La inutilidad del Ministerio de la Igualdad

Con el progresismo en el poder del Ejecutivo desde el pasado 7 de agosto, días les han sobrado para empezar a imitar todo lo inservible –aunque muy útil para el marketing político– que se ha puesto en marcha más allá del Océano Atlántico.

Pero antes de abordar la inutilidad del Ministerio de la Igualdad, corresponde realizar un repaso rápido, pero fulminante, contra una entelequia que está consumiendo la discusión política y social y, más preocupante todavía, sobre el gasto público. Corresponde abordar la pregunta de: ¿Por qué buscar la igualdad es el mayor despropósito del Estado moderno progresista?

La igualdad: un despropósito por sí sola

El punto honesto de partida para una respuesta sólida es pensar si la igualdad, en sí misma, es una situación deseable para la sociedad, gracias a que soluciona las exigencias que grita la población. Entonces, lo primero es conocer cuáles son esas exigencias para tener una forma correcta de evaluar si cumple o no con lo que se espera de ella.

Claramente no puedo nombrarlas todas, pero las principales, y que funcionan a su vez como objetivos mínimos, son: acabar con la miseria, la pobreza monetaria, la pobreza multidimensional y, lo más importante, que estos flagelos no se repitan con la misma severidad padecida en el presente.

Teniendo clara la vara de medición, solo faltan nombrar las herramientas con las que el progresismo latinoamericano busca generar esa “sociedad igualitaria”. El más conocido es la educación pública a través del subsidio a la oferta, o sea, que el Estado sea quien controle la oferta de la educación básica primaria, secundaria y universitaria. Esto con el fin de nivelar la “desigualdad” que se genera por la inaccesibilidad que tienen las personas con menos recursos a educación de calidad –que siempre se asocia con la oferta privada–.

Otra conocida es la redistribución directa de la riqueza, la cual, se logra aplicando mayores tasas o impuestos específicos a los “más ricos” para crear un fondo que asigne un subsidio a los más pobres. El objetivo consiste en evitar que su situación de pobreza empeore y se transforme en miseria.

Como se puede concluir, en ambos instrumentos, la redistribución es el eje común y principal. Esto no es nada nuevo, y es parte activa de los discursos de políticos como Petro y su organización política. Ahora bien, si halamos ese hilo vemos que, el redistribuir –sea lo que sea–, depende absolutamente de la creación de la cosa a redistribuir, y es ahí donde las grietas del proyecto igualitario empiezan a notarse y extenderse.

Si analizamos a la principal, que es la redistribución de la riqueza, notamos que su proceso de creación de ella es desigual per se. Los factores que influyen son muchos e incalculables. Cosas como suerte, capacidad de liderazgo, comprensión del nicho de mercado, punto de equilibrio y modelo de negocio juegan un papel variopinto y relevante, que al final arroja resultados tan dispares como impredecibles.

Con eso en mente, nos encontramos con la tesitura probable de ver a la creación y a la redistribución como dos opuestos “complementarios” que podrían sintetizar una suerte de equilibrio al estilo Yin y Yang. No obstante, esto no es así, pues la redistribución tiene una posición sumisa y parasitaria respecto a la creación; sin riqueza previamente construida, no hay nada que redistribuir.

Por ende, una sociedad igualitaria y redistributiva puede sufrir los mismos flagelos que la sociedad no igualitaria, teniendo como un orden de magnitud mayor el hecho que, en la sociedad igualitaria y pobre, los problemas solamente se agudizarían, ya que no existe la creación de riqueza.

Una difícil coexistencia

Caminamos entonces sobre el sendero de la coexistencia de la generación de riqueza y la búsqueda de la igualdad, vía redistribución, como “solución” a los flagelos. Cabe resaltar que, gracias al primer planteamiento, la definición de igualdad empieza a flaquear y a estirarse de formas anormales. Sin embargo, seguiré usando el termino en aras de sentenciar este segundo punto.

Las medidas redistributivas poseen otra fisura que afecta directamente a la generación de riqueza: los incentivos. Para todo aquel que haya iniciado un emprendimiento, conoce el castigo divino que eso significa, sin contar con los riesgos propios que se asumen. El levantarse día a día para cargar esa cruz, requiere de esa fiel característica humana que llamamos incentivos. Por ahora no importa su trasfondo, sino su función como combustible.

Colocar una tasa de imporrenta (impuesto de renta) muy alta, manda la señal a los entes económicos que el emprender solo significa trabajar duro para otros: un misil teledirigido hacia los incentivos que los individuos tengan para asumir todo el riesgo de iniciar una idea de negocio. Nadie en su sano juicio regalaría el fruto de su arduo trabajo por las entelequias discursivas del progresismo latinoamericano, ese superhumano solidario, desinteresado, con conciencia de clase y cuanta falsa virtud se inventen para disfraz con tela y lentejuelas su ambición desmedida y su egoísmo político.

Pura burocracia inútil

Teniendo ya claro que la igualdad como fin no aporta nada a la solución de nuestros problemas, solamente queda abordar la dura realidad de la nueva cartera de Francia Márquez. Quien albergue la tonta ilusión de que ese Ministerio se creará para mejor la calidad de vida de los colombianos, o es un iluso, o un “enchufado” al Gobierno.

Este nuevo Ministerio es solo el pago burocrático a los acuerdos políticos realizados previo a la segunda vuelta. Su existencia no es más que la excusa para evitar ser acusados de corrupción o detrimento patrimonial de manera directa. Y me perdonaran el ser tan beligerante, pero, si cuando fuiste martillo no tuviste clemencia, ahora que eres yunque, ten paciencia.

Como último apunte, les recomiendo buscar en YouTube los burlescos resultados del Ministerio de la Igualdad en España en cabeza de alguien muy parecida a Márquez: Irene Montero.


Este artículo apareció por primera vez en nuestro medio aliado El Bastión.

Carlos Noriega

Barranquillero. Administrador de empresas con varios años de experiencia en formulación y ejecución de proyectos productivos de capital privado, público y mixto. Director ejecutivo (CEO) y miembro fundador del medio digital liberal/libertario El Bastión y de la Corporación PrimaEvo.

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