LA HISTORIA LA ESCRIBEN LOS VENCEDORES

«La historia la escriben los vencedores», frase célebre atribuible a sir Winston Churchill que demuestra cómo la batalla cultural siempre ha estado presente dentro de la sociedad. A los vencedores no se les puede mostrar como tiranos o criminales.

«Si se mata a un hombre, se es un asesino; si se mata a millones, se es un conquistador; si se los mata a todos, se es un dios», decía Jean Rostand.

Para no llegar a esos extremos de barbarie, el filósofo italiano Antonio Gramsci, durante el tiempo que estuvo en la cárcel por sus actos revolucionarios, escribió una serie de cuadernos donde expuso magistralmente que la mejor y más perdurable manera de tomarse el poder es mediante la hegemonía cultural: implantando narrativas que con el tiempo serían tomadas como verdades y, posteriormente, se convertirían en las bases éticas y morales de una sociedad amoldada a su objetivo. Lo aplicó a la perfección el líder de la propaganda nazi, Joseph Goebbels:

«Repite una mentira las veces que sea necesario hasta convertirla en una realidad».

Esa es la razón por la cual los Estados, en vez de buscar que sus nuevos ciudadanos aprendan a pensar por sí mismos, les imparten ideología en los centros educativos desde muy pequeños. Lo primero: la bandera, el himno nacional, la geografía del país, los ríos, los mares, las montañas y el sistema de gobierno. Desde bebés se les entrena para querer y respetar un modelo de nación sin que hagan preguntas sobre su legitimidad, al punto de que estén dispuestos a sacrificar su vida si el Estado así lo requiere.

«El verdadero poder no reside en la fuerza física, sino en la capacidad de definir la realidad y hacer que otros la acepten como propia», Michel Foucault.

Por eso es tan importante para los gobernantes tener el control de las narrativas de poder y, al mismo tiempo, quienes quieren reemplazarlos saben que necesitan imponer su verdad, su historia y sus ídolos. Allí nace la batalla cultural.

«Quien controla el presente, controla el pasado y quien controla el pasado, controla el futuro», George Orwell.

La derecha no comprendió la amenaza hasta que fue demasiado tarde. Lentamente, la izquierda internacional, con organizaciones como la Escuela de Fráncfort, la Fundación Ford, la Open Society u organismos internacionales como la ONU, comenzó a imponer y patrocinar sus narrativas mediante el sistema educativo. Ahora los niños aprendían sobre derechos de segunda y tercera generación, el Estado de bienestar, las bondades de la socialdemocracia y la criminalización del modelo que permitió llegar a estos niveles de desarrollo.

«La historia es un conjunto de mentiras acordadas», Napoleón Bonaparte.

Países como Francia, Italia y España hoy están en llamas a pesar de contar con los Estados de bienestar más grandes del mundo, con educación, salud, pensiones y otro sinfín de derechos gratuitos. Pero los derechos nunca serán suficientes y siempre existirá una nueva necesidad que tiene que ser suplida por el Estado con los recursos que les expropian a los chivos expiatorios de la historia: los ricos.

«La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido», Milan Kundera.

Por eso causó tanta indignación en toda la izquierda de Colombia las declaraciones del presidente Abelardo de la Espriella al retirar del Museo Nacional las obras que hacían apología al delito o a criminales de lesa humanidad como Carlos Pizarro Leongómez.

«La historia es siempre escrita por los ganadores. Cuando dos culturas chocan, el perdedor es borrado y el ganador escribe los libros que glorifican su propia causa y vilipendian al enemigo vencido», Dan Brown.

El avance de la izquierda en la batalla cultural está en peligro. Saben que si se reescribe la historia les tomará décadas volver al punto en el que están. Sin embargo, en mi opinión, lo peor que puede hacer el gobierno de Abelardo es esconder la historia, porque su divulgación queda en manos de unos pocos. Si se le coloca un estigma a ciertos acontecimientos, quienes contarán esa historia no siempre estarán en la capacidad o en una condición de imparcialidad para hacer un verdadero recuento de los acontecimientos. Ocurre hoy en la ciudad de Medellín cuando el alcalde Federico Gutiérrez le colocó un INRI al turismo de Pablo Escobar, dejando que su historia sea contada por familiares y amigos que no van a decir la realidad de lo que significó para la ciudad ese individuo y, por el contrario, lo van a calificar como un revolucionario que estaba en contra de la clase política corrupta del país.

«La historia no es lo que sucedió, sino lo que recordamos y cómo lo contamos», Julian Barnes.

Retirar del Museo Nacional de las exposiciones permanentes piezas como el Balígrafo con el que se firmó el Acuerdo de Paz con la guerrilla de las FARC; pancartas del movimiento de la Séptima Papeleta que dieron inicio a la Constitución de 1991; publicaciones como La Ventana Gay, el Muro de la Diversidad o afiches feministas que dieron origen a la cultura woke en Colombia y piezas alusivas a la Unión Patriótica o al M-19, organizaciones que dieron el paso de la violencia hacia la vida civil, son solo ejemplos de los objetos que fueron retirados y que no debieron salir del Museo. Por el contrario, se les debió dar una nueva connotación, reconfigurando las salas de exposición donde se presentaran los orígenes y las consecuencias de esos actos:

  • El Balígrafo: relacionarlo con la impunidad, la traición de la clase política al no acatar el mandato popular en el plebiscito, la JEP y la revictimización con los abusos que conllevó el acuerdo de paz.
  • La Séptima Papeleta: como consecuencia de la presión de Pablo Escobar para tener una constitución a su medida para entregarse.
  • La cultura Woke: no como una solicitud de igualdad de derechos, sino de beneficios y prebendas hacia una comunidad en específico.
  • El sombrero de Pizarro: donde se demuestre la vida y obra de ese criminal de lesa humanidad con sus atentados terroristas, bombas y masacres.

«Mientras los leones no tengan sus propios historiadores, las historias de cacería siempre glorificarán al cazador», proverbio africano.

Lo que se oculta se vuelve tabú y los interesados comienzan su búsqueda por medios alternativos que generalmente no son muy fieles a la realidad. La historia no se puede esconder, mucho menos vetar; se tiene que saber contar de la manera más imparcial posible. Pero como el Estado —que generalmente cuenta con el monopolio de la educación— la ajusta a su realidad y fija los contextos a sus objetivos, no debe permitir que las tendencias minoritarias se tomen la cultura como propia ni dejar la impresión en el ciudadano del común de que la derecha que hoy gobierna es ocultista y que falta poco para que haga una inquisición con quema de libros incluida.

«La historia sin imparcialidad y sin contexto es un arma para destruir la sociedad», Carlos Echavarría.

Refresquemos la Política desde Antioquia para Colombia.

Carlos Echavarría

Ingeniero Civil con especialización en Gestión para el Desarrollo empresarial. Análisis político desde otros puntos de vista que te invitará a pensar diferente.

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