La fragilidad de la vida

     

“En todos estos escenarios suman tantos los muertos, que suenan más a estadística. El dolor y el drama de la pérdida humana y el continuar con esa ausencia sólo lo siente el que lo vive”.


 Empecé a leer el libro Cómo maté a mi padre de la escritora antioqueña Sara Jaramillo Klinkert que retrata el dolor que sufrió ella y su familia cuando sicarios de Pablo Escobar asesinaron a su padre en 1991. Hecho que inevitablemente cambió su vida y la de sus cuatro hermanos que siendo preadolescentes y niños tuvieron que aprender a vivir -e incluso a no vivir- con la ausencia de su padre y a atestiguar la fortaleza de su madre tratando de que sus hijos “no pensaran en eso” así ella no dejara de hacerlo para que lograran reponerse y salir adelante.

La historia de esta familia es el reflejo de cientos de familias que vivieron en la época de terror marcada por Pablo Escobar a finales de los 80 y principios de los 90. Personas inocentes que perdieron su vida en medio de enfrentamientos y conflictos de los cuales no eran parte; o en otros casos, por cumplir ética y responsablemente con el deber de investigar a quien actuaba al margen de la ley. Con la pérdida abrupta de sus vidas, cambiaba para siempre y no para bien, el destino de los núcleos familiares que sufrían la pérdida de un ser querido sin explicarse el por qué.

En el caso de Cómo maté a mi padre, cada integrante de la familia vivió su duelo como mejor creía que debía vivirlo: refugiados en los libros, en las artes, en las ciencias… en las drogas, con lo cual, esa familia, que en algún momento era completa y parecía feliz, vivía permanentemente en el dolor y luchando por no caer en un pozo sin fondo.

Es increíble cómo una decisión de un extraño puede cambiar para siempre el destino de una persona y familia, es increíble lo frágil que es la vida. Somos más vulnerables de lo que creemos y más si entre nosotros mismos nos autodestruimos como lo venimos haciendo con guerras geopolíticas como la de Ucrania – Rusia, conflictos armados como los que tenemos en Colombia; guerras por poder y narcotráfico como en la época de Pablo Escobar. En todos estos escenarios suman tantos los muertos, que suenan más a estadística. El dolor y el drama de la pérdida humana y el vacío de la ausencia sólo lo siente el que lo vive.

En Los líderes comen al final de Simon Sinek se trata de explicar qué fue lo que llevó a los nazis a cometer el genocidio con los judíos y buena parte de Europa. La explicación es simple: los nazis ejecutaban una orden que veían fácil, no conocían a las personas que estaban ejecutando, para ellos eran seres abstractos, números más que personas, que tenían una historia detrás y una familia.

Esta semana en una escuela de Texas, Estados Unidos ocurrió un drama impensado de pérdidas humanas. Un joven de 18 años mató a sangre fría a 21 personas, la mayoría niños estudiantes. Más allá de entrar al debate de si es bueno o no el acceso a las armas que tiene Estados Unidos, deberíamos reflexionar es en cómo lograr la paz, la igualdad de oportunidades y el fortalecimiento de valores y principios para la sociedad y de este modo evitar guerras sin sentido, negocios ilegales como el narcotráfico; y desequilibrios mentales como el que llevó a Salvador Ramos a acabar con la vida de inocentes en Texas.

Somos frágiles, tratemos, dentro de lo posible, por disfrutar al máximo cada uno de nuestros días y por expresarles nuestro amor y cariño a cada uno de nuestros seres queridos. Cada día, es una oportunidad única.

 

About the author

José María Dávila Román

Comunicador Social - Periodista de la UPB con Maestría en Gerencia para la Innovación Social y el Desarrollo Local de la Universidad Eafit. Creo que para dejar huella hay que tener pasión por lo que se hace y un propósito claro de por qué y para qué, hacemos lo que hacemos. Mi propósito es hacer historia desde donde esté, para construir un mundo mejor y dejar un legado de esperanza y optimismo para los que vienen detrás. Soy orgullosamente jericoano.

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