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La noche como paraje estético

Escrito por  Juan Esteban Ocampo Rendón y Manuela Granda Loaiza 

 

Atravesar un territorio, abrir un sendero, reconocer un lugar, comprender valores simbólicos, inventar una geografía, recorrer un mapa, percibir sonidos, guiarse por los olores, acceder a un continente, encontrar un archipiélago, albergar una aventura, medir una descarga, captar otros lugares, construir relaciones, saltar un muro, indagar un recinto, dejarse llevar por un instinto, abandonar un andén, no dejar huellas.

Francesco Careri.

Caminar es

Una forma de ensayo. Una forma de ensayarse a sí mismo. Pero también de ensayar al otro y, consecuentemente, de ensayar la ciudad, entendida no sólo como un escenario, sino como imagen y, a la vez, metáfora de la sociedad o, en términos más generales y utilizando la terminología de Raymond Williams, el “todo social”.

Anna María Iglesia (2018)

Si utilizamos los sentidos para lograr la contemplación de lo ordinario, descubrimos profundamente la vida urbana mediante el deambular en las calles. Es a partir de lo minúsculo, de eso que no es objeto observable para el ojo distraído del transeúnte afanado por la precariedad del tiempo que le sustrae el trabajo, la economía, la inmediatez, donde la mirada se pierde a la vez que se fija. Esto queriendo decir paradójicamente que al contemplar nos perdemos, pues la afanosa realidad no permite leer el espacio, no permite habitarlo, obliga a la fluidez. La contemplación en este sentido sería estancamiento. Sin embargo, hacer altos para entender las relaciones contextuales, permite establecer diálogos y generar reflexiones en lo que respecta al hecho de cómo nos relacionamos con el mundo, con el afuera, con la calle, con el transitar, con el día y como este se modifica con las dinámicas de la noche.

La noche atraviesa y transforma el rol del cuerpo, de los imaginarios, la significación de los espacios y las relaciones entre sujetos. Se vuelven un importante componente para reflexionar sobre las posibilidades que se generan cuando hay una construcción teórica que busca entender cómo el cuerpo se modifica con la caída del día y la llegada de la noche, por lo que el acto de caminar en esta relación, más que un esfuerzo físico es un acto de crítica y la noche es el foco que sustenta la crítica.

Con la llegada de la noche existe la posibilidad de afirmarse desde el propio yo que está siempre en tensión con la solidez de ese otro espacio -día- que impone un “deber ser”, es como si el día fuera ese ojo orwelliano que condiciona, estructura y modifica los comportamientos, las relaciones, las dinámicas de los cuerpos sociales. Empero, con la llegada de la noche, estas relaciones se transforman, abren brechas para permitir que los cuerpos se inscriban y se relacionen de otras maneras. Es como si la noche abriera un umbral en el cual el flujo de relaciones empieza a operar en el ámbito del “no deber ser”.

 

La dinámicas propias de la noche  apelan a una transformación del modelo urbano que, inevitablemente, conllevaba a una redefinición del sujeto, entendida como forma de interrelación entre cuerpos, pues si bien el día establece condiciones reguladas, vigiladas, autocensurables, la noche redefine esos cuerpos antes regulados y los convierten en una especies de criaturas.

 

Pensar la noche a través de ese cuerpo libre que recorre ociosamente la ciudad y abandonado al placer de quien, sin preocupaciones, camina  y se entrega a las relaciones que devienen en medio del transitar, es donde se posibilita caminar la noche con la mirada y establecer relaciones desde una perspectiva estética.

Quién sabe si buscando la inspiración para unos versos estos resulten en medio de la contemplación nocturna. En consecuencia se ha explorado el siguiente acercamiento a través de la práctica del caminar en medio de la noche:

El leve aliento de la paloma fatigado ve cómo el

muro de los árboles se levanta.

Sospechoso es el andar que atrae a la pétrea

noche, pues el lugar con el sufrimiento de la

rutina carga.

Congelados rostros se fatigan los unos a los

otros, mientras sus ojos de soslayo chocan. Un

olor a penumbra fluye por la garganta, pues el

grito de la niebla, silencioso aparece en el

costado.

 

Viene tempestuoso un acto sosegado, la pupila

dilatada, la mandíbula espinada, son cien rayas

que se posan en la sombra congelada.

La espera ha roto la mirada, que aferrada, clama

ser cegada y el olor a certidumbre parece sofocarse.

