«He ahí lo mortífero de esos individuos: no les interesan los hechos, las ideas, el trabajo; solo les interesa la gente. No se preguntan: “¿Es verdadero esto?”; se preguntan: “¿Es esto lo que otros creen verdadero?”. No juzgan: repiten. No hacen: dan la impresión de que hacen. No crean: se exhiben. No tienen pericia, sino amistades; no tienen méritos, sino influencias. ¿Qué sucedería en el mundo sin aquellos que hacen, piensan y producen?»
— Howard Roark, El manantial, Ayn Rand (1943)
Distinguimos diferentes clases de errores éticos: errores que deben ser juzgados en función de las motivaciones del errante más que en relación con sus consecuencias. Lo que debe importarnos es el grado de maldad que los motiva —si existiera esta—, no tanto las consecuencias que provocan. Tenemos, en este sentido, los errores más benevolentes, que son simples errores de conocimiento, donde la persona que incurre en ellos lo hace debido a falta de información o, aun teniéndola, es incorrecta. Dicho error no merece mayor señalamiento que el error en sí mismo, pues lo ético al juzgarlo radica en señalar la equivocación para su corrección. Empero, se dan errores éticos cuya génesis es lo peor que el ser humano ha conocido: la destrucción del bien por ser el bien. Este error es cometido adrede por parásitos de la peor calaña, por seres que usan la evasión cognitiva para escapar de la verdad y mantener frente al resto una figura grandilocuente. Buscan, intencionalmente, que la verdad no sea conocida, pues lo que pretenden es la manipulación de la mente de otros seres humanos en su beneficio. Viven del resto, no encuentran valor en la virtud propia, sino en el contento y convencimiento del resto. En el presente, trataremos brevemente sobre el carácter moral de esta clase de personajes que buscan vivir a costa de otros: los políticos evasores.
El pasado 31 de marzo, en el programa POV, un candidato a la Gobernación de Santa Cruz de La Sierra tuvo un desencuentro con la abogada Sofía Rojas, integrante de nuestro equipo en Al Poniente y participante del programa. En semejante desencuentro, que para muchos fue chistoso —en rigor, fue lamentable—, el político no se limitó a evadir las preguntas de la Dra. Rojas; antes bien, desde la pretensión de una posición de superioridad, en un claro estado de desesperación, buscó menospreciar y ningunear a una profesional que, cumpliendo las funciones que desempeña en ese espacio, realizó algunas preguntas que claramente incomodaron al político. El uso de palabras peyorativas, la agresión ad hominem en la que cayó el político al intentar desprestigiar los estudios y la capacidad de Sofía en vez de lisa y llanamente responder la pregunta y el claro enojo en este personaje criollo de la política local, dejaron en evidencia el carácter moral del candidato.
El uso adecuado de la mente del ser humano es la única forma de supervivencia que tenemos. Para ello, la búsqueda de la verdad y el pensar por uno mismo son de vital importancia. Y es que lo real determina el camino idóneo para satisfacer nuestras necesidades fundamentales y el razonamiento, como único medio de conocer, interpretar y actuar del que disponen el hombre y la mujer, en virtud de las leyes de lo existente que nos demarcan la posibilidad de acción. De ahí se sigue que la libertad individual y la honestidad de las autoridades son condicionantes directos de la vida del ser humano. Necesitamos libertad para hacer uso pleno de nuestra mente; necesitamos ausencia de coacción por parte de terceros para poder pensar con lucidez y honestidad por parte de nuestras autoridades, pues son las encargadas de proteger la libertad y debemos conocer sus intenciones para poder elegir, en política, de forma consciente. Recordemos que la única función del Estado es proteger los derechos individuales, no agredir periodistas ni otros profesionales para evadir los hechos.
Dentro de este contexto, la evasión se establece como un atentado directo contra nuestra vida. La evasión de una autoridad será, entonces, un atentado contra la vida de todas las personas que se encuentren en ese territorio, donde ejerce una función pública. A tal efecto, nos corresponde entender por evasión la deliberada acción de desenfocar la mente de lo real y pretender desconocerlo. Siendo imprescindible para los humanos sostener la conexión entre el uso de su mente y los hechos, tergiversar la verdad de forma deliberada se constituye en un ataque directo contra la vida de todos, pues será alterada con el único fin de mantener, por parte del político evasor, una figura de confianza y, sobre todo, el voto favorable. Este es uno de los peores delitos éticos que se pueden cometer contra la humanidad.
Dada nuestra naturaleza y las normas que rigen la realidad, si uno no vive de sí mismo —es decir, haciendo uso de su mente de forma lógica, adquiriendo conocimiento y creando valor—, solo le queda parasitar a otros. El parásito es, por excelencia, un ser que vive de segunda mano, que encuentra en otros el valor para sobrevivir: son ellos quienes lo producen, tanto en lo material como en lo espiritual. Si la única función del Estado es proteger los derechos de las personas, que un aspirante a funcionario evada la realidad, rehúya responder una pregunta central sobre sus propuestas y, además, agreda verbalmente a quien cumplía una función, no solo evidencia la prepotencia y el abuso de poder que proyectaría de ser electo, sino, sobre todo, su carácter moral. Quien tiene buenas intenciones y planea cumplir su función no se esconde en falacias, sino que defiende sus propuestas con argumentos. De lo contrario, quedan expuestas como lo que son: demagogia y populismo de la peor calaña. ¿Quién busca mentirle a su propio electorado si actúa de buena fe? Usted responda.
Finalmente, he visto en redes sociales un intento de cruzada en favor del personaje que nos ocupa, donde se hace gala de un regionalismo que roza el fascismo. El argumento de estos colectivistas radica en que existiría una suerte de ataque a Santa Cruz cuando se critica a este personaje (algo parecido a lo que pasa con Luis Fernando Camacho), erigiéndolo en una encarnación de “lo cruceño”. ¿Saben quiénes concebían al líder como encarnación de la nación y a esta como absoluto por el cual estaba justificado matar? Alfred Rosenberg, Carl Schmitt, Giovanni Gentile, Benito Mussolini, Joseph Goebbels, entre otros. Las ideas gobiernan el mundo: son las que pueden destruirnos o permitirnos alcanzar un estado de bienestar deseable como país. Cuando se evita debatir ideas y se ataca a las personas por una diferencia accidental de origen, el progreso y el desarrollo se alejan y nos volvemos bárbaros, irracionales y místicos. Cuando entendamos que todos somos personas, que podemos pensar distinto y elegir estilos de vida diferentes, y que la agresión solo es legítima en defensa frente a una agresión física; cuando dejemos de elegir políticos construidos sobre mentiras y evasiones, volviéndonos esclavos de ellas para vivir del resto, entonces Santa Cruz de la Sierra y Bolivia podrán alzar vuelo y avanzar hacia un progreso y bienestar aún no conocidos.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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