Colombia) Mejía Vallejo recibió el Premio Nadal en España en el año 1964. Renunció a sus obligaciones en Medellín y viajó a recibir su premio. La novela en España se reeditó cinco veces, 25.000 ejemplares. Llegaba la esquiva fama. Allí se dedicó a dar conferencias y hablar de su reciente obra.

Escobar Mesa en una nota a pie de página a su biografía, nos muestra un fragmento de una carta de Mejía Vallejo sobre “la gloria” que lo esperaba en España, su humor era fantástico:

“A ´El día señalado´ como que le sonó la flauta en España: para allá me iré en marzo, a ver qué polvos me levanto en el camino. ¡Soy un hombre importantísimo, e imagino que será grande la polvareda! Según los planes que tienen a otro lado, estaré de primerísima figura, como las putas nuevas que llegan a los pueblos pacatos: todos quieren tirárselas”.

En 1964 Mejía tenía 40 años. No le podía faltar su vaso de ron. No le preocupaba los afanes del poder o de la gloria. Disfrutaba con pasión: escribir.

En este punto, Augusto Escobar Mesa, nos deja la biografía sobre Manuel Mejía Vallejo. Y nos toca ir al capítulo biográfico de la tesis doctoral de Eliana Urrego Arango “Balandú: pueblo en vía de sueño” (2017), ella nos relata cómo siguió su itinerario:

“El Premio Nadal sirve de impulso para la obra de Mejía Vallejo. Tras su concesión, El día señalado tuvo diecisiete ediciones, fue traducida a siete idiomas –alemán, francés, danés, sueco, holandés, italiano y japonés–, convirtiéndose quizá en la obra más conocida del autor. En relación a su vida, se presentan nuevas oportunidades, renuncia a la Imprenta Departamental con el fin de viajar Barcelona a recibir el galardón y realizar una estancia de varios meses, trabajando en la promoción de su obra a partir de conferencias y cursos cortos en España, Francia e Italia. Regresa a Medellín a finales del año 1964, a partir de entonces se dedica a la enseñanza, trabaja como profesor de “Historia del arte” en el Instituto de Bellas Artes y de “Español y literatura” en la Universidad Nacional. A la par reactiva, en colaboración con amigos, la publicación de libros comprando excedente de papel, hecho que da nombre a la editorial Papel Sobrante”.

En el año 1967, Mejía Vallejo, decide buscar la soledad del campo, compra una finca en el municipio El Retiro, llamará a la finca “Ziruma”, un vocablo wayuu que significa “cerca del cielo”. Ese será su refugio. Su “regreso” al campo.

Es una época difícil para los novelistas. La publicación de Gabo “Cien años de soledad” y su celebridad inmediata en medio del fenómeno del Boom Latinoamericano, eclipsará el resto de las obras. Mejía Vallejo, decide también, renunciar al periodismo. Ahora seguirá escribiendo en la soledad o rodeado de pocos amigos. Dirá que había ganado su independencia:

“En mi caso personal, adquirí una independencia no tanto económica, cuanto independencia de espíritu y de rabia contra una sociedad injusta como es la colombiana. Esa autonomía no me da más derechos que al común de los colombianos y yo soy uno de ellos. Simplemente adquirí el derecho a aislarme, a estar solo en una finca que de verdad es mía, y en donde estoy yo frente a ese hermoso paisaje”.

En 1973 obtiene el primer puesto en la I Bienal de Novela Colombiana, con la novela “Aire de tango”, una historia sobre el Guayaquil de Medellín, sobre los “bravos” de esta ciudad. Escribe otras obras, pero, será “Aire de tango” su nueva novela de más repercusión.