 

El camino ha delatado lo que a la mirada se le ha

ocultado. Por ahí se ha presentado un

melancólico legado, es el del mendigo aquel del

que ya Baudelaire se había pronunciado. La

paliza ha faltado pero las lágrimas han sobrado.

 

¿Escribir? ¿cómo se debe escribir? ¿que

escribir? ¿para quién escribir? ¿se debe desear

escribir? ¿alguien escribe?.

Sensación opuesta al sentir del odio ¿qué? ¿quién

está escribiendo? El olor a soledad logra penetrar el

oído.

 

Son en total mil doscientos treinta y dos latidos

del corazón, ocho contracciones pulmonares, un

olor espeso que sabe a mugre, pero ¿todo eso

de que importa?

 

Al frente tres individuos que sumando sus pesares

tienen un aproximado de  ciento veintitrés años.

Se ríen en torno a un libro mientras toman un café.

Crean la típica atmósfera que fatiga la mirada. Son

menos que el aletear de un ave, ¿esto es odio a

la vida o es que en verdad el olor que expelen es

tan putrefacto?

La noche se fragmenta en tiesos y pútridos

ruegos. Un vendedor de vidrios pasa y

contemplo algo extraño. La fuerza del

estruendo me miró, pero quien mira era YO, y al

igual que Borges, temí ser observado por mí

mismo, pues siempre temí mirarme con miedo,

un miedo infundido por lo angustioso que es

perderse en el rostro propio, pues no hay nada

más ajeno para nosotros, que nosotros mismos,

seguido de una tibia y extraña noche.

 

Leemos el espacio que habitamos, porque habitar un espacio es una forma de leerlo o, como dijera Heidegger en una de sus conferencias, habitar es una forma de pensar y, por tanto, también de construir el espacio. A través del transitar en la noche las relaciones se modifican, el cuerpo se modifica y se logra habitar el cuerpo bajo otras dinámicas propias.

 

Con la llegada de la filosofía cartesiana develadora de un pensamiento que separaba al hombre del cosmos y la naturaleza, el antropocentrismo configuró los nodos de vida dando paso a un modelo económico capitalista y a una filosofía funcionalista basada en la aprehensión y el avasallamiento de la naturaleza con fines mercantiles.

 

Este modelo consolidado exitosamente hasta el siglo actual, ha dado paso a individuos competitivos, narcisistas e individualistas que con el afianzamiento de la digitalización y de la era tecnológica se han aislado y enfocado en la productividad, la constante búsqueda de la “felicidad”, los paliativos antienvejecimiento y la lucha por el éxito asegurado, son factores predominantes en los individuos.

 

La sociedad competitiva, menester de éxito, esclava de la sobreproducción de sí mismos y en aras de una perfectibilidad profesional y económica, configura prácticas y con ello la forma en que logra relacionarse consigo  mismo y con el exterior. A través de ese cambio de prioridades, el sujeto percibe la arquitectura y el funcionamiento de la ciudad de una forma distinta, la noche llega cuando la jornada laboral termina, cuando el cuerpo agotado ya no es dueño de sí mismo, como asevera Baudelaire en el Spleen de París “Va cayendo el día. Una gran paz llena las pobres mentes, cansadas del trabajo diario, y sus pensamientos toman ya los colores tiernos o indecisos del crepúsculo”.

Según el Crepúsculo de la noche, se pueden percibir  los individuos entre aquellos a quienes las noche les resulta enfermiza y agobiante en la soledad y en el alejamiento de aquellos a quienes precisamente el anochecer les vivifica el alma. Continua Baudelaire:

 

El crepúsculo excita a los locos. Recuerdo que tuve dos amigos a quien el crepúsculo ponía malos.  (…) La noche, que ponía tinieblas en su mente, trae luz a la mía; y, aunque no sea raro ver a la misma causa engendrar dos efectos contrarios, ello me tiene siempre lleno de intriga y de alarma.

¡Oh noche! ¡Oh refrescantes tinieblas! ¡Sois para mí señal de fiesta interior, sois liberación de una angustia! ¡En la soledad de las llanuras, en los laberintos pedregosos de una capital, centelleo de estrellas, explosión de linternas, sois el fuego de artificio de la diosa Libertad!

 

¿Cómo surge la contemplación de la noche cuando el ajenamiento del cuerpo se apodera de los hombres agotados por el dia?

