La Paz en Macondo

     

Florentino Perea nació el 28 de junio de 1839 en alguno de los tantos poblados que se diseminaban en la Nueva Granada. Su padre, se le conocía como José Perea; humilde y analfabeta campesino de sangre esclava. Su madre, doña Azucena de Perea era una bella zamba reconocida por su pelo azabache y una mirada profunda. Sus padres tenían en común que trabajaban en una de las plantaciones de un terrateniente conocido como Felipe Aranzazu quien era ferviente “Obandista”. Durante la Guerra de los Supremos, Arazanzu puso a disposición de Obando todos sus peones para combatir por la causa. En diciembre de 1840 Florentino queda huérfano a la edad de un año.

Florentino Perea por su lado vivió en los Estados Unidos de Colombia, concretamente en el Estado Soberano de Magdalena. Su casa, un rancho de bahareque y caña construido en 1883 por sus abuelos, quedaba a cinco minutos de las plantaciones bananeras donde él trabajaba para uno de los ilustres hacendados de la zona. El transcurrir de su vida era simple, permanecía de sol a sol cortando gajos de plátanos y posteriormente los empacaba para su envío al puerto de Nueva York. Algunas veces y sólo cuando su extenuaste trabajo se lo permitía, le gustaba nadar en uno de los tantos riachuelos que serpentean la sierra y van a dar al mar. A comienzos de 1900, el inicio de una nueva maquinaría que se hacía llamar República de Colombia lo obligó a participar en calidad de combatiente raso en la Guerra de los Mil Días. Florentino no murió en esta guerra, envejeció totalmente lisiado, pobre y amargado en su rancho.

Florentino Perea era campesino y padre de dos hijos. Hombre aventurero que fue, participó en las colonizaciones de las selvas del sur del país. Finalmente y cansado de tanto rodar se estableció en 1986 con su familia en una recóndita vereda del Caquetá. Sin mayores recursos; sólo los que le eran dados por la labor de sus manos y la tierra, logró criar a sus vástagos.  Una vez Adolescentes, los rigores de la guerra se los arrebató, uno de ellos fue a combatir en las filas que se hacían llamar oficiales, allí le llamaban héroe. El otro hizo lo mismo en el grupo antagónico que se rotulaba como insurgente, allí también le llamaban héroe. Florentino Perea perdió sus dos hijos y nunca entendió  aquella palabra ¿héroes?

Florentino Perea para 2015 vivía en Bogotá, una tarde cualquiera y como ya era rutina después de salir de trabajar, paró en el bar que estaba camino a su casa en el occidente de la ciudad. Pidió como era costumbre una cerveza y se sentó impávido a mirar fijamente las pantallas de tv que habían en frente suyo, las noticias transcurrieron de forma habitual; el mismo formato, el mismo contenido, los mismos presentadores y las mismas voces. Sin embargo, un hecho inédito lo sacudió de su estado de aletargamiento, el nombre suyo aparecía en la lista de personas masacradas en una de las tantas luchas intestinas publicada por el noticiero. Súbitamente, los marcos de las paredes que encerraban el restaurante se desdibujaron. La barra, las mesas, las sillas y las personas languidecieron hasta desaparecer. Florentino Perea se vio envuelto de repente en un torbellino, compuesto básicamente de nada, allí pudo darse cuenta que el nombre en ese listado no era un error, ni tampoco su homónimo. Taciturno y compungido, comprendió que él era varios y a la vez el mismo Florentino; huérfano, lisiado, esclavizado, masacrado, violado, desmembrado, cínico e indiferente. Su destino inexorable estaba atado a la rueda que eran esas tierras que hacían llamar Colombia.

Ni un presidente que promociona la paz sin vergüenza alguna como un commodity; ”acabar la guerra nos va a permitir sacarle provecho al inmenso potencial que tiene nuestro sector productivo y nuestra economía”, ni una guerrilla tan inconsistente, malvada y oportunista nos va a traer la paz. Tampoco lo harán las promesas de Uribe, Ordóñez, o Montealegre. Como no lo hicieron las de Obando, Mosquera, Núñez, Uribe Uribe, Herrera, Rojas Pinilla, el Frente Nacional, Betancur, Gaviria, Pastrana o Uribe. La Masacre de la semana pasada en su sentido más profundo es el recuerdo de esa violencia circular que nos carcome y cuya rueda es girada incesantemente por los monstruos que siempre tienen algo que “negociar”. La única salida real y viable está en manos de la sociedad civil.

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Daniel Marín Salazar

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