En 1975 deja su vida de galán solitario y se casa con la arquitecta Dora Luz Echeverría Ramírez, fundan una familia, dirá que esta experiencia le posibilita el recuerdo de la infancia, las ilusiones. El creador de personajes fundadores de pueblos, se vuelve también un creador de su propia familia. Dirá al respecto: “Yo había hecho todo menos casarme y ya tenía cincuenta años […] vi que me faltaba esa experiencia de tener un hijo y la responsabilidad que eso conlleva […] había empezado a dejar la bohemia porque se me había vuelto muy peligrosa y tenía otros afanes, y tal vez la nostalgia del hogar propio”.

La soledad del campo no será absoluta pues se mantiene activo en los círculos literarios, se dedicará ser profesor en la Universidad Nacional, y asumirá la dirección del ya reconocido “Taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto”en 1979. Manteniendo siempre su premisa: “En realidad nadie enseña a escribir, nadie enseña a vivir”.

Nos cuenta Urrego Arango:

“Durante estos años en Ziruma se interesa por la creación de juguetes, de niño tallaba animales y objetos en madera, ahora se las ingenia para darle movimiento a estas figuras. Se propone fabricar juguetes como una manera de romper con la rutina de las máquinas, tanto que bromeaba constantemente con un cambio de oficio y quería que se le recordara como un “inventor de juguetes”. Mejía Vallejo dirá: “Yo soy inventor de juguetes, más que de novelas”

En 1981 publica Tarde de verano, primera novela sobre la familia Herreros. Vendrán otras obras y en 1989 publicará su obra cumbre “La casa de las dos palmas”.

No voy a analizar ni hacer un mal resumen de “La casa de las dos palmas”, novela que he disfrutado inmensamente, que a mí, como a muchos, nos ha abierto miles puertas de comprensión y amor a estas tierras, a la condición antioqueña, con todo lo bueno y con todo lo malo de lo que somos. Sobre esta novela, Mejía Vallejo dirá:

“En La Casa de las dos Palmas vuelvo a retomar mis temas eternos como son el campo y el pueblo. Vuelvo a Balandú –que es el pueblo de Jardín en gran parte– y a la finca donde nos criamos. La Casa de las dos Palmas es la finca y aparece en tierra fría, en el páramo. Y también es un poco mi padre, mi abuelo, mi tío, y un poco yo en los protagonistas. […] En esta novela están mis vivencias y cosas muy crueles que vivieron mis parientes políticos […] Pero lo que en realidad hago en la novela es invocar a mis muertos. Muchas veces lloré haciéndola. Esta novela hace parte de una tetralogía en donde conjugo mi vida en el campo, en el pueblo y en la ciudad. Y algo más, lo metafísico, las irrealidades y productos de esa cosa extraña y fantástica que llamamos realidad de las cosas”.

“El libro fue galardonado con el Premio de Novela Rómulo Gallegos en 1989, consiguiendo así una gran difusión en Latinoamérica. La crítica la valora como una de las obras más importantes de Colombia en el siglo XX”, concluye Urrego Arango en su tesis. Después vendrá su mayor divulgación cuando es llevada a la televisión en 1990. Convirtiéndose con justa razón en un hito de la televisión colombiana.

Nuestro escritor sufre en 1994 un accidente cerebro bascular que lo priva de la capacidad del habla. Una dura ironía de la existencia, con alguien que disfrutó tanto y con gran maestría el uso de la palabra. Esta enfermedad no le impedirá escribir otras obras.

Llegaría el fin, Urrego Arango, no relata:

“Tal como si lo hubiera predicho en sus versos –“Si uno durmiera y de pronto olvidara despertar… como si el sueño recordara el deber humano de morir”–, el 23 de junio de 1998 Manuel Mejía no despertó. En la Biblioteca Publica Piloto fue despedido con una última parranda, donde el tango, los pasillos, la guitarra de Dora Luz, los trajes cortos de sus hijas y las memorias de sus amigos reemplazaron las ceremonias religiosas. El día de su cremación, su perro “Ron”, murió de un ataque inexplicable, una de sus hijas dice que se lo llevó para hacerle compañía igual que hizo con los pájaros a los que les daba migas y que después de su muerte no volvieron. Cuando sus cenizas se mezclaron con la tierra para sembrar un roble, su hija le echó dos tragos de ron: «Sobrio no, papá» este trago está muy áspero como para que te vayas sin él» y así lo despidieron”.

