La humanización de la deuda

     

Una injusticia hecha a un individuo, es una injusticia hecha a toda la humanidad.  MONTESQUIEU.


La humanización es un proceso social generador de avances mayúsculos en la evolución;  por medio de él adquirimos el estatus de seres humanos; tal proceso de humanización fue factor determinante para que, navegando en los surcos del  tiempo, hayamos creado y aprendido el lenguaje y las diferentes formas de cultura,  y de consuno  valores y  ética, promoviendo el bienestar integral a partir del buen trato. Nuestra cultura actual posee un alto grado de vulnerabilidad, porque estamos en mundo globalizado, flexible, donde todo cambia demasiado rápido: somos miembros de una sociedad de riesgo, donde predomina la desigualdad; una sociedad sin normas rígidas a seguir, donde todo es negociable, cambiable, vivimos con ansias de obtener el  éxito a como dé lugar, generando con ello un arribismo desmesurado por el querer sobresalir por encima de los demás, a quienes vemos como antagonistas que pueden poner en peligro lo que ambicionamos  y por ello ni siquiera nos sonrojamos si  tenemos que pasar por encima de  los principios y de los valores.

Colombia, país de Statu quo, que cunde el subdesarrollo, donde predomina la economía eventual, que no garantiza la consolidación de la infraestructura, asociada a una elevada desigualdad de las rentas, a un alto porcentaje de desempleo y por consiguiente a un fortuito estado de cosas que se refleja inevitablemente en un bajo nivel de calidad de vida, de la renta per cápita, y de desarrollo humano, que propicia graves problemas en salud, produciendo preocupantes índices de mortalidad infantil; a ello se agregan las muchas dificultades para el acceso a la educación y es cotidiano el clima de inestabilidad política, de desigualdad social y de conflictos culturales, raciales y religiosos. En el centro de ese panorama, el consumismo es una constante que incita al ser humano a saciarse  por medio de la  compra compulsiva, con la adquisición de productos suntuarios innecesarios, influenciado por los medios de comunicación escritos, televisivos y radiales redes sociales, y  en la última década  por el internet con sus variadas redes sociales que, en muchos casos, se convierten en redes de manipulación de las conciencias, de los gustos y de las inclinaciones ideológicas de los cibernautas, cambiando la normal agenda de la vida, creándonos tendencias que dependen del sistema económico actual. Esta problemática afecta la salud de las personas, pues aunque no nos atrevamos a reconocerlo el interés por adquirir los productos que nos focalizan, nos produce ansiedad, la que solo se calma con la compra inoficiosa. Somos un país en que un porcentaje muy alto de sus miembros, se halla en estado de sobrevivencia y otro alto porcentaje de clase media es víctima de la inestabilidad social, financiera y laboral, lo que equivale a decir que hoy podemos estar bien pero mañana todo puede cambiar; abusamos de los cupos que tenemos en las tarjetas de crédito y de otros empréstitos que nos obligan a pagar réditos, y aunque tengamos cultura de pago la modestia de nuestros ingresos, nos lleva al incumplimiento por condición secundaria.

Años atrás se oía la expresión:  La maldición de un pobre es que le den una chequera, haciendo con ello alusión al hecho de tener, (por ejemplo) que girar un cheque por valor de $10.000 y estar media hora antes de la apertura del Banco para consignar $5.000, para que no rebotara por fondos insuficientes; hoy en día, eso se ha remediado un poco con la tarjeta de crédito, pero todavía tenemos la cultura de que  lo que se fía no se paga,  queriendo ignorar que no hay plazo que no se cumpla, dándose muchas veces  el caso de personas que pagan una tarjeta con el avance de la otra y viceversa. Pero la realidad es otra: los funcionarios de la entidades bancarias (que nunca pierden), no tienen en cuenta las variables financieras de la población cuando les van a entregar las tarjetas de crédito: la banca sabe que con los morosos se aplicarán variadas estrategias que los obligarán a pagar de una forma u otra; además, los funcionarios bancarios están obligados a cumplir metas para poder conservar el cargo y además saben que los receptores de tarjetas son obligados  a firmar un pagaré en blanco, para que la deuda nunca fenezca, de otra parte,  las autoridades no exigen al sistema financiero  el que no apliquen normas que, desde cualquier punto de vista son ilegales para los usuarios del sistema.

Una vez los usuarios del sistema incumplen por las condiciones adversas o por capacidad solvente, vienen los cobros draconianos cibernéticos que buscan acabar con la reputación del consumidor, con llamadas a las referencias personales y a los fiadores, afectando sus actividades sociales y laborales, así como la imagen de los mismos frente al entorno social,  lo acosan con audios monótonos interminables que finalmente no logran ofrecer una solución viable a la situación de dificultad. Muchos contact centers de actividad de  cobro tramitan la recuperación de deuda automáticamente ofreciendo al cliente  experiencias deshumanizantes, no respetan los horarios de intimidad de las personas, no se consideran los estados anómalos de salud en que se encuentren,  esa sumatoria de acciones conduce a la incertidumbre de la vida social. La inteligencia artificial es usada sin tener en cuenta lo humano, y la informática de software es un mecanismo que se usa para volverlo repetitivo con la consigna de acabar con la tranquilidad de los deudores, convirtiendo tales llamadas en un karma financiero, que termina creando animadversión a la deuda y la condena a las soluciones delictivas que se les indican. Muchas veces estas entidades de gestión de cobranza  ni se enteran de que lo que cobran, no saben cuál es la realidad jurídica de la deuda; en ningún momento se les pregunta de dónde se deriva el incumpliendo. Hay que pronunciarse ante el gobierno para que acaben estas prácticas abusivas de cobranza por parte del sistema; hay que luchar por un trato de equilibrio y equidad, donde prime la humanización de la deuda. Muy sabia era la sentencia de Benjamín Franklin: Es mejor acostarse sin cenar que levantarse con deudas.

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Carlos A. Gomescasseres Vergara

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