Opinión Política Selección del editor

La lucha los dinosaurios por su supervivencia, una forma de entender el conflicto político en Medellín

Hace 66 millones años se extinguieron la mayoría de dinosaurios que habitaban la tierra. La hipótesis más aceptada para describir esta extinción repentina plantea que un meteorito habría impactado la tierra y transformado radicalmente las condiciones ambientales que les habían permitido ser los vertebrados dominantes durante 135 millones de años. Este suceso fue determinante para la evolución de la especie humana: al desaparecer los dinosaurios se abrió un espacio para que las especies de mamíferos que hoy son nuestros ancestros compitieran por el dominio del planeta.Esta competencia constante, rasgo de esencial del proceso evolutivo, también está presente en el campo de la política. Darwin la describió en el Origen Las Especies, el libro que cambió para siempre nuestra comprensión del mundo natural, como la Lucha universal por la existencia. Los partidos y movimientos políticos, así como pasa con las especies en el mundo natural, también batallan ferozmente por su existencia. En la historia de la humanidad estas luchas entre grupos políticos históricamente han derivado en guerras, genocidios y exterminios. Colombia es un ejemplo perfecto.

La mayoría de corrientes pacifistas, cuando tiene presente esta perspectiva, no plantean un modelo social en el cual se busca eliminar las batallas o las disputas, siempre que se ha intentado algo así el resultado es la aparición de dictaduras o regímenes totalitarios. La paz entendida como la ausencia de conflictos solo es posible mediante la imposición de una visión hegemónica que elimina mediante el uso de la fuerza cualquier posibilidad de disenso. En este sentido, la única alternativa real y posible a la guerra es un marco democrático en el cual los grupos políticos puedan luchar por su existencia y disputar el poder sin exterminarse.

Medellín históricamente ha sido incapaz de crear este marco democrático: miles de jóvenes, profesores, defensores de derechos humanos y líderes políticos han sido asesinados con absoluta impunidad en razón de sus ideas políticas mientras las élites guardaban silencio o muchas veces lo justificaban. La anterior campaña a la Alcaldía de Medellín significó un ruptura radical en el debate público por la aparición de una alternativa de poder que desde lo programático le propuso a la ciudad recorrer un camino diferente: defender los recursos públicos y esclarecer la verdad en hidroituango, llevar desarrollo al Norte de la ciudad, transformar la vocación económica bajo el contexto de la revolución digital, optimizar la administración pública con la ayuda de tecnologías de la información, transformar la educación en el principal motor de transformación social, convertir a Medellín en la primera Ecociudad de Colombia, garantizar los derechos de las minorías, construir de nuevo grandes proyectos de ciudad, implementar los acuerdos de paz y defender el carácter sagrado de la vida humana. Esta agenda fue respaldada con la votación más alta en la historia y durante el último año el alcalde de Medellín, Daniel Quintero, no ha hecho otra cosa diferente de trabajar por cumplirle a la ciudad. Los avances en todos los frentes son evidentes aún pesar de la pandemia.

La oposición a este proyecto desplegó en campaña una artillería de propaganda sucia y sicariato moral que no se ha detenido nunca y que se intensificó después de que EPM decidiera recuperar 9,9 billones de pesos perdidos por cuenta del siniestro en hidroituango. Las élites huérfanas de poder que se sienten incómodas con un Alcalde que no les pide permiso para gobernar decidieron promover y financiar, con el apoyo de algunas facciones del partido Centro Democrático, un proceso de revocatoria del mandato bajo la justificación de que la ciudadanía está insatisfecha aun cuando todos los sondeos de opinión muestran índices de aprobación superiores al 70%. La verdad es simple: no han asimilado la derrota.

El sector político que está detrás de todo esto se siente representado en el discurso de guerreristas que promueven el desconocimiento de los acuerdos de paz mientras guardan silencio ante la matanza firmantes del acuerdo y líderes sociales, privatizadores y usurpadores del poder público acostumbrados a trabajar para élites empresariales, populistas punitivos que celebran el ajusticiamiento de jóvenes marginados en la criminalidad, intolerantes de las diversidades sexuales y étnicas, antidemócratas que desconocen las elecciones cuando no son ellos los vencedores, xenófobos que rechazan el trabajo de colombianos y extranjeros en Medellín y machistas que quieren imponer a las mujeres decisiones sobre su vida sexual y reproductiva; para decirlo alegóricamente: dinosaurios luchando por su supervivencia política después del meteorito.