Fue una gran alegría encontrar que, Guillermo Angulo, dedicará un capítulo de su libro Gabo+8 a su entrañable amigo: Manuel Mejía Vallejo. Un evocación muy íntima donde descubrimos, ya no tanto al escritor sino al hombre. No voy a cometer la tontería de resumir este capítulo que merece la pena ser buscado y leído. Guillermo Angulo, artista, fotógrafo amigo de Gabo, amigo de Mejía Vallejo y cómplice de varios creadores colombianos, nos regaló una joya con este libro Gabo+8. Digo, no voy a resumir ese capítulo, pero si quiero resaltar dos imágenes que se quedaron grabadas en mi mente.

Cuenta, Guillermo Angulo, que en una ocasión Manuel Mejía Vallejo, fue invitado a acompañar al presidente Betancur a México, y allí, Gabo lo invitó a su casa a un cóctel donde también estaba Juan Rulfo. ¿No puedo dejar de pensar qué pudieron haber conversado estos “dioses” de la palabra? ¡Gabriel García Márquez, Manuel Mejía Vallejo y Juan Rulfo juntos! ¡Quizá no hablaron mucho, más bien, tomaron ron!

Y en segundo lugar, Guillermo Angulo, termina su evocación de su amigo con estas conmovedoras palabras: “Cuando Manuel estaba alegre, ebrio de amistad y de ron, lanzaba un grito, según él aprendido de un borrachito de su tierra: ´¡Ah bueno morirme, p´ alquilar mi casa!´ En Ziruma crece un frondoso roble que es su tumba y él, con su tradicional generosidad, lo ha alimentado hasta volverlo enorme. A la sombra del roble no está escrito su epitafio, inventado por él en vida; y que todos recordamos con una sonrisa: ´¡No me sirvan más!´”

Quería contar -contarme- la vida de Manuel Mejía Vallejo.

¡Un ron por usted don Manuel! ¡Acá tiene un lector desconocido que hoy celebra su vida con estas palabras! ¡Otro ron por favor, otra ronda, ahora por La casa de las dos palmas!

Frank David Bedoya Muñoz

En una montaña del sur del Valle del Aburrá

7 de noviembre de 2021.

Esto fue escrito por

Frank David Bedoya Muñoz

Frank David Bedoya Muñoz (Medellín, 1978) es historiador de la Universidad Nacional de Colombia y fundador de la Escuela Zaratustra. Fue formador político en la Empresa Socialista de Riego Río Tiznado en la República Bolivariana de Venezuela. Ha publicado “1815: Bolívar le escribe a Suramérica”, “Relatos de un intelectual malogrado” y “En lo alto de un barranco hay un caminito”, libro que reúne cinco relatos, un ensayo y dos conferencias sobre la vida y obra del Libertador Simón Bolívar. Actualmente es asesor en el Congreso de Colombia.

1 Comentario

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  • Una delicia de biografía corta esta de Manuel Mejia Vallejo. Pocos recuerdos de él tengo yo, pero rescato dos: pararme con la frecuencia que las clases de matemática pura me permitían, afuera del salón de clase, detrás de la ventana que en realidad era un hueco sin ventanal, para escuchar sus clases de Español o literatura, o ambas, cuando apenas tenía yo 17 años, y qué grande lo veía. El segundo, el día que nos visitó ese otro personaje inmenso de America y el mundo, Jorge Luis Borges. Allí estaba también Manuel. No podía faltar a ese encuentro que creó el propició en calidad de Director del Taller de Escritores de la Biblioteca Piloto. Cuántas ilusiones vitales entonces. Cuántos recuerdos hoy…