 

El sujeto inmerso en prácticas de decadencia, que agotan la capacidad de pensar y aniquilan el espíritu, se cosifica como asevera Sartre, a través de un trabajo mecanizado que lo obliga a la repetición y el condicionamiento del cuerpo lo convierte esclavo de lo rutinario y la necesidad. La noche no se convierte en motivo de exaltación, se invisibiliza. Su cuerpo no le permite el deleite nocturno, pues su ánimo exige el descanso, el ocio; el agotamiento laboral no le permite ver más allá de las necesidades que el modelo económico le exige.

 

“Los infelices que lo único que conocen es su miserable tarea, que sólo sirven a la necesidad y desprecian el genio, los que no te respetan, ¡vida simple de la naturaleza!, son quienes deben temer a la muerte. Su yugo se ha convertido en su mundo; no conocen nada mejor que la servidumbre; temen a la libertad divina que nos da la muerte”. (Hölderlin)

 

Aquel que sirve  a la necesidad y cuyos propósitos se circunscriben a las exigencias económicas, ha adoptado una actitud durante el día. El amanecer sintomático de la vida profesional lo hace adoptar horarios, tareas; ha llegado el día y con él una serie de posturas que le permiten vivir socialmente, ser conforme desea ser percibido,mostrarse eficaz, eficiente. Las posturas del día aniquilan las de la noche anterior para que el sujeto se teatralice nuevamente, para que le dé la bienvenida al día que le exige producir y dar resultados. Adrede, las redes sociales y la publicidad desmesurada lo sobreestimulan. Su poco tiempo de ocio es destinado al divertimento, su agotamiento es saciado constantemente a través de entretenimiento volátil, vacuo, fácilmente digerible.

 

La contemplación de la noche se ha ido desplazando para darle paso a la distracción que opera en los dispositivos tecnológicos, el gastar el tiempo  en espera del siguiente día, la obligación de la productividad, es como si el día estuviera diseñado para desgastar al hombre de tal forma que la noche solo lo socorre a través del descanso. La noche en esta medida ha perdido ese carácter baudeleriano de: “¡Sois para mí señal de fiesta interior, sois liberación de una angustia!”

 

¿Cómo retornar hacia el contemplar de la noche, al contemplar de lo cotidiano, lo ordinario, lo habitual? ¿Cómo entender  la noche de Baudelaire?

 

Sin duda la formación de gustos y hábitos de consumo cultural están ligados tanto a criterios estéticos como a procesos de modernidad y construcción de colectivos sociales que hacen que la noche tenga una significación muy diferente a la que le ataño a Baudelaire, sin embargo, no deja de ser  indispensable entender la pregunta anterior -¿Cómo entender la noche de Baudelaire?- para reflexionar sobre el cómo las dinámicas que se han logrado establecer en contextos aparentemente muy distantes, pueden crear puentes de relaciones para entender la ciudad y la noche a través de sus prácticas y dinámicas estéticas.

 

La liberación nocturna devela la genuina faceta del sujeto. El desnudamiento del cuerpo se apodera de él, sus ropas formales le dan paso a la comodidad, el maquillaje, la corbata se dejan de lado. El confort es reclamado. La noche llega y con ella el imperativo de liberación, un retorno a la espontaneidad, el dejar de lado las actitudes protocolarias. Y para quienes usan la noche de escape, la ciudad está deshabitada, el ambiente familiar acaece fuera de las calles húmedas, con esquinas putrefactas, borrachos y mendigos. El ambiente nocturno se presenta en bares y tabernas. Los personajes de la noche se manifiestan. Ahora, quienes son despreciados en el día salen y corren por las calles con botellas y cigarros. La noche ha dado paso a los individuos nocturnos. ¿A los fracasados, a los marginados? ¿al sujeto del que se apoderó el insomnio? ¿al que apenas sale de una larga jornada? ¿al que apenas se dirige a su trabajo? ¿quienes son los hombres que salen en las noches? ¿cómo son vistas las mujeres de la noche? ¿quiénes habitan la ciudad en la noche?

 

La noche libera el sujeto, libera la ciudad. La normalización, el bullicio, los conglomerados parecen cesar. Los autos dejan de transitar, las luces se encienden, las tiendas cierran, el atardecer sintomático del dia que termina se abre paso hacia la noche, hacia nuevas necesidades humanas, hacia las actitudes estrafalarias.

El hombre ha dejado de lado su máscara, el transeúnte camina sin tropezar en andenes solitarios. El cansancio, el agotamiento ha relegado a los hombres al enclaustramiento doméstico, los otros buscan entretenimiento  como distracción.

