Las elecciones de mitaca en Estados Unidos dejaron una escena que merece mirarse sin aspavientos: los tigres siguen en la fiesta, pero alguien les bajó el volumen. Les recordaron que en el salón hay otra gente y que la cuenta no se paga con rugidos.
Los demócratas recuperaron la Cámara de Representantes y el Senado. Donald Trump conserva la Presidencia, pero ya no dispone de un Congreso dispuesto a acompañarlo por inercia o por miedo. Tendrá enfrente una mayoría capaz de bloquear proyectos, examinar nombramientos, abrir investigaciones y discutir presupuestos. La fiesta continúa; cambia el administrador del sonido. No es una expulsión, pero tampoco una palmada en la espalda.
Miremos qué dijeron los votantes antes de que los politólogos nos expliquen por qué votaron como votaron. Uno, cansado de la guerra con Irán y de los aranceles, pudo preguntarse por qué la política exterior terminaba apareciendo en la caja registradora, en el tanque del carro y en la olla de la cocina. Alguien más quiso que el Congreso volviera a vigilar al presidente. No todos votaron por amor a los demócratas. Muchos votaron porque estaban hartos de algo, por ejemplo, de la fanfarronería. En las urnas, el fastidio también tiene su papeleta. También el resentimiento social o la misericordia. O la estética.
Uno habrá salido de casa pensando en el precio de la gasolina; otro, en la terminación de su contrato; el de más allá en el interés de la hipoteca; y otro, en el ruido de una presidencia que parecía no concederle descanso a nadie. No votaron necesariamente por un programa. A veces basta una razón pequeña para inclinar una papeleta.
Ese matiz importa. Una elección de mitad de período no es un plebiscito perfecto sobre un gobierno ni una autorización para que el partido vencedor haga cuanto se le ocurra. Es una conversación agria entre los ciudadanos y quienes ocupan el poder. Esta vez, una parte considerable del país dijo: hasta aquí, por ahora. Trump seguirá en la Casa Blanca, pero tendrá que gobernar con una puerta de la que otros también tienen llave.
Para Colombia, la noticia tiene un eco particular. Abelardo ha hecho de su cercanía con Trump y con los sectores que lo rodean un bate para su lenguaje hacia quienes considera adversarios. Esa relación puede continuar. Pero la fotografía ya no será solamente la de dos mandatarios: en ella reaparecen, como semáforos, el Senado, la Cámara, las agencias, los gobernadores, los jueces y esa burocracia que suele sobrevivir a los entusiasmos del momento.
La relación con Estados Unidos ya no tendrá el mismo paisaje. Trump conserva la Casa Blanca, pero los demócratas recuperaron el Congreso y con él una parte importante del poder político. Los recursos, los programas de cooperación y las decisiones sobre América Latina tendrán ahora otros interlocutores. A quienes habían imaginado una relación directa, casi sin escalas, les corresponde descubrir que Washington es bastante más grande que la Casa Blanca.
En esa nueva distribución del escenario aparece María Elvira Salazar. La congresista republicana de Florida, una de las voces más reconocibles del trumpismo en los asuntos latinoamericanos y una figura cercana a la Colombia atigrada, encabeza el escrutinio de su curul, aunque el resultado todavía es provisional y está pendiente de certificación oficial. Según el último reporte de la autoridad electoral de Florida, obtiene el 50,23 por ciento frente al 49,77 de su adversario demócrata, Eliott Rodriguez. Son apenas 1.116 votos de diferencia. En 2024 había ganado con el 60,4 por ciento. La diferencia no es un detalle: esta vez tuvo que aprender que los votos también saben poner a alguien en su sitio. Los triunfos electorales no son títulos de propiedad; mucho menos escrituras perpetuas. Y que los votos tienen, a veces, la mala costumbre de despertar con agua helada.
Hay algo especialmente simbólico en lo que viene. Salazar preside la Subcomisión para el Hemisferio Occidental de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara. Con la nueva mayoría demócrata, esa presidencia pasará a un representante de ese partido cuando se organice el próximo Congreso. Si se confirma el resultado que hoy la favorece, Salazar conservará su curul, su voz y su voto. Pero aunque se confirme no tendrá el mismo mando sobre la agenda ni sobre las audiencias porque le cambiaron ya la ubicación de la silla y le quitaron el control remoto.
La escena tiene su ironía. Una dirigente que ha defendido con energía la línea de Trump sobre América Latina tendrá que escuchar a quienes hasta ahora ocupaban el otro lado de la mesa. No es una tragedia personal ni el fin de una carrera. Es algo más sencillo y, para quien se había acostumbrado a mandar, quizá más incómodo: compartir el micrófono. La política tiene esas pequeñas crueldades administrativas.
Marco Rubio es el otro bate de Trump para América Latina. Desde la Secretaría de Estado conduce una política regional en la que pesan sus posiciones frente a Cuba, Venezuela y Nicaragua, pero también la intención de Washington de conservar y ampliar su influencia sobre el continente y disputar espacios a China. Es un hombre de confianza de Trump y un interlocutor particularmente importante para Abelardo. Rubio conserva su puesto y su responsabilidad principal en el Gobierno, pero tampoco escapa al nuevo paisaje político. Aunque no ocupa la misma posición que Salazar ni está sujeto a los mismos cambios de mando, su figura es también un símbolo de lo que se modifica en Washington. Los presupuestos, la vigilancia política y las decisiones legislativas pasan por un Congreso que ahora tiene otra mayoría. También para Rubio cambió la música, aunque siga dirigiendo la orquesta diplomática.
No hace falta convertir el resultado en una lección moral ni declarar que el país despertó de un sueño. Los votantes no son una multitud que adquiere de pronto una sola conciencia. Son personas que hacen cuentas, se irritan, cambian de opinión, castigan, premian y a veces votan por descarte. El mismo ciudadano puede querer mano firme contra el crimen y desconfiar, al mismo tiempo, de un presidente que habla demasiado alto. Puede apoyar a Trump en una elección y quitarle el Congreso en la siguiente. La vida no siempre guarda la coherencia que los partidos les exigen a sus seguidores.
La manada de tigres conserva sus colmillos. Trump conserva la Presidencia. Salazar lleva ventaja para conservar su curul, aunque todavía falta la certificación del resultado. Rubio no cambia de apellido. Abelardo conserva el mandato que obtuvo en las urnas. Pero todos han recibido una señal sobre los límites del entusiasmo y la duración de los aplausos. No se acabó la fiesta, desde luego. Solo cambió la música. Y quien quiera seguir bailando tendrá que aprender los nuevos pasos.
















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