 

De esta manera se puede percibir como la noche establece bases de relaciones entre individuos que se despersonalizan y buscan salir de lo habitual para permitirse ser lo que de otra manera no es posible.  Es por medio de estos desdoblamientos identitarios que se propician los cambios en términos estructurales de un país ya que lo que la noche devela no es más que esa necesidad interiorizada del sujeto que se ve atado, condicionado, relegado por las dinámicas que han sustentado la tesis del día y el deber ser que se establece en medio de la necesidad de “avance” social. Con esto, los grandes capitales suponen que de esa manera llenan a los individuos de significado. Significado de productividad, marginación y control del sujeto que pretende liberarse del día para entregarse a la noche.

 

“¡Solo por fin! Ya no se oye más que el rodar de algunos coches rezagados y derrengados. Por unas horas hemos de poseer el silencio, si no el reposo. ¡Por fin desapareció la tiranía del rostro humano, y ya sólo por mí sufriré!

¡Por fin! Ya se me consiente descansar en un baño de tinieblas. Lo primero, doble vuelta al cerrojo. Me parece que esta vuelta de llave ha de aumentar mi soledad y fortalecer las barricadas que me separan actualmente del mundo (…)

Descontento de todos, descontento de mí, quisiera rescatarme y cobrar un poco de orgullo en el silencio y en la soledad de la noche”.

Aseveraba Walter Benjamin que Baudelaire, “va a hacer botánica al asfalto”. Ya la poesía romántica legado de Hölderlin y Goethe inspirada en la naturaleza, dioses, mujeres amadas es modificada.

Baudelaire se inspira en la noche de la París que se transforma paulatinamente para narrar las noches de luna llena, con gatos en las azoteas, perros callejeros, vagabundos y prostitutas.

La noche de Baudelaire que recrea una estética de lo ordinario, que no canta odas,  elegías divinas, que no narra la historia del que muere de amor sino que relata la noche y con ella el encanto de las cortesanas, las incitaciones del diablo, el amor por la embriaguez. Un amor que se desliga del romanticismo legado de Klopstock y trastoca con lo efímero.

A través de la poesía Baudeleriana, el concepto de noche cambia su connotación. El paso de la vida rural a la ciudad industrializada, mecanizada y capitalista que comenzaba a dividir la ciudad entre obreros y mendigos permitió la creación de una poesía que se basaba en las transformaciones sociales y dinámicas citadinas.

La concepción de la noche rural de los poetas románticos pasa a relatar la noche en la ciudad y con ello las vicisitudes que se desarrollan en las calles. El caminar la ciudad se convierte en una práctica experiencial de sonidos y olores propios de esquinas, tiendas, personas y animales callejeros. Caminar en medio de arquitecturas que se conservan tras las épocas, las guerras, las hambrunas, paredes que relatan historias de periodos sociopolíticos y culturales.

El caminar surge como una práctica tras la necesidad de la contemplación, del ensimismamiento en medio de los sucesos cotidianos; la reflexión que se desarrolla en medio del bullicio y la exaltación.

Cuando la noche se aproxima las actividades cotidianas comienzan a cesar. Los vendedores parten a sus casas, las cortesanas de Baudelaire salen a las calles, el alcohol y el cigarro comienzan a apropiarse de los pasajes. Los transeúntes cambian. Cambian sus ropas, sus expresiones, sus manifestaciones, sus prácticas.  

La llegada de la noche se aproxima avisando que los individuos se transformaran. La noche avisa que el universo simbólico se configura nuevamente tras la desaparición del sol. Las significaciones se transforman. El campo semiótico y semántico se reconfigura. Los sujetos normalizados en el día llegan a sus hogares y solo aquellos meditabundos, lunáticos que se dan la posibilidad de contemplación se fijan en la variación de dinámicas subyacentes tras la partida del día.

 

Referencias

Baudelaire, Charles.(2014) Spleen de París. Alianza Editorial

Benjamin, W (1972) Iluminaciones II. Taurus

Careri, Francesco (2016). Pasear, detenerse. Editorial Gustavo Gili.

García Vázquez, Carlos. La ciudad contemporánea nació como un gran negocio

Tomado de: https://bit.ly/2ujENXn

Heidegger,Martin. (2014) Nº 39. Construir, habitar,pensar

Holderlin, F. (2016) Hiperión . Libros Hiperión